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Emilio Fuentes

TRIBUNA

Emilio Fuentes

Guerra y Paz (versión Putin)

Putin, caracterizado de Hitler en una protesta este sábado en Tel Aviv.

Un tío medio calvo, con cuatro pelos en el cartón al estilo Anasagasti y mala leche como para matar osos a base de abrazos está celebrando su particular crisis de los 70 -tiene 69 años- lanzando cohetes de testosterona al viento y despidiéndose a lo grande de aquellos años en los que sus bajos fondos funcionaban mejor que ahora. Al exespía acomplejado de la KGB, que sueña con la Rusia de los Zares tras décadas ‘chupando’ culos a los gerifantes del ‘soviet’ le han sentado muy mal los meses de confinamiento. Ya se sabe; a algunos nos dio por comprar papel higiénico, a otros por bailar la Macarena en los patios de casa o entonar el ‘Resistiré’ en las terrazas y al tirillas cara pan le parece buena idea invadir países para demostrar a sus convecinos que sigue estando en forma y que la legión de periodistas, opositores y blogueros flácidos que le critican son unos ‘flojos’ de palabra y obra.

Cansado ya de meter cilindros radioactivos por la boca -que sepamos- de todo el que le critica, el nuevo ‘Stalin’ con tufillo a átomo mojado ha lanzado una ‘Guerra Relámpago’ tipo III Reich sobre un desafortunado compañero de fatigas -país- cuyo único delito es el de aparecer en la historia de la Gran Patria Rusa como el patio de recreo de las grandes sagas del Imperio. Los camaradas que un día se daban golpes en el pecho exhibiendo medallas comunistas lloraban luego amargamente de pura rabia añorando los tiempos perdidos retratados en la niñez de ‘Doctor Zhivago’. «¡Qué poco dura la alegría en la casa del pobre!»; decía mi bisabuela, a cuyos ancestros trajeron los esbirros de Carlos III a la zona de la Sierra Morena jienense desde algún territorio bávaro.

La historia -que es una de mis vocaciones frustradas- es muy jodida porque en las crónicas de los tiempos pretéritos todo está escrito y parece ser así para que no olvidemos que el pasado vuelve. Lo dicho; «¡Poco dura la alegría en la casa del pobre!». Mientras celebramos los parabienes de un mundo rebosante de bienestar, democracia y unicornios de colores; la mala baba se extendía como un nubarrón de metales pesados en el camino a Oriente. Y es que décadas y décadas de revolución, dictadura del proletariado, economía planificada y trenes de carbón cargados de propaganda roja cabalgando hacía el infinito por la estepa kazaja no han sido suficientes para borrar el gusto del oligarca ruso por la muerte, la dominación y la guerra. Quizás sea el aburrimiento, no lo tengo muy claro.

El ser humano presenta una característica; llamadlo ‘rasgo de carácter’ o similar, que le lleva a inventarse problemas cuando no los hay. No sabe el espécimen del género ‘homo’ estar tranquilo. Esta habilidad única que le lleva a complicarse la vida sin necesidad se encuentra en el germen de las obras faraónicas, las inversiones descabelladas, los aeropuertos fantasma, las discusiones absurdas en la velada de Nochebuena con los cuñados o, en los casos más extremos y patológicos, a convertirse en un ‘bulle bulle ansioso’ que permite a algún ‘chalado’ con delirios de grandeza desencadenar una guerra. Tan sólo es cuestión de tener mucho poder, beber unos ‘chatos’ de vodka antes de dormir, doblar las pupilas en cada rueda de prensa y disfrutar del placer de observar una hilera de tanques bien alineados.

No hemos tenido bastante con dos años de crisis vírica, de incertidumbre desbocada, de bolsas y economías que suben y bajan, de puestos de trabajo perdidos, de poblaciones confinadas, de campos ‘guarreados’ por mascarillas y test de antígenos; de vacunas pilladas con papel de fumar, de subidas de precios, de inflación en vena, de combustibles a precio de penicilina… Pues no. Algunos son adictos a las emociones fuertes y al olor de la sangre derramada, ese tufo metálico que apesta a hierro y en boca sabe a óxido. Mientras el mundo entonaba el ‘We are the World’ para darse ánimos y firmaba tratados para no dejar a nadie fuera, para volver a la normalidad y aprender de los errores pasados y toda esa dialéctica del ‘buenismo’ que nos pone tiernos; otros urdían planes maquiavélicos con los que subirse el ego y darles un chute de ‘katovit’ a unos cuantos miles de oligarcas multimillonarios que, en contra de lo que parece, seguro que ya están haciendo números con la máquina de hacer billetes.

Ahora en Europa se habla de sanciones, de acorralar a Putin, de asfixiar la economía rusa, de impedir transacciones internacionales, de bloquear a sus bancos, de meterles a todo el G7 por el mismísimo ‘fistro’… ¿Nos reímos o lloramos? La Europa decadente que, como dijo entre risas el vocalista de ‘Ilegales’ -Jorge- en un reciente documental de Imprescindibles -La 2-, es «como una momia sanguinolenta y podrida a la que todos, sin embargo, intentan hincarle el diente». Va a dar lecciones y a imponer sanciones esta Europa lánguida y en coma que contiene el aliento ante el corte del gas ruso, la subida del petróleo y el pedo que se va a tirar China. Mucho le importa a Putin y a los suyos no poder vendernos la energía, cuando es Asia la que se la quiere comprar ahora. La historia da otra vuelta. El problema es que perder siempre cansa.

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