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Álvaro Antonio Couceiro Farjas

TRIBUNA

Álvaro Antonio Couceiro Farjas

Sociólogo

Frente al humanismo

Una familia ucraniana se despide debido a la invasión de Rusia.

Encontrar una justificación para el salvaje ataque del ejército ruso contra un pueblo pacífico le está siendo complicado hasta para los más férreos defensores de las corrientes políticas antiliberales. Tanto para aquellos que se ven arrastrados por el siempre atrayente y peligroso liderazgo de dirigente fuerte y nacionalista, como para quienes, con la boca más grande o más pequeña, siguen soñando con modelos políticos alternativos al libre mercado y la democracia en un Estado de Derecho.

Ucrania construía su futuro mirando hacia aquellos países que servimos de faro para los ciudadanos de la mayor parte del mundo; los que alumbran modelos políticos, siempre mejorables, pero que año tras año van superando los mejores índices económicos, sociales, sanitarios y ecológicos descubiertos a lo largo de la compleja historia de la humanidad. No es casualidad que las corrientes migratorias y las mafias que de ellas se aprovechan arrojen miles de cuerpos a las playas de Europa y los desiertos del sur de Estados Unidos, pero no lo hagan en las fronteras rusas o chinas. La historia ucraniana es dura, muy dura, paralela a otros pueblos o civilizaciones que también han tenido que afrontar obstáculos impensables, genocidios, masacres y dictaduras a lo largo de su historia, como los judíos, armenios, camboyanos, vietnamitas, romaníes o polacos, entre, desgraciadamente, muchos otros. Sería, más bien, impensable que no miraran hacia la UE.

Justificar tal atentado contra un movimiento razonable en una población que solo manejaba la esperanza que la Unión Europea lógicamente arroja es muy difícil. Se escuchan explicaciones recurrentes. La primera es el supuesto temor frente a la «expansión» de la OTAN hacia sus fronteras – vendría bien un análisis sobre dónde radica la amenaza de una organización puramente defensiva, el miedo al «peligroso» soft power -. También, en segundo lugar, se escribe sobre Putin sufriendo una enfermedad mental derivada del aislamiento pandémico, en una personalidad megalómana ofendida y humillada por la idea cada vez más común de la incapacidad de crear un gran Imperio Ruso sucesor de la época de desgracia tras la caída del muro – fue llamada recientemente potencia regional -. Finalmente, el otro argumento manido es que la oligarquía rusa pretende aprovechar la debilidad en términos de liderazgo político de las principales potencias occidentales para retomar el sistema de bloques de influencia, comprensible si se está perdiendo espacio y capacidad de control en un mercado internacional competitivo. Sí, puede haber alguna explicación en todo ello, pero nunca una justificación ni, desde luego, racionalidad.

Estos ingredientes son mezclados con equidistancias, negación de la condición de víctima de Ucrania y su población, y equiparación con otras maniobras militares recientes.

Los ‘no a la guerra’ genéricos y buenistas ponen a dos partes de un conflicto como culpables, pero una invasión de un Estado grande y poderoso a un vecino humilde no agresor no tiene dos culpables, solo uno. No costaría demasiado aclararlo, mostrar a quién se dirige esa petición, ¿es tal vez un «Putin, detén la guerra» lo que se pretende decir?

Sobre la otra línea de la equiparación, la voluntad de unirse a la OTAN o a la UE, organizaciones de libre adhesión, como similares a permanecer bajo la influencia rusa, parece algo desesperado: se iguala la libre voluntad de entrar en una organización de derechos, comercio, defensa común y promoción pacífica de los acuerdos internacionales, a someterse a una dictadura como un satélite de otro país. Pueden preguntarle a un letón y a un kazajo – no se olviden de los cientos de ciudadanos recientemente masacrados por el ejército ruso en este país por pedir cambios políticos – quién vive mejor y cuánto aprecia cada uno sus instituciones. Finalmente, también han salido a colación las recurrentes comparaciones con las operaciones antiterroristas de Mali o de Somalia, que alguno ha correspondido valientemente con bombardeos indiscriminados a niños y sus madres en edificios civiles. Estas equidistancias son tan peligrosas como la defensa más burda del expansionismo imperial.

No obstante, se está olvidando una línea muy importante, posiblemente la más relevante, de la explicación de la invasión, que es el contraste entre los valores de los regímenes políticos de uno y otro bloque: la primacía, o no, de una visión política humanista, a su vez sustentada en la razón.

Hace pocos años Pinker comenzaba su ‘En defensa de la Ilustración’ aseverando que su tesis central, que es que todo el progreso alcanzado en las últimas décadas es el mayor de la historia, habría sido posible fundamentalmente por los ideales de «la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso»; esto es, la Ilustración. Dentro de su polisemia, con el humanismo se comprende la idea política de una búsqueda del desarrollo de los pueblos privilegiando el bienestar de las personas, individuales, por encima de cualquier idea de tribu, raza, razón o religión. De forma simplificada, no desear en la gestión pública movimientos que, por el camino, atenten contra el individuo, que debe ser el fin último de todo gobierno. Por ello, todo totalitarismo tiene este mínimo común denominador, el anti-humanismo. He ahí la ironía de invadir un país en nombre de una supuesta «desnazificación».

El humanismo, dado por hecho en nuestro sistema occidental, nunca ha dejado de estar en entredicho. Se puede comprobar, también en nuestros países, cómo se construyen políticas, ciertamente a escala mucho menor, que chirrían por dejar a individuos de lado en base a una motivación supuestamente superior, a un fin último que se defiende como más importante. No son supuestos desconocidos, son metas que se pueden mover entre objetivos tan aparentemente loables como el ecologismo, la defensa de una cultura, o la igualdad, renunciando a los medios para tratar de alcanzar directamente los fines. Es un punto de vista fundamental para nuestras sociedades que, cíclicamente, se olvida o abandona por momentos entre las brumas del gobierno de la abstracción, la mercadotecnia y las buenas palabras.

Esta ceguera, dar por hecho realidades que ha costado siglos alcanzar, no facilita comprender que las civilizaciones que se confrontan desde el sistema occidental – sí, ha terminado la Pax Perpetua, desgraciadamente es una lucha - no ven el mundo ni a sus individuos desde la misma óptica. Así, en Ucrania no se confrontan políticas o corrientes puntuales, sino que sobresale un verdadero choque de civilizaciones, de fundamentos y valores sociopolíticos. El Estado de Derecho, la democracia liberal y el libre mercado priman al individuo frente a cualquier teoría o ideal abstracto; pero Putin no es humanista, Rusia no es humanista, la URSS no era humanista, y las fluctuantes ideologías políticas que han atravesado el último siglo tampoco. Sea el marxismo, comunismo, estalinismo o el actual post-leninismo y conjugaciones de estos con sistemas oligárquicos, capitalismos de estado – o de gángsters, como lo denomina Beevor - y una potente corriente imperialista y nacionalista transversal, son diametralmente opuestos al bienestar del individuo como fin último. Nacionalismo y expansionismo, por cierto, cuyo trasfondo se encuentra en la supuesta unidad lingüística, un racismo velado por la idea de rusofonía como justificación de la unidad nacional - aunque no hay que irse tan al este para encontrarnos con más ejemplos del estilo -.

Desgraciadamente, desde los Urales suenan de nuevo tambores de «espíritu del pueblo», de «nación», del «destino de la Patria» y otras peligrosas abstracciones. Ante este sonido, conviene no ser equidistante.

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