Hola, me llamo Rafael Nadal. Tengo 35 años, he jugado casi cinco horas y media para ganar una final de Grand Slam y ahora voy a montar un rato en bicicleta». Así presentaba la cadena encargada de retransmitir el Abierto de Australia unas imágenes que, de camino hacia la madrugada en Oceanía, demostraban la profesionalidad del mejor deportista español de todos los tiempos.

En ellas se observaba al flamante ganador de 21 títulos grandes, nuevo rey histórico del tenis mundial, acceder al gimnasio del complejo deportivo donde acababa de atender a los medios de comunicación. Y, acompañado a dos de sus preparadores además de amigos y compañeros durante años en las pistas, Carlos Moyá y Marc López, subía a una bicicleta estática para liberar tensiones y recuperar de manera óptima el estado de su musculatura.

Quien a finales de 2021 barajaba la opción de retirarse vivió ayer, como expresó nada más adjudicarse el título, uno de los partidos más vibrantes de su dilatada y excepcional trayectoria. Y se coronó de manera increíble, como también apostilló, después de haber cedido los dos primeros sets ante el actual número 2 del tenis mundial, el ruso Daniil Medvédev.

Escapa casi siempre a los ojos del espectador los numerosos sacrificios que afronta un deportista antes, durante y después de la competición. Los que compiten en la elite global están hechos de otra madera para enfrentarse a sus rivales, pero también para manejar psicológicamente su día a día.

Nadal, por ejemplo, con la relajación de las restricciones derivadas del Covid-19 pudo viajar hasta territorio austral, provisto del preceptivo certificado de vacunación, antes del 31 de diciembre. Ese mismo día aterrizó con un equipo de trabajo mínimo, porque sólo podían acompañarle dos entrenadores y Marc López había dado positivo (se incorporaría más tarde).

Y con muchas menos personas de confianza de lo que ha ocurrido otros años, el campeonísimo manacorí tomó las uvas en un restaurante. Fue en la medianoche local (media mañana en España) y para la ocasión volvió a recurrir a un vídeo de las 12 campanadas, de esos que se toman en la madrileña Puerta del Sol y que, de archivo, también son utilizados en todo tipo de cotillones.

Los cronistas relataban con las primeras horas del año que no eran unas fiestas navideñas más para un tenista de leyenda que, por encima de títulos y registros inéditos, dejará cuando se retire un legado humano imposible de superar.

Nadal tenía sobre la mesa la posibilidad de decir adiós a mitad de torneo en el primer Grand Slam de la temporada. Pesaban muchísimo tantos dolores crónicos, arrastrados durante lustros, sobre su extraordinario aparato locomotor. Y también se le ponía cuesta arriba, por mucho que seas Nadal y des a diario lecciones de psicología deportiva, imaginarse esa estampa del jugador veterano que cae con estrépito allí donde siempre saltó a la pista entre los mejores del planeta.

A diario, con temperaturas de verano austral y una humedad galopante, el manacorí iniciaba sus sesiones de calentamiento al filo de las diez de la mañana. Aclimatarse a los duros entrenamientos con temperaturas elevadísimas pone a prueba a más fuerte de los hombres. Menos mal que luego le esperaba la hora de reponer fuerzas y, aunque parezca extraño, el parchís.

Lo cotidiano entre torneo y torneo es el juego de las fichitas de colores, al que también recurren muchos otros jugadores de elite durante sus desplazamientos y concentraciones internacionales. Así logran evadirse y mantener su constancia.

¿Saben cuándo salió Nadal de esa rutina? Después de la otra paliza de cinco sets, en cuartos, ante Shapovalov. Hubo pedaleo sobre la estática. El mismo que repitió al filo de la madrugada de ayer, consciente de que a él sí que le queda cuerda para rato.