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La Opinión de Málaga

Antonio Agredano

Bajo el puente de hierro

Antonio Agredano

Cactus

Los cactus necesitan poca agua para sobrevivir.

No regalemos las palabras a los diccionarios. Hagámoslas nuestras. La nostalgia no está esclavizada al recuerdo. Hay ausencias futuras. Duelen cosas que quizá jamás existan. Soy coqueto, pero no presumido. Soy vanidoso, pero no arrogante. Soy yo, soy muchos, no soy nadie. Es la vida la que da vida al verbo, profundidad al adjetivo, evanescencia al nombre. Somos del camino. Hay goles a los que sucede el silencio, hay errores que celebraremos toda nuestra existencia. Habitamos la dictadura del ojo. Soñamos con culpas livianas. ¿Qué tenemos? ¿Qué tenemos, más allá de una clavícula donde desfallecer tras el orgasmo? ¿Qué tenemos, más allá de la blanda mecánica de nuestras manos? ¿Qué tenemos, más allá de una lengua furiosa y un tendón que tiembla y un olor que ya nos acompañará para siempre y arrugas entre las tetas y el hambre de todo lo que me recuerde, aunque sea débilmente, a ti?

Soy un escritor fantasma, soy las cenizas de los artículos que despaché. La literatura es la arquitectura del abandono. Siempre me pasa que me canso. También de asomarme a esta ventana. Necesito escuchar, puedo vivir sin ser escuchado. Tengo una amiga a la que no le duelen los insultos, pero le duele que alguien insulte. «No es lo mismo», me dice. Y bebe cerveza con afectación para bajar la intensidad de algo que intuye solemne. «No es lo que te digan. Eso, llegado el momento, ya es lo de menos, eso ya es como la diminuta mierda del caracol que te llevas a la boca sin pensar demasiado. Lo verdaderamente doloroso es que decidan insultarte. Que, entre todas las opciones, que, entre todos los caminos, elijan ese. Que señores adultos, padres de familia, señoras con brillantes expedientes académicos, hijas estupendas, mujeres resolutivas, grandes jugadores de pádel... Que todos estos que en sus vidas dan las gracias y piden las cosas por favor, de repente, en el trabajo, en la política, en una reunión de comunidad, en una cena de fin de año, en una discusioncita puntual... me insulten. Y no es que me llamen puta o gorda o subnormal, no es eso, es que menosprecien mi inteligencia. Que cuestionen mi responsabilidad. Que pongan en duda mi talento, mi templanza, mis ideas... esto que con los años he construido. Y casi siempre se hace con argumentos peregrinos, con ramalazos de cojonismo, con datos cogidos de aquí y de allá...».

Todos creemos tener razón. La duda es una suerte de fruta exótica. Solo el diálogo puede parar la deriva de los continentes. La palabra: Qué juguete inútil, sepultado por el polvo, abandonado bajo la cama. Cuánto daño ha hecho el «porque sí», cuánto bien haría el «cómo lo ves tú». Pero tenemos prisa. Aceleramos lo cotidiano. Padres severos dando un palmetazo contra la mesa. Saltan ligeramente los platos. Tintinean los cubiertos. Así todo. La palabra es el milagro de la vida en los desiertos. El verdor del cactus en mitad de la nada agostada. Animo a mi amiga con poco convencimiento. Así son las cosas, me temo. Todos tenemos la tentación de quemar los barcos. He dicho cosas que no debería. Masticar cristales. He roto tanto como he construido. Me puede la impaciencia. Me puede la honradez teatralizada de los demás. Reconozco mis carencias, yo también soy una sonrisa mellada.

En estos casos, siempre recomiendo ir al gimnasio. Gracias al body pump he conseguido ser mejor persona. Estoy tan cansado que no tengo ganas ni de molestar. La vida contemplativa es fruto del agotamiento. El bien es solo la falta de fuerza para hacer el mal. Poned esto en la puerta del gimnasio, por favor, y llenaréis las clases colectivas de malnacidos redimidos. Suena la música y recojo las pesas. También es una gimnasia exigente mantener el dulzor de las palabras. Escuchar sin decir «pues yo». Me hago viejo, lo noto en las rodillas y en el arrepentimiento.

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