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Luis M. Alonso

SOL Y SOMBRA

Luis M. Alonso

El club de los narcisos

Comparecencia de Pedro Sánchez en Lanzarote. Ballesteros

Repetir que ciertos líderes son unos narcisistas es simplificar algo las cosas. La reiteración en recalcarlo a propósito de Pedro Sánchez cuando cree como el gallo que el sol ha salido para oírle cantar, también. En último caso, Sánchez con su impertinente e ineficaz arrogancia es la reencarnación de un estado de ánimo narcisista que se viene percibiendo en muchos órdenes de una vida en la que demasiados seres tienen un sentido desmesurado de su propia importancia, una necesidad profunda de atención y admiración que se mide en los comportamientos vacuos y las redes sociales. El narcisista no solo necesita los espejos de cuerpo entero para reafirmarse en su narcisismo. En la historia clásica, Narciso es ese hombre enamorado de sí mismo que no puede apartar la vista de su propio reflejo en la superficie del largo y termina por arrojarse a sus profundidades.

Podemos decir que se trata de un naufragio existencial del que tenemos noticia. La búsqueda de fama a cualquier precio y la autopromoción son dos rasgos de las tendencias dominantes. Cada día se suben a Instagram millones de fotografías que reciben como respuesta miles de millones de «me gusta». «Yo, con fulanito», «yo, con menganita», «la pizza que he comido», «el atardecer que he disfrutado», «el cumpleaños con los amigos en un sitio chulo», la instantánea en primerísima persona, etcétera, etcétera. Son en definitiva los gritos de las víctimas de una sociedad que ha sobrevalorado a sus hijos y de un tiempo que parece inagotable de capricho banal: gente que se siente especial en cada acto de su vida y le gusta airearlo como si de ello dependiera la felicidad, no solo suya sino también del resto de sus seguidores. Cuantos más, mejor. Pequeños narcisistas que se retratan cada dos minutos para curiosamente no verse, igual que todo aquello de interés que nos cuesta percibir a primera vista en un espejo.

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