La globalización, último gran invento del capitalismo para universalizar su dominio y sacudirse las pegajosas moscas locales, empezó a mostrar fisuras tras la crisis de hace más de una década. Aunque logró rehacerse, en plena convalecencia llegó la pandemia: parón del comercio mundial, crisis de abastecimientos y proteccionismo de países o bloques para que sus economías no se hundieran. Ahora una guerra de tamaño medio y estúpida en su origen puede hundir el invento: si ya será muy difícil recomponer la confianza entre los operadores, indispensable para el comercio, las medidas de guerra de los gobiernos en el control de todo tipo de transacciones –de la energía a las finanzas, pasando por la tecnología- la echaran a pique. ¿O será que el barco ya se hundía y la guerra es efecto de ese hundimiento, como un tsunami lo es de una ruptura de placas en capas profundas?