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Juan Antonio Martín

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Juan Antonio Martín

La poquedad no es para el verano

La poquedad no es veraniega. En verano todo crece, hasta la piel que brega con los ropajes para deshacerse de ellos. En verano, con la caída del abrigo, las damas exudan cantidad y calidad de atractivos físicos y metafísicos. Seguro que nosotros, los hombres, también, pero, la verdad, a mí me da mucha pereza fijarme. Contrariamente al invierno, que es implosivo, el verano es explosión en estado puro y, conste, vistas sin ánimo de comparación, no hay explosión pequeña.

En verano, ni las ganas, ni las ansias, ni las necesidades son pequeñas; ni la predisposición; ni las comparecencias formales en las cámaras legislativas de aquellos que eligieron ser políticos para comer de ello. En verano el amor no se hace, sino que se lleva a efecto, además con afición añadida y predispuesta, y con gustosa inmediatez sucesiva, para que quepa más y más veces en las veinticuatro horas que duran el día y la noche. En verano, el lastimero dolor de cabeza de los contrincantes, que es el mayor antídoto contra el deseo carnal, descansa.

La poquedad de un solo dry martini o de un solo gin-tonic no son cosas para el verano. Gin-tonics y dry martinis sucesivos y/o consecutivos, sí, como sabiamente defendía Manolo, el más Alcántara de todos los malagueños que hubo y habrá. De hecho, una buena y ordenada retahíla de dry martinis y/o gin-tonics forma parte intrínseca del veraneo para muchos. ¡Ay, cuántos gin-tonics y dry martinis y viceversa juntos, maestro...! A veces, hasta en pleno invierno, so pretexto de entrenar para estar en perfecta forma en verano. ¿Te acuerdas...?

La poquedad evoca a la escasez, a la ausencia de espíritu, a la cortedad, a la nimiedad, a la pusilanimidad, a la miseria..., todas ellas impropias del verano, que en circunstancias normalizadas, si es que siguen existiendo tales circunstancias, es época liberación, de gozo, de celebración... El invierno es manso, recogido, intimista, monacal..., el verano es liberador, pecaminoso, provocador, exultante, atrevido, fecundo...

¿Se atrevería alguien a hacer un curso de paracaidismo en caída libre o de inmersión en aguas profundas en invierno...? Me da que no... Y no es casual, sino causal, porque el verano es la estación de las polaridades a lo grande. Tan es así que para equilibrar el atrevimiento que viene de fábrica cada verano, la pigricia también fluye y con ella la pereza, la galbana, la desidia... se hacen presentes en gran cantidad al arrullo del caloret de doña Rita, que va camino de erigirse en la referencia del calor más caluroso, quizá por lo de ruborizante que tuvo. Diríase que el que inventó el asunto del verano lo hizo atendiendo a que durante el verano no faltara de nada, para que hubiera de todo para todos, además en cantidades ingentes. Aquel momento hubo de ser impresionante:

––¡Hágase el verano...! ––y el verano se hizo, ¡y cómo...!

El verano es la combinación de mucho día y poca noche, pero muy útil esta última. La noche veraniega despierta el ánimo y los instintos y los intercambios. De ideas, ahora me refiero a los intercambios de ideas, amable leyente, de esas ideas pseudovampíricas que se intercambian de noche y que con la salida del sol se convierten en cenizas.

–Paco, ¿te puedes creer que no me acuerdo de aquello tan hermoso que me dijiste anoche que tanto me motivó...?

–Ni yo, Jennyfer, ni yo...

Poquedad es un término que no representa al verano, que es una estación de abundancia. Los inviernos son carcelarios, los veranos libertarios, y es justo por ello que la sensación del poco y del menos coincide más con la frigidez que hiela que con el estío que motiva. Las cosas, los casos, los momentos..., casi nunca son intrínsecamente lo que son, sino lo que a cada cual nos parecen, y en verano todo nos parece menos estresante, más llevadero y menos mortal.

Solo los errores forman parte de la nimia poquedad que cabe en verano. Errores, por lo general, basados en catástrofes pensadas en invierno que la visión veraniega convierte en simples errores fabricados por la imaginación invernal, que el verano reconvierte. El relajo veraniego empuja a mirar metro y medio más allá de la apariencia de las cosas y nos enseña a cada cual a reconocer íntimamente que solo los verdaderos sabios disponen de las herramientas que les conceden el privilegio de ser pesimistas.

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