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Marrero Fuster

Septiembre y la alegría

Downton Abbey

He descubierto Downton Abbey este verano. Desde sus inicios, en 2010, ya se han emitido cinco temporadas de la serie y rodado dos largometrajes, pero yo me he enganchado este último mes. Está claro que no soy mujer de tendencias. Lástima haber tardado tanto en llegar a este deleite, porque desde que me he adentrado en ese mundo de elegancia, belleza, presencias solemnes y frases irónicas ya no quiero salir de él. Uno de mis personajes preferidos es el del señor Carson, interpretado por Jim Carter, y una de las frases que más recuerdo del ilustre mayordomo tiene que ver con que la vida no es más que una acumulación de recuerdos. Una frase que viene al pego cuando el mes más bonito y nostálgico del año acaba de arrancar.

Septiembre recuerda al carrusel deportivo y a los domingos por la tarde. Significa volver. Volver a todo. Al trabajo, al gimnasio, a las clases de inglés y al asfalto. Me devuelve imágenes de uniformes, mocasines y calcetines hasta la rodilla. De padres que acompañan a sus hijos, de conductores somnolientos y de cafés para llevar a la oficina. Es el mes de las mochilas cargadas de libretas, del olor de los libros de texto nuevos y de las vacaciones de los privilegiados. Amanece más tarde, anochece antes y la luz de entre y entre es la más bonita del año, con el permiso del mes de mayo. Si, como dice el señor Carson, la vida es una acumulación de recuerdos, septiembre me recuerda el nacimiento de mi primer hijo y lo que fue sentir, por primera vez, la felicidad absoluta. Se puede estar pletórica, a pesar del dolor que provocan veinticinco grapas en una barriga fofa e inmensa.

Carson declamaba esa frase, mientras miraba la foto de la mujer de quien se enamoró de joven y rememoraba lo que significaba sentir el estado de felicidad. De entre todos los estados posibles, elijo perseguir ése a toda costa. A pesar de la educación judeocristiana, que nos ha inculcado que el sufrimiento y el dolor purifican nuestro espíritu, a pesar de lo profundos e intelectuales que aparentan ser los pesimistas y los que padecen por todo y por todos, me esfuerzo diariamente por encontrar espacios de alegría.

No voy a recordar a la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, por ser más criticada con lo que hace en su vida privada por ser una mujer (que es así). Voy a recordarla porque, en su defensa y ante las críticas de quienes cuestionan su valía por echarse un bailoteo y unas marchas, reclame su derecho a la búsqueda de la alegría. Me gusta que exija disfrutar de momentos de luz y de placer ante un entorno oscuro. Y me gusta que lo diga públicamente, porque da ejemplo. No venimos, precisamente, de pasar una temporada placentera y sosegada. Covid, crisis, recesión, guerra, electricidad por las nubes, amenaza nuclear, olas de calor permanentes, tensión entre China y Taiwán y un largo larguísimo etcétera… Por eso, inicio este septiembre con el firme propósito de defender mi derecho a la alegría y de encontrar momentos para desmelenarme y saltar a la pista de baile. Estos recuerdos deberían construir parte de nuestras vidas, por muy oscuro y difícil que sea el futuro inmediato. Bienvenido, septiembre.

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