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La Opinión de Málaga

Gonzalo León

La vida moderna Merma

Gonzalo León

Centro de gravedad andaluz

La A-92 vertebra Andalucía de Este a Oeste.

Con las elecciones no sabemos qué es cierto y qué no. A Dios gracias hoy concluye todo y esperemos que no sea necesario repetir comicios autonómicos hasta dentro de cuatro años. Pero, tras estos meses -porque esto dura mucho más de lo oficial-, hemos ido reconociendo diferentes discursos en torno a Málaga y sus bondades.

Ciertamente nuestra ciudad está experimentando cambios positivos que auguran bondades futuras. Prueba de ello es la intención y proyección de muchas y relevantes empresas internacionales que han decidido -o estudian- establecer en Málaga sedes profesionales.

Es evidente que ese empuje no es flor de un día y detrás ha existido un trabajo extraordinario que, como suele suceder, no reconocemos pues el día a día nos nubla la visión global en ciertos aspectos.

Si buscamos fotos o vídeos de Málaga hace un par de décadas nos echaríamos a temblar. El cambio es radical. La ciudad era otra. No existía oferta ni atractivo de ningún tipo. Y ahora sí. Aunque todo, como en las cofradías, con matices.

Todavía nuestra capital padece un apulgaramiento importante. Mucho es fachada enlucida. Y detrás la podredumbre. Ya sea en lo empresarial y económico como en lo urbanístico. Solamente hay que dar una vuelta por la almendra malacitana para ver que, incluso en los lugares más exclusivos, sigue habiendo inmuebles deshaciéndose de manera progresiva.

Aún así, esta tierra lleva años escuchando que se ha convertido en la locomotora de Andalucía. Recurso fácil usado en el ámbito político pero que deja serias dudas a su paso. Y es que, analizando la situación real, resulta enigmática una afirmación que no siempre coincide con la realidad.

Málaga es cosmopolita, muy óptima para el visitante, agradable, cómoda y tras la pandemia el hábitat ideal para esos nómadas digitales que conformarán las empresas del futuro. Genial. Pero dicho eso, la situación sigue siendo otra.

El sector empresarial potente de nuestra región no parece estar asentado en Málaga. Las grandes consultoras no recalan aquí. Las empresas que mueven a profesionales de alto nivel aún no han encontrado en Málaga el asiento aparentemente adecuado.

Y eso, tras quitarte el disfraz de locomotora, se ve a la legua.

La cuestión es que, este tipo de realidades siempre ha convertido a nuestra ciudad un lugar con ciertos complejos. Un arquetipo genuino que venía a Sevilla como el gran enemigo y por el cual, todavía, bebe los vientos.

Tras el pico nefasto de los noventa con políticas municipales marrulleras para enfrentar a los malagueños contra los sevillanos, todo fue apagándose progresivamente.

Se dejaron de escuchar insultos a Sevilla en un partido del Málaga con un equipo del norte, se abandonó como recurso recurrente en fiestas como los carnavales o la Semana Santa la comparación constante y en la feria no se gritaba «Sevillano el que no bote» en un falso alarde localista entre chanclas, sombreros de cartón y orines en charcos.

El paso del tiempo, la mejora de nuestra ciudad y la llegada del lobby malaguita a San Telmo han provocado que algunos sectores de la capital del albero. Y resultaba llamativo pues, teniendo de manera evidente el poder, control y la mayor relevancia económica, empezaban a levantar la ceja cuando comenzaba a oírse Málaga en círculos donde antes no sonaba.

Eran momentos extraños para ellos y desconcertantes para nosotros. Pero pudiera existir -y llegan de vez en cuando ecos-, de intereses partidistas cutres para comenzar una nueva etapa de rivalidad y enfrentamiento.

Desde los asuntos más primarios -criticaron en el periódico grapado que un político llegado desde Málaga no llevara calcetines-, hasta los más profundos en los que el discurso habitual cambió sus tornas.

Habituados al «Se han llevado nuestra empresa a Sevilla», comenzábamos a presenciar cómo se ponía en cuestión que ciertos asuntos se culminaran o celebraran en Málaga.

Cuidado con eso. Porque lo que se genera nunca es bueno.

Hace días, el periódico de la burguesía catalana afirmaba que Málaga se convertía en centro de gravedad de Andalucía en detrimento de Sevilla que ya no lo era.

Y resulta ridículo. A la vez que falso. Pero ese tipo de afirmaciones comienzan a calar y provocan situaciones que seguro nadie desea. En primer lugar porque nos pueden dar en la cara -a los malagueños- con números y cifras. Y en segundo porque, en Sevilla, pueden llegar a pensar que la división, separación y enfrentamiento puede tener réditos e intereses.

Por eso, la clave de Málaga y Sevilla siempre deberá estar en la unión. En su unión como eje fundamental de Andalucía. Porque juntos se complementan hasta convertirse en uno de los pilares del estado.

El problema no está en demostrarlo. El problema reside en creérnoslo. Y ahí, queda mucho por hacer.

Porque siempre habrá quien celebre nuestro fracaso como región. Porque en todo momento tendremos la trampa en la que caer para generar discordia. Porque yo soy mejor en esto y tú en aquello. Y así, seguiremos siendo menos libres y más pobres.

Andalucía es extraordinaria y rica. Y Málaga y Sevilla tienen la obligación y el deber de comenzar a caminar juntas con el convencimiento de que, o lo hacen así, y nos acabarán comiendo desde fuera. Que, probablemente, sea lo que muchos deseen que pase.

El centro de gravedad andaluz tiene dos patas. Una en La Palmera y la otra en La Alameda.

Viva Málaga.

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