Málaga es muy de mecha rápida. De cerilla rozando contra la superficie rugosa con la que estalla y prende. Y reprende. No es nada nuevo. De siempre -desde que uno tiene recuerdo-, he observado en todo momento ese localismo extraño con banderas al frente y mucha testosterona.

De chico, cuando jugabas con los merdellones y éstos querían pelea, se inventaban que un tercero había insultado a su abuela, llegando a auto convencerse de ello a pesar de ser mentira, para justificar el arrebato que llegaría posteriormente.

El grito era claro: «Nove, grabié, za metío con tu agüela». Y ya estaba todo dicho. Si se metían con la abuela -cosa que no había sucedido-, se liaba el taco y comenzaba la apisonadora. Era sagrado. Nadie se mete con tu abuela. Después el atacante en cuestión probablemente pasara de su abuela. No fuera a verla e incluso le soltara algún comentario inadecuado o se aprovechara de ella.

Los niños más maleducados. Los que venían de núcleos más difíciles o de padres algo desprendidos solían ser habitualmente los más bravos. Los enterados. Y los que practicaban esos injustos ataques con mayor frecuencia.

Aquí, en la ciudad, siempre ha gustado tener un motivo de lucha. Pero no para solucionarlo. Más bien para sostener siempre una guerrilla. Que eso gusta mucho. Como lo de los lazos de colores para las causas justas, pero con agresiones verbales. Una cantinela repetitiva que ayude al malagueño a mantenerse vivo dentro de su mundo paralelo.

Recuerdo la época dura en la que Celia Villalobos como alcaldesa sostenía una y otra vez las teorías conspiranoicas pero muy efectivas para arrastrar a las masas en las que envenenaba a la gente con los conceptos ruinosos de que Sevilla nos robaba cosas. Fábricas, industrias, empleo. Un sistema rentable -solamente hay que mirar a Cataluña- pero que funcionaba bastante bien.

Y era curioso porque el gentío se comía el argumento y lo digería lentamente. La ciudad estaba muerta, con el centro destrozado, con una feria fatal pero la gente lo que hacía era dar saltos gritando «Sevillano el que no bote». El corto tejido empresarial existente iba desapareciendo progresivamente y la ciudad no despegaba. Pero jugaba el Unicaja en Ciudad Jardín contra el Barcelona y el personal se metía con Sevilla y Canal Sur.

Robar argumentos caducados o sostener banderas y brazos con dedos que solamente sirven para señalar, encasillar y crear bandos son algunos de los recursos más pobres que una sociedad en su conjunto puede tener. Y aquí, favorecido por la complejidad de las redes sociales, se ha convertido en algo habitual a nivel local.

Siempre ha gustado el espectáculo muy por encima del problema. Al que hasta ahora siempre hemos llegado tarde. Y es que lo de malagueño el peine para que no peine no es nada nuevo.

Aquí no hubo una voz más alta que otra cuando esquilmaron La Coracha -que era una ruina- a la que seguro se le podría haber encontrado una fórmula menos determinante que la solución de muros en la que se convirtió.

¿Dónde estuvo el gentío cuando la Trinidad evolucionaba y mantenía corralones de nueva factura y se convertía en algo impersonal y que partía de un formato casi marginal?

La gente alza -alzamos- la voz cuando derribaban La Mundial. Y fue muy romántico todo. Pero de nada sirvió. ¿Pero alguien ha mirado alrededor? ¿Dónde estaba el personal cuando levantaban el edificio de al lado que es un mamotreto horrendo y feo?

Erais los mismos. Éramos los mismos. Eran los mismos. Y aquí nadie hizo ni consiguió nada. Por eso llama la atención que, ante la cercanía de cambios estructurales en determinadas zonas de la ciudad, fruto inequívoco del sistema en el que vivimos, salten ahora salva patrias a repartir insultos y carnets de malagueño a quien no piense de igual modo.

Gracias a Dios son pocos, hacen el ruido que las redes sociales les dejan y la vida continua. Pero no deja de resultar chocante que Málaga y sus gentes sigan tropezando una y mil veces en la misma piedra. La del chivato que acusa al que no es para sentirse fuerte mientras le llevan robando por detrás desde hace siglos.

Defender utopías está genial. De eso llevan viviendo los partidos extremistas muchas décadas. Y suele funcionar. Pero la realidad es otra. La verdad de la vida. La de los impuestos, el alquiler, la cuenta en rojo y el crédito es bien distinta a la de la pancarta.

Y ciertamente en nuestra ciudad comienza a resultar cansino ver el nacimiento de efímeros defensores de obviedades que todos sabemos y priorizamos. Todos queremos la paz, la justicia social y que quien lo pasa mal tenga al sistema común para que lo asista. Todos o la gran mayoría de la gente es buena. Y coherente. Pero no es necesario siempre buscar culpables cuando, con mirarte al espejo, encontrarás al responsable pasivo.

Pero lo mejor de todo es que, los autodenominados malagueños de verdad, con sus grandes heroicidades temporales acaban consiguiendo todo lo contrario y es que les hacen el juego a los que manejan el cotarro y éstos siguen encantados. Porque llevan mucho tiempo aprendiendo que con pagar la casa a cuatro ancianos acaban consiguiendo lo que quieren y acallando a unos cuantos. Porque los mismos que hoy escupen al ayuntamiento, mañana se parten el cuello con ellos en cualquier verbena de turno. Cuidado. Que cada uno juega a lo que considere. Pero no hace falta embestir a quien visualiza los problemas de manera distinta para erguirse como figura dominante ante ninguna cuestión de nuestra ciudad.

Hay un chiste en el que un amigo avisa a otro a grito pelado diciéndole que el río se acaba de llevar su coche a lo que el amigo contesta: ¿Cómo me lo van a robar si tengo aquí las llaves?

Denunciar en 2022 que hay barrios que están desapareciendo cuando llevan décadas desmembrados resulta chocante. Y más aún cuando, pocos años levantaban su arteria principal, quitaban sus históricos adoquines y la convertían en una calle más sin alma y pasto de los apartamentos turísticos. ¿Saben quién acogió con agrado el proyecto municipal? Sus vecinos.

Las personas, su dignidad y la ayuda de la administración para afrontar dificultades como la salida forzosa de su vivienda es lo prioritario.

El malagueñismo va después. Y es posible defender nuestra ciudad sin demagogia -si la capacidad lo permite-. Que raíces tenemos todos. Hasta una lenteja en un yogur con un algodón mojado.

Viva Málaga.