Antonio Benítez, leyenda blanquiazul, ha muerto a los 79 años de edad. Benítez lo ha sido todo en el fútbol malagueño. Primero, como jugador del CD Málaga, tras doce temporadas enrolado en el club y más de 220 encuentros oficiales. Después, como entrenador, ya que ocupó el banquillo malaguista en casi 400 ocasiones, una auténtica barbaridad. Benítez dirigió 311 encuentros al frente del CD Málaga -es el técnico con más partidos de la historia del club con esta denominación- y 69 con el Málaga CF, siendo el habitual técnico ‘apagafuegos’ en momentos de zozobra, el hombre de club que siempre estaba dispuesto a ayudar, fuera en la parcela que fuese.

Aunque nació en Alicante, Antonio es malagueño, pues con 15 años ya se enroló en el club. Y aquí se hizo hombre y futbolista. En Málaga hizo su vida y aquí asentó a su familia, con su mujer Toñi. Y aquí triunfó, con lo difícil que es hacerlo en casa. Su cercanía, su amabilidad, su servilismo le han valido para convertirse en leyenda malaguista y ser profeta en casa, con lo difícil que es eso. Benítez, menos presidente, lo ha sido todo dentro del club.

Como malaguista que soy, a Benítez lo vi jugar en La Rosaleda, defendiendo siempre con orgullo nuestro escudo. Jugador tototerreno, ganador innato, él no negociaba el esfuerzo, siempre entregado a la causa y demostrando su inteligencia, porque él era un jugador listo, con muy buena relación con el balón, siempre en el sitio adecuado. Con las botas recién colgadas tras su retirada se hizo cargo del Malagueño y aceptó, después, entrenar el primer equipo en múltiples vicisitudes, en aquel CD Málaga ‘ascensor’, que pasaba de Segunda a Primera con la misma facilidad que al año siguiente descendía de nuevo de categoría.

Pero el Benítez que yo tuve la suerte de conocer e intimar fue el de su última etapa en el club. A Antonio lo conocí en una comida de los veteranos del club. Mi difunto amigo Nicolás Aráez, también exfutbolista malaguista, me ofreció la oportunidad de compartir uno de esos almuerzos. Y yo fui encantado. Allí conocí a Benítez y a otros muchos… imaginaos mi ilusión. Porque, además, era una etapa complicada, en la que el club pasaba olímpicamente de los veteranos.

Después, ya como consejero consultivo, Antonio era un asiduo de los habituales desayunos axárquicos que ofrecíamos en los bajos de La Rosaleda, donde se ubicaba una de nuestras clínicas, y allí solíamos presentar partidos importantes de nuestro equipo de baloncesto o de balonmano. Él nunca faltaba, junto a Paco Martín Aguilar y al ‘Pajarito’ Ben Barek, creando una bonita relación que hemos mantenido hasta ahora, fortalecida con múltiples conversaciones. Yo siempre le preguntaba a Antonio por qué la Federación de Fútbol y la de Baloncesto no lograban ponerse de acuerdo para que los horarios de los partidos del Málaga y del Unicaja no coincidiesen. Él me decía siempre que eso era imposible de arreglar… El tiempo le ha dado la razón.

Su trabajo abnegado por crear puentes dentro del club y su encomiable labor con los jugadores que han ido saliendo de la cantera es digna de mención. Recuerdo con cariño cuando me contó que mi paisano ‘Pitufo’ Azuaga, al que él sacó para el primer equipo, despuntó y con poco más de 19 años se compró un buen coche. Su cura de humildad fue enviarle un año a Marbella, para que hiciera allí ‘mili’ y volviera más curtido.

Ahora se nos va un mito del malaguismo al que yo jamás podré olvidar. Gracias por tanto, Antonio, leyenda y profeta blanquiazul.