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Javier Muriel

Camisetas

Putin está matando y solo se oponen a condenarlo los podemitas, comunistas y otros del estercolero

Vladimir Putin attends a ceremony of raising the national flag on the 'Marshal Rokossovsky' ferry in northern Russia

A ún recuerdo la primera camiseta que me pillé en la Discoplay. Era blanca y tenía una flor plantada en un casco militar, todo rodeado por una frase tan bella como imposible: «Imagínate que hay una guerra y no vamos nadie». La segunda fue una de Siniestro Total, y rezaba: «Esta noche el cuerpo me pide Comisaría». Yo debía rondar los quince años y el idealismo era mi religión. Quién no es idealista de joven. Luego llegaron los desamores, la facultad, la muerte de algunos seres muy queridos, una enfermedad que me abrazó para siempre, algún que otro desengaño, promesas incumplidas, dos o tres traiciones, más de una resaca, el trabajo, la hipoteca, el matrimonio, la paternidad, y aquel idealismo insulso y bobalicón fue devorado por la madurez propia de quien va adquiriendo compromisos con la edad y actúa siempre anteponiendo las necesidades de otros a las suyas. Porque esa es la clave de todo, saber que tus actos y tus omisiones tienen consecuencias irreparables en la que gente que te rodea. Cuántas veces no habrían mandado todo a tomar por culo de no ser por sus hijos o por algún que otro compromiso que cumplir. Lo sé, yo también.

La valentía, el sacrificio, la heroicidad, y cualquier otra virtud que se le suponga a un hombre decente es, en mi caso, ajena a mi propia naturaleza; pues toda excelencia, si es que alguna vez me rozó alguna, nace única y exclusivamente en la mirada de mi hija. Contemplar esos ojitos inocentes y sentirme poderoso y bueno es todo uno, aunque en el fondo me sepa un patán con poca o ninguna voluntad de no caer en cualquier tentación. Pero ella aparece, ella te mira, y ella te recuerda lo que realmente merece la pena. Eso por lo que matarías y morirías.

Ahora vemos miles de padres ucranianos dejando atrás a sus familias para luchar contra la invasión rusa. Vuelven a su tierra desde todos los puntos del planeta para alistarse y combatir al enemigo soviético. Ninguno lo hace por honor, ni por su bandera, ni por sus dirigentes. Todos contestan los mismo: venimos a luchar por el futuro de nuestros hijos. Por esos hijos que los miran con sus ojitos inocentes y sacan los mejor de ellos, hasta dar su propia vida a cambio de que esas pupilas sigan descubriendo un mundo en libertad. Y ahí es cuando te pones frente al espejo y te preguntas qué harías tú, cómo responderías si un enemigo que no atiende a razones invadiera tu país y estallara la guerra.

Putin está matando a los hijos de alguien, que se han convertido en los hijos de todos, y en ello ha encontrado una respuesta cuasi mundial sin precedentes en lo que a inquebrantable oposición se refiere. Exceptuando, obviamente, podemitas, comunistas y demás tarados del estercolero. Así que, visto que el descerebrado cirílico no ceja en el empeño, me apetece comprarme una camiseta que ponga «Imagina que hay una guerra y vamos todos».

El 6 de mayo Siniestro Total da su último concierto en el WiZink Center. Y allí estaré yo cantando Bailaré sobre tu tumba.

Lo haré a grito pelado, pensando en Putin y toda su parentela. Lo haré cantando tan alto como pueda, recordando a Putin y a todos sus muertos. Y lo haré con mi vieja camiseta puesta, porque hay ideales, que ni Putin puede matar.

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