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TRIBUNA

Homenaje a Miguel Gallardo

Ilustrador, colaborador en diarios de prestigio como el New Yorker o La Vanguardia, fue más conocido por ser el creador de comics underground de gran impacto entre los aficionados al género, especialmente por el mítico Makoki

Miguel Gallardo Paredes

Conocimos a Miguel hace ya más de diez años, cuando ambos contactamos con él para organizar, en el salón de actos compartido de las Facultades de Psicología y Logopedia y Ciencias de la Educación un evento relacionado con la proyección del documental ‘María y yo’, del que Gallardo y su hija con autismo eran protagonistas. Durante los meses previos, cuando organizábamos la charla, Miguel pensó que los autores de este artículo conformábamos una entidad única e indisoluble. El mismo nombre de pila, un apellido similar y un correo electrónico casi idéntico contribuyeron al equívoco. Así lo detalló y dibujó con humor en su diario gráfico de viajes ‘Turista accidental’: «He sido invitado por dos profesores que responden al nombre de Francisco… Lo curioso de esta historia es que desde hace medio año vengo hablando con ellos pensando que eran la misma persona».

Ilustrador, colaborador en diarios de prestigio como el New Yorker o La Vanguardia, fue más conocido por ser el creador de comics underground de gran impacto entre los aficionados al género, especialmente por el mítico Makoki. En aquellos tiempos en que, según nos confesaba, en las charlas había más ponentes que espectadores. Luego comenzó a desarrollar excelentes obras con tintes biográficos que reflejaron sus vivencias personales mas íntimas. Un largo silencio fue la primera incursión narrando la experiencia vital de su padre. Luego llegó la muy premiada y valorada ‘María y yo’, que ha sido traducida a diez idiomas. En esta novela gráfica, que tuvo su continuación en ‘María cumple 20 años’, contaba anécdotas y vivencias relacionadas con la comunicación con su hija, una adolescente con trastorno del espectro autista. Hace poco más de un año se publicó ‘Algo extraño me pasó camino de casa’, un relato en el que abordaba con humor y optimismo el tema de su enfermedad. Otros proyectos destacados en lo que volcó su personal estilo fueron sus libros de viajes, sus ilustraciones en diferentes publicaciones y sus múltiples colaboraciones con asociaciones relacionadas con el autismo y la diversidad funcional. Sus anécdotas sobre la revista El Víbora eran impagables, pero nunca abusaba de la nostalgia. Al contrario, siempre miraba hacia adelante y los nuevos retos rondaban permanentemente en su cabeza.

Antes de aquel acto programado en la Universidad, vivimos con Miguel una serie de catastróficas e hilarantes desdichas que finalmente no impidieron que llegáramos a tiempo a la hora señalada. El auditorio estaba abarrotado y el público se acomodaba incluso por el suelo de los pasillos centrales o en los laterales. El éxito de la presentación, la proyección de ‘María y yo’ y el posterior coloquio fue muy destacado. Entre los asistentes, aparte del alumnado, se distinguían madres, padres, profesorado y otros profesionales de la Psicología, la Logopedia y la Educación. Incluso intervino un experto en arte dramático. Al bombardeo de preguntas contestó Miguel con solvencia. Sabía bien de lo que hablaba. Lo había vivido muy de cerca durante muchos años y, además, había profundizado con rigor en el tema desde que su hija fuera diagnosticada.

Aquella noche, durante la cena, Miguel y los abajo firmantes confesamos y compartimos habituales despistes, a cuál más inverosímil, todos desternillantes. Se nos ocurrió entonces que debíamos crear una congregación que Miguel bautizó como la Hermandad del Despiste Absoluto. Luego, en su diario de viajes y en sus viñetas, lo contaría con el peculiar sarcasmo que le caracterizaba.

A partir de ese momento, Miguel volvió de nuevo y con frecuencia a Málaga para diferentes actos en la Facultad de Ciencias de la Educación: presentaciones de libros, mesas redondas, ponencias … siempre soñando desde Barcelona con el vino y el pescaíto frito malagueño que tanto adoraba. Entonces conocimos más de cerca al ser generoso, humilde y solidario que deslumbraba a quien lo conocía. Por ejemplo, nunca dudó en ayudar, de forma desinteresada, al alumnado que se puso en contacto con él para pedirle consejo. Nos regaló con afecto un dibujo personal y a Francis, además, portada e ilustraciones para su novela sobre Picasso. Nuestra Hermandad, fundada aquella noche entre bromas, se mantuvo activa en la distancia. Y nos consideramos muy afortunados por mantener la amistad de Miguel a lo largo del tiempo, en los buenos y en los malos momentos. Ahora ya lo echamos de menos, pero nos queda su recuerdo, su obra y todo lo que nos aportó personalmente en tantos encuentros.

Las muestras de condolencia, las menciones, los homenajes y las palabras de admiración y agradecimiento que el pasado 22 de febrero se sucedieron en diferentes diarios y en las redes sociales fueron muy representativas de su impronta profesional y humana. Nos sumamos a ellas y animamos al lector a indagar sobre la obra de Miguel Gallardo Paredes, de oficio dibujante, si quiere pasar un buen rato y a la vez descubrir cómo la realidad, muy cruda en ocasiones, puede ser contada con buen sentido del humor y fina ironía.

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