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La Opinión de Málaga

Gonzalo León

La vida moderna Merma

Gonzalo León

La Mundial y el cauce de las inmundicias

Es evidente que lo ideal sería poder mantener estructuras reales del pasado. Conservar inmuebles de solera que aportan interés histórico y raíces urbanas en nuestra ciudad y cualquier otra que se precie. Pero no es así

La Mundial y el cauce de las inmundicias

Nos hemos pasado años alzando la voz al respecto del proyecto de La Mundial. O más bien su derribo. Denuncias públicas, rebeliones en redes sociales, mandatos populares, petición de firmas, artículos, columnas, opiniones por aquí y por allí. En definitiva, un sinfín de acciones que han servido para absolutamente nada.

El día que comenzaba el derribo parecía que estaban riéndose de nosotros en nuestra cara. Pero el tiempo está ahí. Siempre presente. El enemigo de la vida. Que ayuda en multitud de ocasiones a relativizar ciertos asuntos. Y quizá el del hotel de Moneo sea uno de ellos.

En este caso hubo una alineación prácticamente completa de todos los representantes y administraciones públicas para dar el visto bueno al tema. Se construía sí o sí. Y se derribaba de igual modo. Aunque saltaran las alarmas dolientes de muchos de los allí presentes en esas épocas de protesta.

Pero la realidad estaba siendo otra. La perspectiva siempre ayuda modificar la visión y en aquel momento pensábamos que una minoría muy descarada tenía en su poder la verdad más absoluta de las posibles.

¿Pero qué sucedía en realidad? Que la inmensa mayoría aplastante de malagueños pasaba tres kilogramos del asunto. Se trataba, la verdad, de cuatro -o cuarenta- gatos debatiendo al respecto de un edificio en ruinas. Quizá incluso se trate de una licencia propia de personas acomodadas que, mientras unos se parten la cara por salir adelante y alimentar a sus chiquillos de sol a sol, otros nos planteábamos si la reja de un edificio que se caía a cachos había que salvarla o no.

Pasó el tiempo, cayó el edificio y tras el mal humor inicial la obra comenzó sin dar mucho ruido. Y ha sido hace pocas semanas cuando se ha desnudado el hotel. Los andamios han dado paso a una mole blanca con oquedades con rejillas azules y un estilo singular.

Si mi yo del pasado me leyera ahora seguramente me apedrearía. Pero la realidad es que el resultado del hotel de Moneo es bastante mejor del esperado. No encuentro el impacto negativo que imaginaba. No percibo que desentone sobremanera. Y sobre todo y lo más importante, me he dado cuenta que es, sin duda alguna, de lo mejorcito que hay a su alrededor. De hecho, es el mejor edificio del entorno. Por lo tanto, no tengo claro en qué se basa ahora el drama.

Un lamento, por cierto, que acompañaba en parte a la pérdida de un edificio de corte clásico que, al doblar la esquina, te das cuenta que se ha reproducido conservando elementos del anterior en ruinas.

Es evidente que lo ideal sería poder mantener estructuras reales del pasado. Conservar inmuebles de solera que aportan interés histórico y raíces urbanas en nuestra ciudad y cualquier otra que se precie. Pero no es así. Y en muchas ocasiones parece ser necesario asumir que la culpa de mucho de lo malo que sucede en esta ciudad es responsabilidad única y exclusiva de los ciudadanos y no de los que gobiernan.

Quizá haya llegado el momento de asumir que las minorías son solamente eso. Y que en multitud de ocasiones tenemos a nuestro alrededor tal desbarajuste -permitido por nosotros- que somos tan ingenuos como para pararnos a pensar que un detalle vale un potosí cuando a su alrededor solamente hay miseria.

Los edificios de alrededor del hotel de Moneo son una verdadera porquería. Son feos, de mala calidad, sin pretensión alguna y proyectan una estética lamentable. Pero nadie abre la boca sobre ellos. Solamente nos detenemos en La Mundial. Que está genial que se haya llevado a cabo esa defensa y seguramente quedará recogida en algún sitio en la memoria colectiva. Pero también puede suceder que dentro de un cuarto de hora nadie se acuerde de ello. Y el mundo siga -como ya sucede- y solamente acaben atascados en ese universo personas extrañas que viven por y para dar la matraca.

Hubiera sido idílico que La Mundial se mantuviera y se hubiese llevado a cabo una costosa rehabilitación. Pero a su lado podría ir igualmente una mole como la que ahora tenemos pues no desentona en un entorno tan extraño e inhóspito como esa orilla del río.

Y ahí me quiero quedar. En el no río que, curiosamente, sigue despertando nulo interés por parte de todos. Y cuando acuden a nuestra ciudad personas de fuera se quedan perplejos ante semejante desastre. Málaga. La ciudad de moda. La metrópoli top. A la que vienen las empresas más cuquis para traer trabajadores de esos modernos de ahora que se visten con pantalones cortos y tienen en la oficina un futbolín sigue mostrando una herida abierta, sin cicatrizar y supurando porquería día tras día.

Pero sobre eso nadie dice nada. A pocos metros aparece un grupo lamentando que se derribe un edificio con un valor relativo para levantar otro igual nuevo. Y se monta el gran guirigay. Todos indignados en torno a una cosa que, comparado con el cauce del Guadalmedina, es una verdadera insignificancia. Y eso te hace pensar que, si alrededor del hotel todo es peor y a su vera hay un escenario dantesco con un cauce horrendo… ¿Por qué nos quedamos con La Mundial?

Pues no lo sé. Quizá por esa misma razón por la que hay gente que se manifiesta en contra del maltrato animal y enarbola banderas de todo tipo, pero a su vez está a favor del aborto. No mate al perro, pero sí al niño.

Cosas del mundo moderno -digo yo- donde vale más un edificio normalito que un entorno sembrado de fealdad junto al río seco más feo de Europa.

Quizá la vida era eso. O no. Más bien lo contrario. La vida puede que sea luchar por mejorar todo. Lo capital y lo menor. Sembrar en lo seco y procurar el bien de la inmensa mayoría y no de grupos minoritarios que hacen mucho ruido pero que, demostrado está, solamente se centran en su ego e interés individual. Si esas energías se pusieran en solucionar asuntos más capitales como el paso del cauce del Guadalmedina por el corazón de la ciudad, otro gallo cantaría.

Se nos está quedando una sociedad estupenda. Estupendo. Estupende.

Viva Málaga.

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