No importa lo que uno se empeñe, que muchas veces no logrará aquello que persigue, porque sucede mucho que más que ir detrás de un sueño lo que uno hace es escaparse de lo que tiene al alcance.

Lo más complicado para llegar a una meta es elegirla bien, a nuestra medida, medir si te acercas, si te motiva. Luego, uno puede cruzarla una, nunca o veintiuna veces, pero siempre se quedará más cerca que si no lo hubiera intentado, aunque a veces la meta es menos importante que el recorrido, es sólo la brújula que guía el camino, y uno no llega donde se proponía y sin embargo levanta los brazos.

Otras veces se eligen objetivos que más que sueños son fantasías, y uno los persigue como quien huye de la realidad del día a día, no hay intención de lograr nada y claro, nada se logra. Y entonces ganamos a través de otros, de nuestros amigos, parejas o amantes, a través de nuestros hijos o sobrinos y celebramos sus triunfos como si fueran propios, como los de nuestro equipo o deportista favorito. Quién no ganó un poco el domingo, con la 21ª victoria de Nadal, que volvió a ganar cuando menos se esperaba, incluso él mismo no hacía mucho.

Lo más difícil es ganar al éxito, obtenerlo y seguir luchando, competir no ya contra el rival sino contra uno mismo, contra las críticas, los obstáculos, el cansancio, no dejarse llevar por lo conquistado, y seguir mirando hacia delante entusiasmado. Lo extraordinario de Nadal, más allá de ser el tenista masculino con más títulos de Grand Slam, es jugar al tenis con la misma pasión que aquel niño que retaba al mundo, como si no lo hubiera conquistado ya. Y lo ha ganado todo, y a todos, con su mano mala, no me imagino qué puede pasar cuando empiece a jugar con la derecha.