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La Opinión de Málaga

Juan Antonio Martín

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Juan Antonio Martín

La estupidez insiste siempre

El mítico escritor Albert Camus. La Opinión

La brillantez del título de este artículo no es cosa del que lo escribe, amable leyente, que uno no da para tanto, sino que responde a la sabiduría de Albert Camus, un portento pensante al que el accidente que le robó la vida estoy seguro de que lo pilló pensando. La estupidez tan es parte intrínseca del ser humano como parte extrínseca de la razón, lo que, a la luz del silogismo, nos llevaría a la deducción de que los seres humanos razonables no son estúpidos. Pero no, lamentablemente no es así, porque la estolidez es una avería tan bien repartida e integrada en la megatribu terráquea que pareciere que actúa de fielato de entrada a la estupidez.

La estupidez es cuestión de grados. Hay estupideces solo propias del despacho principal de las capitanías generales de la sociedad moderna y estupideces propias de la garita de vigilancia del cuartel más liliputiense de la sociedad más carcunda que pueda ser pensada. A veces, hasta ocurre que la estupidez es la puerta grande de entrada a la serendipia y que la serendipia es una especie de herramienta del destino de los más suertudos, como le ocurrió a los millonarios inventos involuntarios del Velcro, el Post-it e incluso el del mismísimo champán, por ejemplo. Quién le iba a decir al monje benedictino Dom Pierre Pérignon la que se iba a organizar cuando se le ocurrió sustituir el tapón de cera por el de corcho en la bodega de su monasterio.

Por cierto, a propósito de la serendipia: en los ejercicios mecanuscritos la serendipia cobra una frecuencia directamente proporcional a la prisa del mecanuscribano. Estoy en condiciones de dar fe de ello y de las veces en las que he sido el actor principal que involuntariamente ha escrito voxiferante por vociferante, dopemos por podemos o sexo por seso, por ejemplo.

Caray, hablando de sexo y seso, me da que de igual manera que la iglesia prohíbe el palabroteo en sus sedes, la política, incluso aunque fuera por sacrosantos principios, debería prohibir la estupidez a sus prebostes políticos, al menos mientras desarrollando sus funciones habiten en el planeta Tierra. A este respecto, valga de botón de muestra el insistente y estúpido arrojo del vicepresidente de Catilla y León, que en cada intervención demuestra que a su lucidez política le faltan varios hervores de vida y otros más de humildad cristiana, que en su caso se declara realmente ausente, por más que en su torpe línea discursiva se declare potencialmente omnipresente.

Aunque por sus legítimos principios a don Juan García-Gallardo pudiera darle repelús, estimo que leer a Camus con actitud cenobítica le vendría muy bien para comprender in extenso su innecesaria y empecinada insistencia en la estupidez, que desde una mirada psicológica habla alto y claro de su permanente y agitada gresca consigo mismo. Montaigne lo expreso divinamente y yo me permito parafrasearlo: «Nadie estamos a salvo de decir y/o hacer estupideces, pero solo los estúpidos las dicen y/o las hacen con énfasis». Tampoco le vendría mal, quizá, considerar el extender su práctica de sexo un poco más allá de los cinco/siete días hábiles para la concepción de los que habla la ciencia. Me da que cinco/siete días, por más intensos que sean, son pocos, hasta para el sexo cristiano. Pruebe, don Juan, pruebe...

Subestimar la estupidez es una práctica peligrosa; ignorar la propia ignorancia, también, pero, aún así, hay quienes ante la presencia de un micrófono, a la par que pierden el norte, se instalan en el jardín de las enfatizaciones vacías solo propias de las ideas ausentes de contenido, cuyo auditorio escuchante, para evitar cualquier posibilidad de desacuerdo, queda circunscrito al propio individuo hablante, para deleite y complacencia de sí mismo. O sea el más perfecto de los bucles sin fin de los que se nutre la estupidez pertinaz.

Como si fuera una noma natural, las primeras estupideces tienen todo que ver con la juventud. A partir de ahí todas las edades de la estupidez de cada individuo, por superposición y amontonamiento, se van sustentando unas a otras hasta conformar la realidad informe de la estupidez madura, que, por lo general, es el testarudo resultado de cultivar la ignorancia a base de pretendernos los dioses descontentadizos que nunca fuimos.

Cuando la estupidez se sostiene en el falso equilibrio de la peana de la política ortopédica, mejor cuerpo a tierra...

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