Opinión | La calle a tragos

Un cortijo (olvidado) en Málaga

Marjorie Grice-Hutchinson, con su libro.

Marjorie Grice-Hutchinson, con su libro.

Llevábamos varias semanas mirando con el corazón encogido hacia Ucrania y, de repente, la impotencia derrama sangre. El siglo XXI tampoco es lo que nos vendieron. A nuestro alrededor, todo se empequeñece. La guerra innecesaria sitúa a los seres humanos en un segundo plano. La historia repetida delata a las personas como inocentes figurantes de quita y pon. Y, mientras tanto, en el Occidente cómodo la vida sigue. Algunas mañanas, hay páginas en el periódico con noticias de proximidad que generan un enfado inesperado. Ayer, sufrí un ataque de incomprensión mientras leía un reportaje en el que mi compañero Alfonso Vázquez daba cuenta del abandono al que ha sido condenada una emblemática finca malagueña, por esa dejadez institucionalizada que suele quedar impune. El deterioro convive con la acumulación de documentos de la Junta de Andalucía en la Hacienda Santa Isabel y nadie hace nada. El vandalismo ha ganado la partida. El Gobierno andaluz, que aguarda un trámite del Ayuntamiento para un parque forestal y un depósito judicial allí, no la ha cuidado. Y a quienes tuvimos la suerte de saber quién fue Marjorie Grice-Hutchinson (Eastbourne, Inglaterra, 1909-Málaga, 2003) no se nos quita de la cabeza que en ese cortijo nació Málaga Farm, un libro publicado en Londres en 1956 y olvidado durante décadas en España. Como ahora su cortijo.

Sus páginas trazan un fresco de la Málaga y la Andalucía de la posguerra que estuvo medio siglo sin publicarse en castellano. Hasta 2001, permanecieron abrazadas al inglés las vivencias que compartió en Santa Isabel con su marido, el ingeniero agrónomo Ulrich von Schlippenbach. Finalmente, con su autora en pleno epílogo vital (falleció dos años después), este revelador texto vio la luz como Un cortijo en Málaga, con la editorial Ágora y la traducción de Andrés Arenas y Enrique Girón. Fue presentado en la Sociedad Económica de Amigos del País en un día casi navideño de aquel 2001, en el que la hispanista veía cumplido un sueño. Aquella tarde conocí yo a Marjorie.

La aportación de esta mujer a la sociedad malagueña fue incalculable. A la vez que reivindicaba la cultura autodidacta de los pastores, campesinos y obreros de la zona, Marjorie Grice-Hutchinson se volcó con la Sociedad Económica de Amigos del País, el Cementerio Inglés o la Universidad de Málaga, de cuyo departamento de Teoría e Historia Económica formaba parte. Es más, a esta institución le donó la finca familiar de San Julián para un centro de investigación.

El legado de la hispanista no llega a entenderse sin la solidaridad y la respetuosa cercanía que le entregó a los más desfavorecidos desde que, a los 15 años, llegó a Málaga con su padre, el abogado George William Grice-Hutchinson. Entre los años 20 y la década de los 60, su progenitor derrochó obras de caridad en Churriana -dónde se le conocía como ‘el inglés del cruce’-, trasladó en su yate a heridos de la Guerra Civil o creó centros educativos para la alfabetización de las familias necesitadas. Sin ir más lejos, ella heredó un carácter filantrópico que no siempre le es correspondido, a la hora de honrar su memoria, en la geografía mediterránea en la que encontró su lugar en el mundo.

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