Vamos con algunos apuntes de esta Feria de Málaga que está a punto de finiquitar su primera edición post-pandémica.

1. Ha vuelto la Feria a las calles del Centro Histórico como si no hubiera pasado nada. De hecho, escribo estas líneas escuchando a los grupos cantar las mismas canciones de todos los años, las que ya en el lejano 2019 eran más que retro. Otra vez «Sho romperé tus fotos / sho quemaré tus cartas / para no verte más / para no verte maaaaaaaás», otra vez «Nada de esto fue un error, uooooo», otra vez «Qué pasará / qué misterio habrá / puede ser mi gran noche». Todos los días, en el mismo orden, en un hilo musical que, de alguna manera, es un bucle que impide la evolución de esta fiesta. A veces pienso que la fiesta en el Centro es más antigua, mucho más que la del Cortijo de Torres de caballistas y flamencas. A veces pienso en aquella fiesta de un bar madrileño en la que sólo pusieron Africa, de Toto, durante tres horas y media. Quizás, en realidad, es lo que deseamos: un espacio-tiempo inmutable y, por tanto, confortable, en esta vida de cambios múltiples y vertiginosos que cada vez más parece uno de esos toros mecánicos.

2. Se confirma, por si hacía falta: la Feria ha perdido su carácter extraordinario. Málaga, la capital, lleva años apostándolo todo a la fiesta diaria, de enero a diciembre, con el ocio del turista y el visitante como norte en su brújula; es decir, muchas veces, no hay gran diferencia entre un 4 de marzo, un poner, o una jornada de Feria. Supongo que eso es lo que se llama desestacionalización, y supongo también que eso es un éxito. Yo no lo tengo tan claro. En todo caso, a mí la Feria me servía como acontecimiento vital en una especie de calendario anímico de la ciudad: resultaba como una especie de final de temporada, una traca intensa, depurativa, quizás, para dar paso, ya todos desfogados, a una campaña. Ahora, en cambio, en esta ciudad espectacularizada, la fiesta, incluso ésta, es decorado rutinario.

3. Buena noticia: el cacareo snob ya no es tan notorio. Jamás he entendido el supuesto prestigio como opinador que le da a uno denostar la Feria del Centro, y a quienes participan en ella (muchas veces empleando para ello insultos que denotan una peor educación que la que denuncian: que sí, que no está bonito pasearse sin camiseta por ahí pero eso no le da derecho a nadie a la agresión verbal vía redes sociales). Creo que el parón pandémico ha bajado un tanto el volumen de estas opiniones, quizás también su cansinismo ha terminado haciendo mella y ya no demasiados se enfangan en un debate que, la mayoría de las veces, se organiza desde cierto elitismo (¿se acuerdan de aquello de «¿Cómo va a permitirse abrir un Carrefour en el Muelle Uno?»).

Curiosamente, la que más ha vociferado al respecto ha sido la exalcaldesa, Celia Villalobos, quien en una entrevista con Málaga Hoy ha aseverado: «Los jóvenes van allí y hacen su botellón y dejan el Centro hecho una porquería (...) Por eso defenderé siempre que la Feria se haga en el Real durante todo el día». Lo de siempre, vamos: jóvenes (o sea, maleducados, incívicos) hacen botellón (o sea, no gastan) y enguarrecen (los mayores no tiran ni un papel al suelo). Yo he vivido los años de Feria durante el mandato de Villalobos, y ni punto de comparación, oigan: he tardado 25 minutos en atravesar la calle Comedias, he visto a chavales y chavalas subidos a contenedores, pegando botes; me he tapado los ojos ante escenas pornhuberas en una sucursal bancaria cerrada... Esta edición habrá tenido lo suyo, no digo que no, pero parece que el esperpento pretérito es, pues eso, pretérito. Pero siguen cacareando como si cada agosto esto fuera el pandemonio a plena luz del sol.

4. El alcalde, Francisco de la Torre, cumplió su promesa y fue en guayabera toda la Feria. Casi ningún otro malagueño asumió el desafío, como era de esperar, salvo algún correligionario al que, eso sí, convendría aclarar: una guayabera no es una camisa blanca por fuera del pantalón.

5. La inflación se ha venido de fiesta, evidentemente. Pero con ella, una peligrosa práctica inédita en nuestra semana grande: cobrar por algunos conciertos. Ya que todo sube, pues vamos a empezar a cobrar. Pues no. Las taquillas son impropias de unas fiestas populares. El argumento de la concejala de Fiestas, Teresa Porras, era una excusa muy pobre: «Si queremos contratar a artistas de otro nivel hay que pagarlos». ¿India Martínez? ¿El Maka? Que me perdonen ambos, pero a mí eso no me parece precisamente otro nivel cuando al Cortijo de Torres han acudido, por ejemplo, Miguel Bosé, Marta Sánchez, Miguel Ríos, Ketama y mil figurones más del panorama nacional. Y gratis (bueno, nada de gratis: con nuestros impuestos, nuestros IBI, nuestras multas de tráfico, etc). Por favor, no perdamos una de las marcas registradas de una fiesta, la nuestra, que tampoco es que ande sobrada de ellas. Pero me da a mí, conociendo las aficiones público-privadas de este Ayuntamiento, que esto ha sido un precedente con mucho horizonte.

6. Lo que siempre me ha rechinado pero el transcurrir del tiempo ha transformado en cutre total es lo de la Reina y el Míster de la Feria. Si ya ni siquiera nos importa Miss España (venga, díganme cómo se llama la ganadora de la última edición de eso que ahora se ha dado en llamar Miss World Spain), no sé a qué obedece que se siga organizando algo así, la verdad. El año que viene hablamos del futuro de las corridas de toros en el contexto de la Feria, pero sólo apunto una cosa: ¿se han fijado en la ausencia casi total de políticos, salvo los imprescindibles, en los burladeros de la plaza de La Malagueta? Eso nos da las pistas que necesitamos en este sentido, supongo.

7. Pero no sobreanalicemos algo que es una fiesta. Al fiinal, ¿saben qué? Ya me sabe mal por usted, que ha llegado hasta el final de estas largas líneas, con esfuerzo y paciencia, pero seguro que ninguna de las personas que han salido fotografiadas estos días en estas páginas se ha parado delante de su pantalla del ordenador (como el que firma estas líneas) para hacer un balance de lo bien o no tan bien que se lo ha pasado en la Feria. Tampoco va a detenerse a leer o escuchar nuestras opiniones sobre cómo debe divertirse, qué música debe bailar o si es una soberana cutrez seguir cantando lo de «Sho romperé tus fotos / sho quemaré tus cartas». Así son las fiestas: sólo cuenta vivir; lo demás, resulta absolutamente innecesario.