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La Opinión de Málaga

Enrique Benítez

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Enrique Benítez

Economista

Colapso cripto

Se habla de criptomonedas, pero el mundo cripto y sus derivadas (desde las distintas criptomonedas, pasando por las llamadas stablecoins, hasta otros productos más sofisticados) es mucho más amplio y confuso. La semana pasada, este mercado desregulado que algunos identifican con un modelo de estafa piramidal (esquema Ponzi) sufrió un colapso que ha hecho que el valor de estos activos haya bajado en todo el mundo en 200.000 millones de dólares, provocando ansiedad entre los inversores y preocupación en las autoridades monetarias.

Nada mejor para vacunarse contra esta promesa que haber leído, hace algunos años, The Politics of Bitcoin, de David Golumbia, por desgracia inédito en castellano. La inversión en estos valores, al galope de los tuits de Elon Musk y la promesa de la no intervención de los gobiernos, ha diseminado la idea de que se puede vivir sin trabajar a golpe de bitcoins. Hay quien opta por traer mascarillas de donde sea, y colocarlas, y quien elige hacer cursos impartidos por presuntos profesionales, pagados a precio de oro, para vivir del casino especulativo.

Además del problema individual que supone para miles de personas la pérdida de sus ahorros, ajenas a las advertencias sobre la volatilidad y el riesgo que asumían metiendo su dinero en mercados opacos y no regulados, el posible colapso del mundo cripto puede tener serias repercusiones para la estabilidad financiera de todo el sistema. En uno de sus últimos informes, el Banco de España lanzaba una fuerte advertencia sobre esta posibilidad, cifrando en torno a 60.000 millones de euros la inversión realizada desde España en todo tipo de criptomonedas.

Reflejo de un sistema ultraliberal alérgico a la intervención del Estado, sorprende leer ahora tuits desesperados pidiendo la sindicación de los inversores, o incluso la reparación de las pérdidas privadas. La ideología funciona mientras no sufras en tus propias carnes las consecuencias de la ausencia de los poderes públicos en el papel de árbitros en un terreno de juego que es más una jungla que un campo de césped. Las autoridades monetarias de todo el mundo están tardando en intervenir para ordenar todo esto, ofreciendo la adecuada información y las garantías habituales para los inversores. Ordenar no es limitar, e intervenir no es prohibir. Como recordaba alguien en las redes, hasta ahora este mundo se ha caracterizado por hacer más ricos a un puñado de listillos. Nada nuevo bajo el sol.

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