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Carlos Gómez Gil

PALABRAS GRUESAS

Carlos Gómez Gil

Sociólogo y politólogo

Una sociedad enferma de violencia contra la mujer

Cada cuatro horas se denuncia una violación en España, unas 168 violaciones cada mes. Y entre ellas, cada vez más son de carácter grupal, cometidas por hombres salvajes

Las cifras de violencia contra las mujeres siguen siendo dramáticas.

Llevamos tanto tiempo y energías volcadas en la contención y el tratamiento de la pandemia de Covid-19 y sus efectos que hemos abandonado curar otros muchos daños que tiene nuestra sociedad. Y ya sabemos que hay heridas que, si no se sanan adecuadamente, se pueden infectar.

En los últimos años, asistimos con pasividad a sucesos espeluznantes que demuestran que hay cosas muy serias que no funcionan. Los delitos de violación y abusos sexuales, por ejemplo, están aumentando de una manera insoportable, conociéndose violaciones grupales cada vez más frecuentes y salvajes por parte de hombres sobre mujeres a las que, por si fuera poca su barbarie, además, agreden violentamente causando graves lesiones, narcotizan para despojarlas de cualquier atisbo de conciencia y en algunos casos, incluso, asesinan.

Cada cuatro horas se denuncia una violación en España, unas 168 violaciones cada mes. Y entre ellas, cada vez más son de carácter grupal, cometidas por hombres salvajes que convierten en una fiesta colectiva un delito tan despreciable. De hecho, desde el año 2016 se contabilizan 104 violaciones grupales a manos de estas manadas de bárbaros. Pero la situación es tan grave que en los últimos quince días se han denunciado cuatro violaciones grupales, siempre protagonizadas por hombres sin escrúpulos contra mujeres, en algunos casos muy jóvenes, a las que podemos imaginar el trauma y sufrimiento de por vida causado.

Pero siendo graves los datos, con seguridad son solo la punta del iceberg, ya que, según estimaciones del propio Ministerio del Interior, solo se denuncian el 11% de las violaciones, de manera que tratar de calcular el impacto real de toda esta tragedia produce un gigantesco escalofrío.

Y frente a este espantoso escenario de tremendo dolor, hay quien, todavía, se niega a reconocer el problema o se atreve a cuestionar la existencia de estas salvajadas, llegando a ridiculizar las fundadas preocupaciones de un buen número de mujeres que viven en primera persona la angustia de poder ser las siguientes. Ahora, las manadas de violadores se arropan en otra pandilla muy peligrosa de hooligans que se amparan en el anonimato de las redes sociales para jalear a estos delincuentes y arrojar todo tipo de insultos contra las víctimas, sin que pase nada. Incluso, en algún caso, alimentados por declaraciones asquerosas de algún que otro político que entiende que sus posiciones ultras pasan, también, por denigrar y humillar a estas mujeres violadas y a quienes las defienden.

Lejos de asumir que existe un grave problema en muchos hombres que consideran que la mujer es un simple objeto de consumo sometidas a sus caprichos, en lugar de tener una mínima empatía hacia unas víctimas que han vivido un dolor físico y emocional inimaginable, frente a un machismo que entiende la violencia y el dominio por la fuerza de los hombres como una manera de relacionarse con las mujeres, no pocas personas ponen en cuestión la existencia de estos delitos, tratando de relativizarlos, cuando no de justificarlos. Y, por si fuera poco, esa ideología ultraderechista y neofascista que ha entrado en instituciones y parlamentos se convierte en portavoz de todo tipo de actos y discursos que tratan de reivindicar a un macho hispano al que consideran en riesgo frente a lo que denominan como “discurso feminazi”, simplemente por defender a las mujeres frente a la violencia palpable de tantos hombres.

Todos nos hemos horrorizado al ver imágenes de lapidaciones de mujeres a pedradas en algunos países musulmanes rigoristas, pero nos parece normal que aquí, en España sin ir más lejos, lapidemos a muchas mujeres que han sido víctimas de delitos sexuales en las redes sociales lanzando tuits y mensajes insultantes, degradantes, infames, que no hacen más que añadir sal a las heridas y dolor al tormento. Y lo vemos a diario, con total impunidad, jaleándose el estiércol que se arroja desde muchas de las redes sociales de moda por anónimos salvajes empeñados en hacer irrespirable nuestra convivencia.

Pero hoy en día, todo es susceptible de empeorar, y en este doloroso problema de violaciones, abusos, delitos sexuales contra las mujeres y violencias en manada ha entrado con fuerza otra derivada que añade, si es que es posible, todavía más gravedad y daño, al ser cada vez más las niñas, menores de edad, quienes sufren estas violaciones grupales, como hemos visto recientemente en Burjassot.

Es imposible no estremecerse al conocer sucesos de estas características, sin tomar conciencia de que, como sociedad, tenemos que replantear a fondo no pocas cosas. El uso de las redes sociales y las tecnologías digitales por menores sin límite ni control parental, la debilidad de una educación sexual cada vez más necesaria y cada vez más cuestionada por la derecha y la ultraderecha, la responsabilidad de padres y madres en la educación de sus hijos, la hipersexualización que se transmite a los niños, niñas y adolescentes, pero también un imprescindible rechazo social a estos delitos sin paliativo alguno.

Por ello, saber cómo los padres jalean a los menores acusados de agredir sexualmente a niñas de 12 años a la salida de los juzgados y ver cómo alguna conocida ultraderechista es capaz de publicar incluso fotos de las niñas sometidas por esta manada, vulnerando sus derechos, sin que la Fiscalía actúe, debe llevarnos a pensar seriamente que nuestra sociedad está profundamente enferma.

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