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La Opinión de Málaga

Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

Optimismo entre los populares

Feijóo durante la visita a la empresa Kimitec en Almería. DAVID MUDARRA

En los aledaños del PP nacional empieza a repetirse con insistencia una palabra: “¡volvemos!”. No sería la primera vez que el optimismo electoral se convierte en dolorosa derrota al cabo de unos meses. Esa fue –recordémoslo– la experiencia de José María Aznar antes de lograr su primera victoria en 1996. Tampoco la estructura de poder territorial implica necesariamente un triunfo en las generales, por más que las autonómicas y municipales marquen tendencia. A la espera de los resultados en las elecciones andaluzas, el PSOE ha empezado a constatar que Sánchez ya no aporta votos, a pesar de que el descontrol en las cuentas públicas se traduce en un riego constante de millones –europeos y no europeos–. Sánchez, sin embargo, sigue gozando de una ventaja considerable: la de la aritmética parlamentaria que, una vez agotado el proyecto de Cs, deja todo el espacio a la izquierda del PP como territorio socialista, ya sea pactando con la extrema izquierda, ya con los partidos regionales y con los nacionalistas de mayor o menor graduación. Feijóo puede aliarse con Vox y poco más, y esto –Sánchez lo sabe– además de no movilizar voto, reduce las posibilidades de un gobierno conservador dentro de una sociedad tan fracturada como la actual.

Todavía no somos del todo conscientes del quebranto que supuso para la sociedad española el periodo de ideologización masiva iniciado con la crisis económica de 2008, entre la fractura de clase, el descrédito del pacto de la democracia fomentado por la extrema izquierda y la irrupción del delirio independentista; aunque otros –quizás con razón– quieran ver el inicio de nuestra deriva en los gobiernos de Rodríguez Zapatero o en la segunda legislatura de José María Aznar. Existen buenas razones para argumentar ambas hipótesis o para defenderlas encadenadas; pero, en todo caso, la auténtica atomización parlamentaria sucedió en la década terrible que va del 2008 al 2018, la cual ha acarreado un evidente deterioro político, económico y social a nuestro país. El sanchismo no ha supuesto un cambio de orientación. Al contrario, ha acelerado las fugas de agua ideológicas provocadas por tanto identitarismo ciego. No resulta sencillo sostener que hemos mejorado en algo en estos cuatro últimos años.

Con Unidas Podemos en declive, el PSOE desgastado y Vox al alza, Feijóo debe de estar preguntándose si con su apuesta por una política de perfil bajo obtendrá rendimientos. Andalucía proporcionará algunas claves al respecto. Allí el PP ha optado por fagocitar el voto centrista de Cs antes que competir por el voto movilizado de Vox. Pero, más allá de lo que indican las encuestas, nadie sabe a día de hoy si esta apuesta será la ganadora o si las andaluzas terminarán en sorpresa. Todo es posible, aunque nada augura un cambio de tendencia para Sánchez. A un verano turístico explosivo, le seguirá un otoño largo y un invierno marcado por el peso de la inflación, la subida de tipos, el deterioro crediticio y empresarial, y un malestar creciente entre la ciudadanía. La guerra de Ucrania –un conflicto que se anuncia mucho más largo de lo que se preveía al principio– incide sobre el suministro alimentario y sobre los precios de la energía, a lo que se añade el frente que se ha abierto con Argelia a causa del frívolo cambio de postura del gobierno con el Sáhara. Las improvisaciones se pagan caras. Y, a lo largo de estos años, Pedro Sánchez no se ha mostrado sino como un improvisador nato.

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