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Pilar Galán

Tribuna

Pilar Galán

Profesora

Mi primera biblioteca

Jóvenes en una biblioteca. AXEL ÁLVAREZ

Veintiún días es el período de tiempo necesario para adquirir o abandonar un hábito: dejar de fumar, comenzar un régimen, empezar de una vez por todas a cuidarse. Veintiún días es también la duración del préstamo de una biblioteca pública, esa isla que parece pertenecer al reino de la utopía. Veintiún días para veintiún ejemplares que puedes llevarte a tu casa, de vacaciones, al campo o la playa, al monte, como un tesoro del que disfrutar sin prisa, una ventana abierta al bosque en este verano asfixiante de patio interior. Como es gratis, y es público, no sabemos valorar lo que tenemos. Yo aún recuerdo la primera vez que entré en una biblioteca. Una tarde de julio, en Gandía, cuando los veranos parecían interminables, hartos de aguantar al calor pegajoso y las caras de aburrimiento de sus cinco hijos, mis padres nos hicieron el mejor regalo del mundo: el carné de la biblioteca pública. Recuerdo que el edificio estaba en el medio de una plaza cubierta de árboles y sombra, muy cercana a una pastelería, que era nuestro segundo paraíso. Yo no había estado nunca en un lugar así, y la primera vez me quedé sobrecogida. Tenía a mi alcance muchos más libros de los que podía leer, y no solo podía leerlos, también me dejaban llevármelos a casa. Creo que esa revelación fue como si me ofrecieran la llave de un tesoro. Devoré esos mesestantos libros que ni siquiera recuerdos los títulos. Seguramente Los cinco, Los siete secretos, o Las torres de Malory, que nos gustaban tanto. Y El libro de la selva y Nils Olgersson, y clásicos adaptados y otros no tanto (Oliver Twist, por ejemplo, o Robinson Crusoe, o Gargantúa y Pantagruel o Miguel Strogoff y casi todo Julio Verne) y cuentos de miedo y fantasía y mitos griegos… Me desvelaba leyendo, estaba deseando acabar de comer para encerrarme a sudar en la siesta acompañada de una historia, y por la noche, ensordecida por el ruido de las motos que cruzaban a toda velocidad nuestra calle, me daban igual los mosquitos, que eran enormes, y las voces de mis padres para que no dejara la luz encendida. Algunos días, después de sacar o devolver los libros, mis padres nos invitaban a un pastel y ya entonces el verano se volvía mágico y todo cobraba sentido. Muchos meses de julio más tarde, cada vez que entro en la biblioteca pública de Cáceres, la sensación es muy parecida. Tengo bastantes más años que entonces, unos ojos cansados y unas cervicales que ya no aguantan pasar mucho tiempo con la cabeza inclinada. Tengo también más lecturas y más exigencias, pero el hambre sigue siendo la misma. Por eso, cuando recuerdo que tengo veintiún días por delante, y tantas estanterías donde buscar, recupero la llave de mi infancia, aunque los pasteles estén casi prohibidos, mis padres ya no puedan acompañarme y la siesta sea ahora un territorio perdido para la lectura, y el reino por conquistar de mis hijos.

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