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La Opinión de Málaga

Jorge Fauró.

ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Periodista

Hablemos del tiempo

La ausencia de zonas verdes y el exceso de cemento aumenta el calor en las ciudades

La meteorología es el debate más común de los ascensores. Pasados unos segundos después pulsar el botón, la ola de calor o la ola de frío, que lo mismo da, cubren ese espacio incómodo de silencio que pertrecha a los ocupantes del camarín a resguardo de la inconveniencia de caer en la descortesía entre planta y planta. No da tiempo a más. Vaya calor. No he pegado ojo en toda la noche. En Murcia han llegado a los 49. Y así hasta llegar a destino y despedirse con un «que pase un buen día», satisfechos de haber sostenido en alto el listón de buen vecino o la fama de compañero de trabajo amable y locuaz.

Se habla del tiempo en los ascensores para llenar los treinta segundos del cuarto piso a la planta baja. No se habla del PIB o de la prima de riesgo; ni siquiera de las medidas de ahorro como consecuencia del cambio climático. Se habla de la evidencia. Hace calor, se insiste, como si el compañero de viaje viviera en una burbuja de confort permanente. Y el interlocutor responde que no ha podido dormir, alargando este hecho sencillo hasta que las puertas se abren y cada cual a lo suyo, felices de haber cubierto una porción de vida que transcurre a diario entre esas cuatro paredes que suben y bajan.

Lo mismo ocurre en política. A fuerza de hablar del calor nuestros dirigentes se enredan en insustanciales debates de ascensor que acaban contagiando a lo gobernados. El calor, como las conversaciones de ascensor, se ha convertido en el recurso fácil de la política, en un debate de circunstancias que impide entrar con seriedad en el fondo de los asuntos. La corbata de Sánchez, las puertas abiertas de los grandes comercios, el aire acondicionado a 25 grados (o a 26 o a 27, que tampoco aquí nos hemos puesto de acuerdo).

Hay quien a estas alturas considera que los medios de comunicación solemnizan la obviedad cuando en verano informan de que hace un calor asfixiante. Los ascensores son el metrónomo de la historia. Lo que pasa en los ascensores no se queda en los ascensores, trasciende a la calle, a los hogares y a los centros de ocio y trabajo, y por eso los medios de comunicación hablan del frío en invierno y del calor en verano, de las lluvias del otoño y de las primeras nieves en Guadarrama. Porque a la gente le interesa.

Lo bueno de las conversaciones de ascensor es que la duración del trayecto apenas da tiempo a trastabillarse en cuestiones donde uno acaba liándose y metiendo la pata. Se sale indemne de las conversaciones de ascensor porque se comunica lo justo y bien. Lo difícil pasa por transmitir una idea y no meter la pata en más tiempo del que se tarda en llegar al bajo. Iba bien Pedro Sánchez con su balance económico hasta que soltó lo de la corbata, de modo que la boutade capitalizó las reacciones de la ciudadanía y apenas queda alguien en este país que se acuerde de a santo de qué compareció el presidente aquella calurosa mañana de julio.

Explicaba el primer ministro las bondades de su política económica y se empleó a fondo en ofrecer datos. Como dijo Laporta cuando el Barça era más que un club: «Al loro, que no estamos tan mal». Pero ya nadie se acuerda de ello. Quedó para siempre la corbata y se nos jodió el Perú. Menuda torpeza. Llovieron los memes y las payasadas. La línea que separa la buena comunicación del patinazo es tan estrecha como evidente es que más de dos terceras partes de la población a la que Pedro Sánchez dirigía su discurso -la clase media trabajadora, reiteró- no precisan corbata para ir a trabajar, comenzando por el 99% de las mujeres y continuando por camareros, empleados de la construcción o la más cualificada mano de obra en el sentido estricto del término.

Han transcurrido varios días desde aquello y el debate ha derivado en variaciones sobre el mismo tema: el apagado de los comercios a partir de las 10 de noche, la enésima rebelión de Isabel Díaz Ayuso y el doble discurso de Alberto Núñez Feijóo, como si la opinión de unos y otros fuera a rebajar nuestra factura de la luz. Hay en la mala comunicación un objetivo perverso de enredar al contrario y, de paso, a todos nosotros. Da igual que haga calor o frío, lo importante es la factura y los enormes beneficios de las eléctricas a costa -nunca mejor dicho- de nuestro sudor, pero de eso apenas se habla. Ni siquiera en los ascensores.

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