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Antonio Agredano

BAJO EL PUENTE DE HIERRO

Antonio Agredano

Primavera

Echo de menos el tedio. La incomodidad del tiempo. Todo va muy rápido ahora. Me lo advirtieron de joven, pero no les creí. El aburrimiento era un monstruo infantil. La espalda desnuda contra el terrazo. La negación persistente del ventilador. Los minutos no pasaban nunca, se deslizaban como gotas de suero. Ya esto es distinto. Eléctrico y caótico. Cada minuto tiene su aguijón. Ahora nace en mí un deseo nuevo, el de no hacer nada. Una nada sin alarmas, sin pitiditos, sin griterío alrededor, sin citas médicas, sin entregas de paquetes, sin vecinos amables, sin cumpleaños por felicitar, sin llamadas de compromiso, sin techos retorciéndose, sin bicicletas oxidándose en la terraza. Una nada enorme, densa, oleaginosa y oscura. Donde sumergirme por horas. Hemos construido una vida cargada de minucias. Rótulos en el buzón y tarjetas de fidelidad en los supermercados. Vídeo llamadas. Bajar a imprimir a la papelería. Citas inoportunas. Las casas ya no tienen puertas. Todo el mundo está en todas partes. Hasta la emoción la tengo embargada. Me dicen por qué he de llorar y con qué he de reír. Quiero escapar de aquí pero ya no hay salida, así que me lanzo con entusiasmo a las orgías livianas.

Los 40 son los nuevos 70, pienso frente al espejo. Microinjertos capilares para tapar la coronilla, gafas para poder ver la televisión sin que me duela la cabeza, férulas eternas para que los dientes no se muevan tras meses de hierros abrazados a mi sonrisa. Cremas que me prometen cosas que no sé lo que son, pero me las extiendo con docilidad cada noche, porque quiero batallar contra este cuerpo con simpatía por los placeres mustios. Ya no soy yo, todo lo llevo de prestado. Las pieles se oscurecen y los huesos gruñen y sólo el amor logra mantener algo de espíritu en este esternón que es como un descampado al que le han brotado algunas hermosas flores.

Sigo. Seguir, qué verbo. No me canso de decirlo. Sigo porque tecleo y porque en la madrugada mis hijos tratan de invadir mi cama y, aunque los devuelvo a la suya y se enfaden y yo finja enfado también, me reconforta saber que soy refugio para sus terrores y que mi calor es hogar en sus noches. Todo pasa por algo dicen, pero no es verdad, todo pasa por nada. El tiempo simplemente ocurre y a veces refunfuña y casi siempre se enfurece, ya en los años últimos, cuando crees alcanzar tímidas y blandas sabidurías. Y luego adiós, y los vivos a sus cosas y los muertos a las suyas; a la ceniza y al recuerdo. A la cicatriz en el corazón de los que dejan.

Tengo una amiga que habla de sus amantes con un desprecio que me entusiasma y aterra. Disfruto, ella es torrencial y divertida, porque me cuenta historias imposibles de pollas pequeñas, viriles trampantojos, vinos espumosos, conversaciones chuchurrías, invitaciones a platos combinados, excusas de última hora, matrimonios rotos, funcionarios que van en bicicleta... y tiemblo porque intuyo que yo he sido muchas veces el amante del que otras mujeres, también ocurrentes, hablaron a sus amigos. «¿Y nunca te cansas?», le pregunté. «¿De quedar? ¿De los hombres? Nunca. Con vosotros la vida es infantil y ridícula, pero sin vosotros es aburridísima», me contestó.

La primavera me pone de buen humor. Se apacigua la voracidad de los relojes. Estoy aprendiendo a tomar té, lo tengo por bebida pausada. Estoy abandonando el café, que acelera las tardes. Huele a azahar. Hay más sol. Rosalía llama «bebé» a su novio, y me gusta. Y me cansa la gente a la que le molesta el amor de los demás. Claro que es cursi y es excesivo y es pueril y es estruendoso y es inentendible. Es amor. Claro que es todo eso. Yo creo en el amor, en su abanico de absurdos. Mataría por no tener nada que hacer. Tumbarme al lado de mi amada. Dejar pasar las horas enredados en la cama. Guiarnos por la luz. Comer sólo por hambre. Ojalá inventaran un verbo hermoso a medio camino entre follar y hacer el amor. Extraño la horizontalidad. El suelo de terrazo. La desnudez a todas horas.

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