Málaga tiene dos ríos. Eso está muy bien. Pero a efectos prácticos, para el ciudadano medio de la capital que cuando dice que va al campo se refiere a la Rosaleda, solamente tiene uno. El Guadalhorce. El de las cañas y las inundaciones.

Un río de verdad. Con sus correntías, su agua marrón, sus patos y sus cosas.

Por desgracia, ése no es el que atraviesa el centro neurálgico de la ciudad. La columna vertebral fluvial de nuestra querida Málaga es el Guadalmedina y es, sin paños calientes, una verdadera porquería.

Un cauce seco que, según a la altura por la que pases, puede ser muchas cosas: Un criadero de ratas del tamaño de un extintor, un punto limpio en el que las personas tiran sus cosas, una pista deportiva de un presidio o una gran cloaca con agua que huele al baño del Onda Pasadena un domingo a las 06:49 horas.

La evolución fantástica que nuestra ciudad ha ido viviendo en las últimas décadas tenía en el cauce del río un punto de reflexión. Todo avanzaba menos en ese punto. Era algo parecido a una novia que, perfectamente arreglada y ataviada con las mejores alhajas caminaba orgullosa hacia el altar. Salvo una pierna. Que la llevaba sin zapato, con las uñas muy largas, pelos en la espinilla y una postilla muy grande.

Tanto era así que, cualquier forastero que conocía la Málaga tan de moda en Europa se sorprende al ver cómo una ciudad tan potente tiene esa vergüenza de manera tan descarada.

Inexplicable para todos. Para el que viene y también para el que, a diario, presencia tal esperpento. Pero lo que nadie llega a comprender es el motivo por el cual no se ha hecho nada aún.

El proceso siempre ha sido el mismo. Un tándem de dos gestos que, de manera continuada, se han ido reproduciendo. Por un lado la propaganda. Cada equis años aparece una entelequia política o aledaña que habla de Un plan para el Guadalmedina. Se presentan unos cartones pluma con unos dibujos, se habla del tema, que si concurso, que si tal que si cual y arreando.

Y en segundo lugar está el ya conocido por todos desbroce. Lo que viene siendo sacar del cauce la porquería acumulada de tanta y tanta basura como allí se tira junto con la cantidad de maleza que crece. Algo que se agradece mucho porque, al menos, lo que uno ve no da susto, aunque sí vergüenza ajena.

Soluciones reales hay pocas. Y ganas tampoco. Y es que resultaría facilísimo adecentar el cauce y con poco coste. De hecho hay incluso elementos como la pasarela junto al NH que lleva años y años destrozada. Con los vidrios rotos. Pintadas. Roturas por todos sitios. Y el coste de remozar aquello debe ser ridículo.

Pero no. No ha habido suerte hasta ahora. Incluso cuando se animaban a limpiar el cauce últimamente llegaron a salir los ecofriendly a defender a las Garcillas. Tápate y suda. El Guadalmedina dejando a su paso por Málaga una estampa grotesca pero la preocupación son los matojos y unos pájaros.

La cuestión es que, desde hace unos días, hemos vuelto a recibir una noticia. Grata. Se arregla el cauce. Decidido. Y ojo. Por dos perras gordas. Hablan de dos millones y medio de euros. Y eso, teniendo en cuenta las cifras que uno lee en los carteles de obra pública donde abrir una zanja cuesta como un Bayern de Munich, resulta positivo a la vez que desconcertante.

Y es que, automáticamente se pregunta uno, ¿Si adecentar el río cuesta tan poco dinero, por qué no se ha hecho antes? Podemos arreglar el río unas diez veces aproximadamente y llegaríamos a lo que costó comprar el cine Astoria. Y algo más de diez que lo del museo de las gemas. Por tanto, no llegamos a comprender exactamente qué sucede ahí.

O sí. Porque está más claro que el agua -no la de este río precisamente-, que aquello es un lavado de cara para las elecciones. Y quedará fetén. Porque estas cosas funcionan. Y veremos algo verde y eso siempre es agradable. Y por fin quitarán los muros de macetas que nos impiden ver la gran vergüenza del centro de la ciudad.

¿Con fines electoralistas? Obviamente. Pero no hay nada de malo en ello. Si los que mandan hacen cosas bien, lo lógico y sensato es seguir dándoles la confianza y el voto. ¿Es definitivo? No. Es algo temporal que, viendo el panorama, se resolverá aproximadamente a la misma vez que el retablo de la Basílica de la Esperanza.

Pero mientras eso llega, tendremos el río como el altar San Jacinto, adecentado y presentable.

Aplausos para quien lo arregle. Si es cuestión de poner arboles, arreglar el suelo y echar tierra. Labores de jardinería que harán que Málaga deje de avergonzarnos al llegar a ese punto de la ciudad.

Y dejaremos de llamarlo el cauce. Y lo podremos llamar el collage del Guadalmedina. Un espacio en el que se pegan cosas unas sobre otras para formar otra cosa con un resultado agradable, certero y plástica y estéticamente sensacional. Aquí, sobre el cauce limpito del río se van a pegar árboles, chinos, pasarelitas inundables facilonas, macetas, hierba, césped, cantos rodados, piedrecitas, jardineras, vallas, caminos y senderos. Y cuando esté todo pegado, lo mirarás y se verá perfectamente cómo todo junto ha formado la forma idéntica de una papeleta de voto.

Pero vamos. Que si lo arreglan y queda presentable… a su casa viene.

Viva Málaga