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Mariano Vergara

Mis días marinos

Mariano Vergara

Guerra y paz

Una exposición en el Museo Ruso de Málaga. L. O.

Con la desolación de los amantes despechados, con la nostalgia de un ayer difícilmente recuperable, con la melancolía de la pérdida de tanta belleza y tanta inteligencia, con la dolorosa firmeza que produce el haber hecho lo que había que hacer, con el amor a la cultura y la historia rusas, con la esperanza de un pronto final de esta ignominia y un juicio justo para un déspota sanguinario y la alegría renovada de comprobar que la libertad está absolutamente por encima de todo, me siento a escribir unas líneas, que he encabezado con el título, casual o no, de la última exposición del Museo Ruso y también de una de las más altas cumbres de la literatura universal. Lev Tolstói, que sí representa y define el espíritu de su pueblo y su patria, la escribió en el calvero claro, que es lo que significa Yásnaia Poliana, la finca señorial en la que nació, vivió, murió y se convirtió en el icono de muchedumbres que iban a visitarle, en medio de los niños pobres de la escuela que allí había fundado. Hay en Tolstói un cierto paralelismo con el mejor Walt Whitman en el cultivo a una especie de religión o culto a la naturaleza, que aunaba el misticismo de los bosques, las hojas de hierba sobre la que gustaba tumbarse, el viento que agitaba su barba, la nieve con la que lavaba su cara patriarcal, los cielos azules y el sol del verano.

Y reparo también en el hecho de que solamente Rusia y España permiten ser nombradas en plural. Solo ellas dos en todo el planeta. Solo puede decirse el zar de todas las Rusias o el rey de las Españas. Exclusivamente. Un paralelismo también a tener en cuenta, porque hasta la música rusa está impregnada de danzas populares españolas.

Mientras escribo lo que desearía se convirtiera en un canto a la inmensa y grandiosa Rusia - y es por eso que he comenzado por Tolstoi - pienso en las obras de arte embaladas a la espera del largo viaje, el silencio de las salas desiertas, en el personal del museo, que habrá despedido con lágrimas el breve sueño que ha durado solamente siete años, cuando parecía ser el más seguro de nuestros museos franquicias, así llamados por algunos pretendidos santones y autoproclamados gurúes en un perfecto ejercicio de desconocimiento de lo que es un museo, el arte, la belleza y hasta la franquicia. Ojalá esta joya no se hubiera ido nunca, pero la autocracia conduce a sangrientos callejones sin salida en donde espera la muerte organizada sistemáticamente, pero también los gestos en forma de sanciones económicas, deportivas, sociales, políticas y culturales, con tal de evitar el filo de la navaja nuclear. Aunque estos gestos sean dolorosos y frustrantes.

Putin no es ni la milésima parte del mundo, el alma y la cultura rusos, pero Tolstói y muchos como él sí lo son. Quizás esta noche se produzca el milagro y puede que en la oscuridad cerrada de la noche los boyardos se levanten de sus tumbas de óleo y lienzo y los ojos del zarévich Alexis estarán más tristes que nunca, y la Virgen de Kazán llorará por la sangre derramada y Catalina la Grande deambulará a la búsqueda enamorada de Potemkin y el zar llevará las bridas de una mula blanca sobre la que entra el nuevo Patriarca en la catedral de San Basilio entre nubes de incienso y velas que reflejan las vestiduras recamadas de los popes que elevan sus voces graves a los cielos y los grandes duques hacen la señal de la cruz de derecha a izquierda y los iconos muestran el rostro hierático del Pantocrátor y el príncipe Yusúpov refleja sus ojos celestes en el esmalte de un huevo de Fabergé que contiene el veneno preparando el asesinato de Rasputín y los remeros bogan en el Volga y los campesinos siegan el trigo y la Torre Spasskaya muestra su rostro de nata y chocolate en la Plaza Roja e Iván el Terrible y su hijo buscan a Iliá Repin para que dulcifique tanto dolor reflejado y Tchaikovski, cuya bellísima Polonesa de la opera Eugenio Oneguin escucho mientras escribo, compone la amarga alegría de sus obras inmortales y Pedro el Grande abre una ventana a Europa en San Petersburgo y Alejandro III es asesinado poco después de liberar a los siervos de la tierra. Rusia de los cascos de los caballos tártaros en las estepas. Rusia de Diaghilev y Nijinsky, de los ballets imperiales, de Mussorgsky y Glinka y Shostakovich y del francés en la corte imperial, de las inmensas avenidas, del Hermitage y la aguja del Almirantazgo en San Petersburgo, los ríos de orillas entrevistas en la niebla, de cantos campesinos populares y coros celestiales.

No, Rusia no es Putin, ni Putin es Rusia. Putin es solo un autócrata más, un tirano más, un déspota más, como tantos otros en la historia allí y en cualquier lugar de esta tierra amarga en la que no existe la libertad, que tiene la desvergüenza de prostituir con sus hechos lo mejor y más hermoso de su desnortado país. Putin no es Rusia. Ni sus crímenes son los de Rusia. Rusia es el rasgueo de la pluma del doctor Zhivago sobre el papel verjurado encabezando el poema a Lara, cuyo rostro enmarcado en encajes blancos sobre el rubio de la cabeza de Julie Christie recuerda a la cabeza hermosamente juvenil de Flora en La Primavera de Botticelli. Como las almenas triangulares del Kremlin son similares a las de Florencia y hasta a las de la Mezquita de Córdoba. La Tercera Roma. Rusia eterna de tez de porcelana y ojos de aguamarina. Pero también de la esclava sumisión, del desconocimiento de la libertad, de la tiranía del gulag, de la inabarcable Siberia, del frío pavoroso y el alcohol desenfrenado, de la miseria y el terror, de Tolstói y Dostoievski, pero también de Pushkin de Gorki, de Gógol, de Turguéniev, de Pasternak, de Nabokov y de Ajmátova. Del amor a la música y a la literatura.

Mucho hemos aprendido y gozado en el Museo Ruso y escalofríos han subido por nuestras espaldas y los ojos de muchos se han nublado. Hemos contemplado como en un sueño a Malévich y a Chagall, al cuadro negro y a la caballería roja, a Maïakovski y a Kandinsky y a las vanguardias. Si a esto se le considera una franquicia y se aboga por lo autóctono, conmigo que no cuenten, como ya hacen, porque yo estoy al otro lado de la carretera, estudiando y aprendiendo lo que las franquicias me enseñan. Que es mucho. Incluyendo a Picasso entre los franquiciados.

Los gestos no han sido solamente de sanción porque la solidaridad, la humanidad y la antes ensalzada y hoy denostada caridad siguen vivas entre nosotros. Especialmente entre personas privadas a las que solamente algunas de las virtudes antes reseñadas obligan. Especialmente dirigidas, claro está, hacia los exiliados ucranianos. Es muy diferente la situación de los refugiados en los sótanos de las fábricas de Mariupol, que siguen sometidos al constante bombardeo machacante de las tropas de Putin en la oscuridad y el miedo, que las de muchas personas, niños y mujeres, alguna embarazada, que llevan semanas viviendo en la Caleta, que bajan a la playa y toman el sol, aunque deseando volver a Ucrania, gracias a los tataranietos de Amalia Heredia Livermore, que fue ennoblecida junto a su marido Jorge Loring, por Isabel II por haberse hecho cargo de todos los gastos producidos por una de las cíclicas epidemias, que en pleno XIX asolaban Málaga. A veces la genética produce muy buenos resultados. La genética o la simple humanidad. Aún más emocionante es el gesto de un querido amigo ruso, cuyo nombre tengo prohibido mencionar, que vive en nuestra ciudad hace muchos años y que ha acogido a tres ucranianos en su casa. Rusia no es Putin.

Seguramente ahora Marc Chagall, «el poeta con alas de pintor» que diría Henri Miller, se habrá escapado del cielo rosa del último cuadro de la última sala de la última exposición y vagará volando por los aires de la explanada del Museo Ruso de la mano de su amada esposa Bella, bailando a los sones del majestuoso concierto para violín y orquesta de Piotr Ilich Tchaikovski.

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