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Antonio Agredano

BAJO EL PUENTE DE HIERRO

Antonio Agredano

Cosas chulísimas

Creo en dios y creo en la paz. Son cosas chulísimas ambas. También creo en las virtudes terapéuticas del vino y en los amigos incorruptibles y en la bondad de las señoras en las colas de los supermercados. Creo en la izquierda porque agarrado a sus crines conquisté mis contradicciones. Era otra izquierda, no este caballo rucio y enclenque. No este penco veleidoso. Era una izquierda que colocaba los libros en dos filas en el estante. Una izquierda que discutía sin necesidad de posarse las manos sobre el pecho, sin victimismos, con abrigada generosidad y vocación de futuro. Yo era joven y pecaba. Me podía la soberbia y el dogmatismo, pero yo no marcaba el ritmo. Los que llevaban mucho tiempo ahí me desbravan, me convencían de que la vida no era de negros o blancos, que la política era más un parchís que un ajedrez, colorida y frenética. Que la estrategia estaba bien, pero que no había que restarle méritos a la suerte, a las alianzas inesperadas y al tesón en la defensa de los valores. Yo escuchaba, que es una cosa demodé, y aprendía, que ya es una suerte de exotismo. En casa de mi tío Manolo, al que quiero y admiro, leí a Bobbio y a Popper, pero también a Marsé y Kundera. A Machado y a Celan. Con los restos de todos ellos me hice un hatillo y partí en busca de mis propias incoherencias.

Botellas vacías y queso en la mesa. Conversaciones que invadían la madrugada. Hay quien cree que la certeza es una llave, yo creo que la duda es una puerta. A través de ella abandonamos las estancias, aireamos las moradas, reconstruimos los espacios. Vamos y venimos sin estridencias. Para tener razón valemos todos, para no tener ni idea, solo unos cuantos. De mi tío aprendí, sobre todo, una cosa: Para entender el hoy es necesario tener un pie en el ayer y otro pie en el mañana. Por eso no entiendo el adanismo y el presentismo de esta nueva izquierda, tan inmarcesible y turresca. Lo moderno, somos esclavos de lo moderno. Lo moderno es hacer creer que lo viejo es de ahora. Lo moderno es maquillar de trascendencia lo liviano. Lo moderno es hablar del mundo de hoy con adjetivos caducados. Lo moderno es creerse indispensable. El poder no ha calmado la sed del que siempre anhela. Apetito por el espectáculo, por el aplauso, por el moralismo; un protagonismo que supera las fronteras del pudor. Las urnas han sido inclementes. La culpa no es del empedrado. La división, el interés y la blandura han lastrado en Andalucía un proyecto que ya no es de nadie. Conozco a unos cuántos huérfanos, perdidos ya entre acusaciones fratricidas y coreografías de siglas. Votaron contrariados o no votaron. La derecha está ocupando lugares inesperados. El futuro va en sintonía: Cuestionar la OTAN con una guerra en Europa, fracturar aún más a la izquierda con iniciativas personalistas, nepotismo, vicepresidentes que pasan del maletín al micrófono cuestionándolo todo menos a sí mismos, tutelando sin responsabilidad, ministerios estéticos, esotéricos o huecos, grandes ideas inaplicables, desconocimiento de la administración de la ley, batallar con ocurrencias, señalar a quien disiente, señalar a quien duda, señalar a quien calla y a quien habla y a quien cree y a quien ha dejado de creer, cuestionando las instituciones sobre las que se construye la democracia. Tratarnos como a niños, creer que el Estado es una mamá y nosotros sus polluelos, no confiar en nadie salvo en ellos mismos, en su pandilla drakis. Desenchufados de la realidad, de las preocupaciones cotidianas. La atalaya. El poder es arena sobre los ojos. Qué tedio. Qué lejos de lo que un día fue. Y mientras, el socialismo embargado por el infantilismo ideológico del que ni mandando manda, del que ni siendo responsable asume su responsabilidad. Son tiempos de agua. No hay raíz. Sólo flores frágiles que el viento borrará de los paisajes. No es la izquierda en la que creí. Es difícil estar ahí. Es difícil no estar en ninguna parte.

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