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La Opinión de Málaga

Miguel Ángel Santos Guerra

El síndrome del impostor

La educación emocional en la etapa infantil. Pexels

Preocupados por las cuestiones materiales, nos olvidamos en muchas ocasiones de algo tan importante como la salud emocional. Acuciados por las necesidades relacionadas con el cuerpo, hacemos caso omiso de nuestro bienestar psicológico. Inquietos por el porvenir de nuestros hijos e hijas, vivimos entregados a la satisfacción de sus necesidades físicas presentes y futuras y nos olvidamos de su desarrollo emocional.

La pandemia que todavía estamos atravesando ha generado muchas desgracias: muertes en soledad, ruina económica, secuelas somáticas perniciosas, ingresos hospitalarios, confinamientos y restricciones... De todo ello hemos ido teniendo cumplida información cada día. Hemos estado abrumados por las cifras, muchas veces aterradoras. Pero no se ha hablado tanto de las consecuencias que ha provocado en la salud mental de los ciudadanos y ciudadanas. Y está claro, a mi juicio, que han existido y que tienen mucha importancia. Importancia que se acrecienta al no ser objeto de atención, estudio y respuesta. Si no se tiene conciencia de un problema, es imposible tratar de solucionarlo. Si no se diagnostica con rigor, las soluciones serán inútiles o contraproducentes.

Uno de los daños psicológicos que ha provocado es el incremento de un trastorno denominado ‘síndrome del impostor’ (deberíamos decir ‘síndrome de la impostora’, ya que afecta a más mujeres que hombres), ‘fenómeno del impostor’ o ‘síndrome del fraude’. No digo la aparición, porque el síndrome ya existía con anterioridad a la pandemia, sino su considerable incremento. El trastorno afecta a una de cada siete personas, según el International Journal of Behavioral Science.  Esta afección no es considerada un trastorno psicológico ni una patología grave, por lo que no se recoge en el Manual de diagnóstico de los Trastornos Mentales.

El término fue acuñado por las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978. Este mismo año publicaron un artículo sobre este síndrome, ‘The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention’ (El fenómeno del impostor en mujeres de alto rendimiento. Dinámica e intervención terapéutica)..

¿En qué consiste el síndrome del impostor? Es un fenómeno psicológico por el que la persona cree que no es inteligente, que no es capaz, que no es competente ni suficientemente creativa, a pesar de que las evidencias demuestran que esa persona es hábil, que presenta un buen rendimiento y que incluso tiene éxito. El paciente se siente un impostor, aunque en realidad no es cierto que lo sea. La persona afectada se considera un fraude social, aunque no lo manifieste o, incluso, aunque manifieste en público lo contrario. Quien padece el síndrome cree que nunca ha dado ni va a dar la talla. Es un trastorno relacionado con la incapacidad para atribuirse los propios logros. Estas personas atribuyen el éxito de una tarea, ya sea en el ámbito laboral, familiar o académico, a factores externos, como la suerte, el azar, la divinidad o la ayuda de otros agentes.

Las personas que padecen el síndrome del impostor están convencidas de que son un fraude, de que no merecen el éxito que han conseguido y de que son inferiores al resto. A pesar de que demuestren lo contrario, la persona continuará convencida de que no ha logrado nada por sí misma e interpretará sus logros como resultado ajeno. Este síndrome se caracteriza por el sentimiento de vacío constante, de que algo falta por muchas cosas que se consigan. En el fondo, descubre un problema de identidad y un pésimo autoconcepto.

Se suele dar en personalidades que aparentan Además son conscientes de que tienen alguna dificultad emocional que tratan de esconder. Les cuesta exteriorizar sus emociones y pensamientos porque tienen miedo de perder la aceptación de los demás. Tienen la sensación de que si muestran lo débiles o torpes que son, van a perder la aprobación del prójimo.

He leído recientemente un artículo sobre esta cuestión en el que se afirmaba que el problema afectaba más a las mujeres en un porcentaje del dieciocho por ciento. Puede ser. Porque hay estereotipos que exigen a la mujer ser maravillosa en todos los aspectos: supermadre, superejecutiva, superesposa, supereficaz, superfuerte, superatractiva, …

Todas las comparaciones que hacen con otras personas concluyen en detrimento de quien tiene el trastorno. Todos los demás son mejores en todo lo que es necesario saber o tener para ser una persona respetada y admirada. Todos los demás son más listos, más guapos, más competentes, más creativos, más sociables, más fuertes...

Debajo de la apariencia prepotente y arrolladora de algunas personas se esconde un complejo de inferioridad que se pretende borrar con manifestaciones impactantes. Esa percepción subjetiva genera ansiedad, angustia, estrés y desconfianza en las propias posibilidades. También puede producir reacciones de miedo a ser descubierto por los demás como lo que siente de sí mismo el impostor que es: un mentiroso redomado.

La doctora Valerie Young es experta de renombre internacional en esta materia. En 2011 escribió un best-seller titulado ‘The Secret Thoughts of Successful Women: Why Capable People Suffer from the Impostor Syndrome and how to Thrive in Spite of it’ (Los pensamientos secretos de las mujeres exitosas: por qué las personas capaces sufren el síndrome del impostor y cómo prosperar a pesar de él).

Categorizó los comportamientos relacionados con este síndrome en cinco grupos de personas:

Los perfeccionistas: el éxito para estas personas no suele ser satisfactorio, porque al ponerse metas tan altas, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor.

Los Individualistas: rechazan la ayuda. Sienten que si piden ayuda no demuestran su valía.

Los Expertos: suelen pensar que no han sido honestos en la selección y temen ser descubiertos.

Los Genios Naturales: Se juzgan a sí mismos, se estresan y se agobian si no hacen las cosas con fluidez, rapidez y a la primera.

Los Superhumanos: se presionan para trabajar más duro y dar la talla, pudiendo dañar su salud mental y sus relaciones sociales.

Aparte, establece algunas posibles causas del origen del síndrome, como las dinámicas familiares llevadas a cabo durante la infancia, por ejemplo las comparaciones entre hermanos, familiares, la presión que ejercen los padres sobre sus hijos…

A pesar de las pruebas externas de su competencia, aquellos que padecen el síndrome del impostor están convencidos de que son un fraude y no merecen el éxito que han conseguido. Las pruebas de éxito son rechazadas como pura suerte, coincidencia o como el resultado de hacer pensar a otros que son más inteligentes y competentes de lo que ellos creen ser.

El síndrome del impostor, en el que gente competente encuentra imposible creer en su propia competencia, puede ser visto como complementario al efecto Dunning Kruger en el que gente incompetente encuentra imposible creer en su propia incompetencia. Se trata de un sesgo cognitivo por el cual las personas con baja habilidad  en una tarea sobrestiman su habilidad. Suele medirse comparando la autoevaluación con el rendimiento objetivo. 

He pretendido con estas líneas llamar la atención sobre la importancia de la educación emocional. Hay que trabajar con nuestros hijos y alumnos las cuestiones relacionadas con la autoestima, con las habilidades sociales y con la esfera sentimental. Nos importa la geografía, las matemáticas, la historia, el arte, la química, la literatura…, pero permanecemos ajenos, en la familia y en la escuela, a otras dimensiones educativas sobre las que descansa nuestra felicidad. Hay que evitar hacer comparaciones con otras personas, reconocer la propia valía y compartir lo que se siente. En algunas ocasiones, cuando el síndrome se agudiza, se hace necesaria la ayuda de un profesional. Es hora de ver con normalidad que alguien tiene cita con un profesional de la psicología. No estamos locos cuando buscamos nuestra salud emocional.

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