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Cristobal Montilla

La calle a tragos

Cristóbal G. Montilla

Los aviones, el fuego y el espectáculo

Un helicóptero trabajando en la extinción del incendio de la Sierra de Mijas. Álex Zea

Los contrastes empiezan, muchas veces, con un recuerdo antagónico. Con una postal del pasado que amortigua la impotencia impuesta por el presente. Sin pretenderlo, me puse a pensar en un descubrimiento infantil que surcaba las cimas azules del estío. Regresé, de súbito, al niño que abrazaba su mirada a la avioneta mientras una pancarta proclamaba a los cuatro vientos, en el cielo de la playa, los encantos de la diosa publicidad. Volví a los años 80. El fin de semana pasado, no supe reaccionar de otra manera. Las nubes se instalaron en la vista, quizás porque nunca es un buen momento para acostumbrarse a la tragedia repetida que tararean los incendios. Y, allá arriba, en realidad no volaban los anuncios de la infancia. Se intuía, una vez más, la inercia imprescindible de los hidroaviones.

Julio se está regodeando en una España arrasada por el fuego que ya fue advertida hace más de un siglo, en sus versos, por el poeta Antonio Machado: «El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra». Si miramos a las llamas más cercanas, lo acontecido en la Sierra de Mijas ha traído una vez más la sensación paradójica de que existen héroes que multiplican y parafernalia que resta. Efectivos que se juegan la vida por los demás y figurantes que alimentan un espectáculo a todas luces innecesario. A los partidos políticos se les ha vuelto a escapar demasiada fuerza por el sumidero de las redes sociales. Está claro que sus representantes dejan de ser personas para ejercer como tornillos de una maquinaria oportunista.

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