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Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

La fuerza del transporte

Los transportistas autónomos, esos que son propietarios, en la mayoría de los casos, del único camión que conducen, han decretado el cierre patronal indefinido de su flota comercial. Algunos le llamarán impropiamente huelga porque lo que se reclama, de la administración pública y de la gran patronal, son mejoras económicas sustanciales en la contratación de los servicios, pero nunca salarios, técnicamente al menos. Y tampoco deberíamos de llamar gran patronal a la patronal porque el número de camiones de su propiedad es irrisorio respecto del número de vehículos que ofrecen los transportistas autónomos. En realidad, lo que se discute es el reparto equitativo de los beneficios de la comercialización de la carga, que esa sí está en manos de la patronal. La intermediación, sus abusos y su falta de equidad han sido de siempre el principal de los males que aquejan al sector. Desde la época de los pigarras, cuando se contrataba la carga en los cafés, hasta la actual con chóferes del este de Europa en condiciones lamentables de explotación, parece no haber pasado el tiempo. Al menos el que yo conocí profesionalmente cuando estaba al frente de Cesintra y Fenadismer el asturiano Alejandro Bárcena, al que le debo todo lo que pude saber sobre un mundo apasionante (así lo describía el escritor argentino Julio Cortázar). De aquello ya pasan más de veinte años. Desde luego, no perdimos el tiempo. Hicimos un libro sobre las tramas monopolísticas tomando como referencia la empresa de transportes Gerposa, que salía a la carretera con una enorme flota de camiones que llevaban la caja y los toldos pintados con los colores de la marca. En realidad, Gerposa era el acrónimo de Gervasio Portillo Sociedad Anónima, un modesto transportista cántabro propietario de solo dos camiones, aunque en su consejo de administración figuraban personalidades relevantes de las finanzas. El remolque donde viajaba la mercancía era de Gerposa, mientras la cabeza tractora pertenecía por entero al transportista. Él era quien pasaba agotadoras jornadas al volante, malcomía, maldormía, llenaba el depósito de gasoil, pagaba la factura de las reparaciones, cambiaba las ruedas, se hacía responsable de las multas de tráfico y cualesquiera otras contingencias. Por ejemplo, cargar o descargar la mercancía transportada, una reivindicación histórica del gremio que yo daba por conseguida, pero que lamentablemente parece haberse rescatado. Además -ya me olvidaba- del pago de los créditos al banco por la compra de unos vehículos enormes que no son precisamente baratos. No debe de extrañar, por tanto, que la brutal subida de precios de los carburantes haya obligado a los transportistas modestos a convocar un paro de ámbito nacional. La parálisis del transporte por carretera, supone, caso de prorrogarse más de una semana, la paralización del comercio y, en consecuencia, la paralización del país. Por eso mismo, nunca entendí que los sucesivos gobiernos de la democracia no hayan atendido, como se merecían, las reivindicaciones del sector. Un sector poderoso que no ha sabido hacer uso de su fuerza para conseguir, civilizadamente, sus objetivos.

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