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La Opinión de Málaga

José María de Loma

El Palique

Jose María de Loma

Edmundo Bal paga el pato

Edmundo Bal, en el Congreso de los Diputados. EFE

Al presidente del Gobierno lo llaman todos los días etarra, traidor, impostor e ilegítimo. Nefasto y arribista, también. Tanto le han dicho que al final ha estallado. Pero no lo ha hecho contra otros de su tamaño. Ha sido el pobre Edmundo Bal el que ha pagado el pato. Sánchez lo despachó con displicencia y desdén, chulería y placer y le dijo el otro día en el Congreso que tendría que ser triste experimentar el gran contraste entre el concepto que Bal tenía de sí mismo y el que tenían los ciudadanos, visto que no fue capaz de sacar ni un escaño cuando fue candidato en las autonómicas madrileñas. Estupor en la Cámara. Claro que en las sesiones de control al Gobierno causan más estupor las críticas políticas aceradas como esta que los insultos. El realizador nos hurtó un rato la imagen de Edmundo Bal, que no sería un poema y sí un texto triste y prosaico. Un rostro de boxeador noqueado por golpe en el esternón. A Edmundo Bal le pasa lo que ya es una tradición política en España: cae bien pero no se le vota. Le pasaba a Anguita y le pasó a Suárez un tiempo.

-Oiga, a usted quién le ha dicho que Edmundo Bal cae bien.

Bal tiene la vehemencia de los templados, una faz como de Cristo no bien captado por torpe pintor, va en moto, corre por las mañanas y fue represaliado como abogado del Estado por ser más partidario que el Gobierno de empurar a los golpistas catalanes.

A la política hay que llegar ligero de equipaje, si acaso con ideas, espíritu de servicio y tragaderas. Pero él llegó también con lecturas y resentimiento. No es la última esperanza de Ciudadanos porque ya lo fue. Si los naranjas no sacan nada en Andalucía, a Bal se le irá poniendo más cara de anacronismo o excrecencia. A Arrimadas ya solo se la ve en la Feria de Jerez, aunque este fin de semana tienen una convención en Córdoba a la que llaman refundación tratando de evitar el aire de sepelio.

Sánchez se quedó a gusto ciscándose en Edmundo Bal, que tiene nombre de haberse escapado de El conde de Montecristo. Comparado con ese tipo de diputados que Ortega llamó jabalíes (porque solo embisten) -incluso sin comparar- el diputado en cuestión es un tipo formado y preparado, con años cotizados y la vida resuelta. Pasará a la historia: sacar de quicio al inmutable killer otrora.

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