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La Opinión de Málaga

Gonzalo León

La vida moderna Merma

Gonzalo León

El disfraz de andaluz

"No llego a tener claro si lo justo y acertado para mimetizarse con el entorno es vestirse de flamenca, de corto, de capillita o rociero. No sé si eso llega a ser real en cuanto a claves fundamentales de camuflaje electoral. Pues se corre el gran riesgo de conseguir todo lo contrario"

El disfraz de andaluz

Las elecciones es lo que tienen. Que llega un momento en el que el personal se pone nervioso. Se inquieta. Y es que es tanto lo que hay en juego que yo también lo haría si tuviera algo que ver en el reparto. O no.

Lo curioso es que, una de las claves que suelen usar los candidatos es intentar mimetizarse con el pueblo. Ser uno más. Que te vean como ellos. Un amigo. Un compañero. Un tú a tú, pero después para dormir ya nos separamos.

Y es tanta la necesidad de impostar esos roles que, en muchas ocasiones, supone uno de los mayores bochornos que uno pudiera imaginar.

Andalucía es un lugar abierto. Nuestra tierra es acogedora por naturaleza, pero no deja de asumir también, sin necesidad de tener partidos nacionalistas que así lo atestigüen, que tenemos un sentimiento de pertenencia muy importante. Quizá, por ser algo que sale de manera natural, no existan esos movimientos que sí triunfan en Cataluña, Galicia o País Vasco.

Lo andaluz triunfa siempre. El sur transmite alegría y optimismo y a nosotros no nos hace falta un partido andalucista para reconocer nuestros asuntos. -O quizá ahí esté el problema y aún no nos hemos dado cuenta-.

La cuestión es que, al llegar los comicios, es habitual observar la presencia de paracaidistas. Con cierta facilidad, puedes encontrar a candidatos que no son de tu provincia pero que encabezan la lista de la misma. Cosas de los números y las intenciones.

Pero sería interesante que alguien, en alguna ocasión, hiciera cuentas reales sobre si eso es lo suficientemente significativo en cuanto a impacto positivo de votos como para llevarlo a cabo.

Que un político, política, polítique, políticu, y así sucesivamente, encabece la lista de un territorio que no es el suyo es, en líneas generales, una pequeña tomadura de pelo.

¿Qué sentido tiene que pretenda representar una región alguien que ni siquiera la conoce? Tiene muy poco. Por no decir ninguno. Pero lo vemos con cierta asiduidad y pocas veces se alza la voz para asumir lo extraño que es.

En Málaga lo hemos podido vivir con políticos que han sido por momentos la llave de un partido y que tenían el mismo conocimiento de nuestra ciudad que yo sobre la halterofilia. Y ahí estaban. Quizá en algunos casos lo hagan por mero interés personal y espurio, pero en otros muchos sucede únicamente por la prestación leal de servicios al partido al que representan.

Aun así, es del todo sorprendente que existan personas dispuestas a ello pues la situación a la que se enfrentan es extremadamente delicada en regiones como la nuestra.

Que una persona acepte presentarse como candidato a unas elecciones autonómicas de una tierra a la que no pertenece y que conoce lo justo y necesario solamente puede responder a dos razones fundamentales: a un gran compromiso político y la creencia «evangelizadora» de tu proyecto que no entiende de fronteras, o -y quien sabe si más probable- a un total y absoluto desprecio por el territorio al que acude y a sus gentes. A una creencia categórica en la nula necesidad de esos regionalismos y al no reconocimiento del sistema autonómico como algo necesario y funcional.

No sabemos qué será en cada caso. Pero es más que cierto que traer de fuera a un candidato siempre le supone un trabajo triple al elegido: Darse a conocer, conocer el territorio y finalmente contar su proyecto. Aunque igual, esto tercero, directamente no se plantea. Porque todo queda en jarana, fotos y discursos -muy atractivos- sobre temas generales de carácter nacional.

Pero todo esto, para el ciudadano medio, en parte resulta grato e interesante. Porque puede disfrutar de la mutación de las personas que, en época electoral, hacen cosas que no responden a sus hábitos reales de vida. Y ese pequeño ridículo, quieras que no, tiene su público entre los que vemos la vida política desde la barrera.

Usar el transporte público y sentarte en el pueblo llano para compartir con ellos el día a día para, seguidamente, marchar en coche privado a otro punto de la agenda del día o pasear las ferias andaluzas estando más desubicado que una gaviota en Utrera son algunos de los hitos que resumen la campaña política de los candidatos dispuestos a conectar con el electorado blanquiverde.

Pero no pasa nada. Insisto en que es bonito. Aunque no logro descifrar del todo cuál es el verdadero disfraz andaluz. No llego a tener claro si lo justo y acertado para mimetizarse con el entorno es vestirse de flamenca, de corto, de capillita o rociero. No sé si eso llega a ser real en cuanto a claves fundamentales de camuflaje electoral. Pues se corre el gran riesgo de conseguir todo lo contrario. De quedarse en la estampa y generar un rechazo considerablemente superior a lo que se pretende. Y la razón es bien sencilla: a nadie le gusta que le toquen sus cosas.

Por eso, cuando un turista acude a nuestra tierra, se le agradece la visita, se le regala la mayor de las sonrisas -como indicaba el eslogan-, y se le invita a disfrutar y presenciar todo aquello que nos hace singulares.

Pero desde fuera. Desde la barrera. Porque ni eres ni quieres ser de aquí.

Por eso no vemos los varales de los tronos llenos de turistas ni las fiestas verdaderamente con arraigo diseñadas o elaboradas por los de fuera. Y los paracaidistas electorales, bien pudieran entender ese matiz para hacer una buena campaña asumiendo roles distintos a la hipnosis comunitaria para hacernos pensar que son de aquí desde chiquititos.

Un discurso honesto y real que convenza de que vienen de fuera a trasladar un proyecto tendría más credibilidad que forzar la máquina con acciones y modismos que acaban caricaturizando nuestras tradiciones y tomándolas -sin querer- como algo ridículo.

Cuando El Risitas -que en paz descanse- veía que Jesús Quintero le hacía creer que no sabía sobre algo que le contaba, rompía a reír de esa manera tan singular y gritaba «Tú no eres de aquí, ¿no?».

Eso mismo pensamos todos cuando, desde lejos, vemos a más de uno con el disfraz de andaluz puesto. De verdad. Si os van a votar igual… No os metáis en ná…

Viva Málaga.

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