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Rafael Simón Gil

EL OCASO DE LOS DIOSES

Rafael Simón Gil

Abogado

El enfriamiento global de la libertad

El mundo literario homenajea a Salman Rushdie desde el corazón de Nueva York

Es curioso -adjetivo amable y cínicamente cobarde- que en tiempos en que el Gran Hermano fustiga nuestras conciencias recordando que estamos en el abismo climático, que somos los únicos culpables del irreversible daño a la tierra (la Pachamama que el ‘espadón’ del criollo Bolívar y sus antepasados, no los míos, destruyó en el Nuevo Mundo para oprimir a los indígenas que decía liberar (advertía Napoleón que la mayor parte de aquellos que no quieren ser oprimidos, quieren ser opresores), y que si no obedecemos ciegamente al Poder llegará el Apocalipsis, la guerra nuclear (como si ustedes tuvieran el botón nuclear o fueran responsables de la mierda que expulsa China, el 30% de la contaminación del planeta ); es curioso y cínicamente cobarde, digo, que todo ello se exija a expensas de nuestra libertad, nuestra democracia y los derechos humanos -especialmente los de la mujer- de que gozan las democracias occidentales.

Es curioso -obscenamente desolador; histórica, cultural y democráticamente suicida- que desde hace años una élite globalista, unos dictadores sin escrúpulos, unas teocracias violentas y antidemocráticas, unas políticas y políticos miserables, y unas minorías instaladas en el radicalismo, la intolerancia y la exclusión (como si las otras minorías o la sociedad carecieran de derechos), hayan impuesto a la mayoría, a las sociedades democráticas, su historia, su visión binaria, su soluciones cainitas, su lenguaje, sus reglas, sus censuras, su catecismo, su terror conceptual y sus tribunales de honor para juzgar cualquier desviación de lo políticamente correcto, del ‘mainstreem’ imperante. Es curioso, suicida, que todo se exija a expensas de nuestra libertad y nuestros derechos democráticos.

La curiosidad de que les hablo, la cobardía, la desolación, el suicidio colectivo, radica en saber por qué no se exigen esos esfuerzos a costa de las dictaduras comunistas como China, de las teocracias fundamentalistas y antidemocráticas como Irán, de las autocracias como Rusia, o del neocomunismo indigenopopulista que se ha apoderado de Iberoamérica. ¿Contra el calentamiento global? Sí, pero con más libertad y menos dictadura China; más democracia y menos totalitarismo ruso. ¿Por la multiculturalidad? Sí, pero respetando los derechos humanos, los de la mujer y la libertad sexual; sí, pero contra el ahorcamiento de homosexuales, la lapidación de mujeres y el derecho de escolarización de las niñas (Irán, Afganistán). ¿Por qué no le interesa a nuestra progresía -siempre viviendo en occidente, por si acaso- que la Alianza de Civilizaciones de Zapatero y el islamista Erdogan se rija por el riguroso cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿Por qué siempre la democracia y la libertad deben ceder a favor de las teocracias religiosas medievales o las dictaduras comunistas?

Este desalentador exordio trae causa de dos acontecimientos coincidentes: el atentado contra el escritor Salman Rushdie -contra nuestra libertad- y el aniversario de la vuelta del integrismo islámico talibán en Afganistán. Hay coincidencias tan inquietantes, por perturbadoras, que invitan seriamente a refugiarse en el anacoretismo estirita en compañía de las obras completas de Irene Montero (ligero de equipaje, como amaba Machado), o al onírico exilio interior junto a tu ‘ello’ freudiano. Ambas drásticas opciones, pese a su guiño sicalíptico, te acercan al hierático cenobitismo que aconsejan los tiempos. Por eso no les diré de Afganistán más de lo que ustedes saben. Huyeron las democracias y llegó la paz. Ninguna ultrafeminista empoderada en Occidente irá a socorrer a las mujeres afganas; ni tan siquiera se han manifestado aquí, donde dicen que el velo es símbolo de libertad. La fundadora del colectivo feminista Neswia, Hakima Abdoun, lo advertía: «Europa está cayendo en la trampa islamista con el velo»; «Criticar el velo sigue siendo tabú para muchas feministas en Europa, sobre todo en la izquierda, porque temen que las tachen de colonialistas y racistas».

El pasado día 12, Hadi Matar (apellido predestinado), de origen libanés y que según su madre había vuelto de Oriente Medio en 2018 decidido a ser un fiel devoto del Islam, acuchillaba gravemente a Rushdie en cumplimiento de la sentencia que contra éste dictó el ayatolá Jomeini en 1989 por escribir ‘Los versos satánicos’. Es desolador: cuando el occidente democrático piensa que la poesía es un arma cargada de futuro aterra saber que la metáfora es un cuchillo vicario cargado hace más de treinta años. No sabía que la Alianza de Civilizaciones consistiera en que mientras la democracia lucha por la libertad de expresión, el otro socio le pone precio por asesinarla. Las autoridades religiosas islámicas iraníes, que son también autoridades políticas, militares, policiales, periodísticas y culturales, han dicho que Rushdie y sus seguidores son los culpables. Entre ‘sus seguidores’ se encuentran los millones de personas que creen en la democracia y la libertad. Lamentablemente, en su sentido más trágico e irreversible, muchos intelectuales de la gauche divine, de la izquierda progre y mimada que vive de y en la democracia, abandonaron a Rushdie por miedo, por buenismo conceptual, por cobardía. Nunca creyeron que todos los ciudadanos del mundo eran merecedores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cuando la verdadera cara de los otros socios de la Alianza de Civilizaciones asoma, la progresía occidental aduce respeto por sus costumbres (las que les imponen), no por sus derechos (los que les niegan).

¿De verdad que esta intelligentsia, que estos periodistas y medios de comunicación tan comprensivos con la otra cara de la Alianza creen que si el enfriamiento global de la libertad se hiciera realidad ellos y ellas tendrían alguna oportunidad de escribir libremente, de expresar sus ideas sin temor, de vestir como quieran, de ir a la Universidad, de exteriorizar su libertad sexual? Qué ingenuas. Lo advirtió Benjamin Franklin, «Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad». A más ver.

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