Kiosco

La Opinión de Málaga

Jorge Fauró.

ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Periodista

España de espaldas a España

Pasajeros en la estación de Cáceres subiendo al tren Alvia.

Lo peor de ese tópico que apunta a que España es un país cainita es el propio tópico, tan manoseado que ha acabado perdiendo el sentido y la importancia. Se dice que España es un país cainita y se queda uno tan ancho, como si el origen bíblico del aserto, que un hermano acabara matando a otro por celos, venganza o vaya usted a saber, fuera la cosa más natural del mundo y pudiera uno dedicarse a otros quehaceres tras contemplar un fratricidio. La RAE despojó la acepción de vísceras y despojos y lo dejó en «sentimiento de rechazo» hacia familiares, amigos o compatriotas, lo que a menudo nos define como país, por más que ese cainismo, tan excesivo como políticamente incorrecto, haya derivado en un sentimiento no por más amable menos preocupante.

El cainismo ha evolucionado hacia un desinterés y un mirar hacia otro lado que acongoja, de modo que los españoles hemos acabado dando la espalda a los propios españoles como si compartiéramos una comunidad de vecinos («siempre saludaba») y no una historia y una cultura comunes. A Extremadura, por ejemplo, que lleva décadas reclamando la vertebración, al menos con Madrid, en forma de infraestructuras ferroviarias de alta velocidad, le acaban de inaugurar un tren que no es el que sus habitantes reivindican por una cuestión de equidad.

El día de la ‘premiére’, el tren se confundió de vía en Cáceres y llegó a Madrid con retraso. El segundo día todavía fue peor: una hora de retraso en la ida y otra en la vuelta. Le dicen ‘tren rápido’ porque alcanza entre 106 y 130 kilómetros por hora. Lo de viajar a 300 como lo hacen los AVE desde Madrid a Barcelona, Sevilla, Valencia o Alicante, ya veremos para cuándo. En estas dos últimas provincias se ha liado el ‘Dos de Mayo’ porque algunos trenes van a detenerse en Chamartín en lugar de en Atocha, lo que implica que el gestor de infraestructuras Adif se ha visto tan presionado por autoridades y grandes empresarios de la Comunidad Valenciana que ahora no sabe el Gobierno cómo salir del lío. Pero, ¿Extremadura? ¿A quién le importa Extremadura? Ya no es cainismo, ahora es casi peor. De las comunicaciones con Extremadura no se habla en los bares o en la sala de espera del médico, en la cola del supermercado o con el compañero de trabajo. No es ‘trending topic’ y apenas se deja ver por los muros de Facebook. Es la indiferencia social elevada a la categoría de invisibilidad. A fin y al cabo, ¿qué puede importarnos al resto lo que tarden en llegar o en regresar de Madrid los extremeños?

En el viaje inaugural de ese mismo convoy viajaban el presidente del Gobierno, el de la Junta y el Rey Felipe VI, que acudió a las inmediaciones del Monfragüe, asolado por un incendio. A Zamora no fue el monarca (sí acudió Pedro Sánchez), a pesar de que en apenas un mes, en esta provincia de Castilla y León el fuego ha devorado 60.000 hectáreas de terreno, el 60% de toda la superficie quemada este año en España. Pero más allá de un lamento de circunstancias, que se disipa en cuanto llega el camarero con las consumiciones, Zamora desaparece del contexto, se volatiliza como una cuestión ajena y que se apañen los zamoranos.

En Zamora no hay apartamentos ni chalés frente al mar propiedad de quienes residen en las grandes capitales, ni siquiera una infraestructura empresarial potente capaz de meter presión a su patronal, como hacen madrileños, valencianos, vascos o catalanes. En Zamora ‘solo’ hay casas rurales y España vaciada, enclaves idílicos donde retirarse en una pandemia, ganadería, agricultura, montes, lobos, ciervos y conejos, personajes y escenarios ‘de ficción’ más propios de un documental de nuestro entorno, en el caso de que alguien vea documentales en lugar de la serie de moda.

Buena parte de todo lo anterior era real y ha sido destruido por las llamas. Desaparecido, calcinado, arrasado. Espacios naturales, zonas de cultivo, fauna. El PIB y lo que no es PIB. No somos conscientes de la profunda desazón que en muchos lugares de Castilla y León, de Galicia, de Andalucía o de Extremadura causa la indiferencia de las zonas del país donde pace el cogollito, y cómo en estas áreas urbanas, modernas y más ricas se percibe lo que constituye un drama para castellanos, gallegos, manchegos o extremeños. Y ya no es que seamos cainitas, es que hemos dejado de importarnos.

Compartir el artículo

stats