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Juan Antonio Martín

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Juan Antonio Martín

Menestralerías

Protestas en Cuba. L. O.

La libertad del hombre me ocupa desde una juventud aún más juvenil que la de ahora. Uno es así... Para ser exacto, desde bastante antes de que «las suecas», como concepto, representaran más que la expresión de la nacionalidad de un grupo étnico. En este sentido, recuerdo igual que si fuera ahora cómo las aberrantes envidias hechas verbo para algunos y algunas convirtieron a aquellas suecas de entonces en la máxima expresión de la depravación de la carne y los instintos. Ellas y ellos, todos incluidos, éramos la expresión de la doble moral elevada al cubo convertida en cadalso de ejecución. O sea, la devoción y la obediencia por decreto ley y la demostración de que la libido siempre ha ido a su pervertida bola y, en aquel entonces, además de a su bola, iba a contramano de la ley, de la moral y de la propia naturaleza del ser humano, un ser santo por naturaleza. Ay, ay...

Uno, que en algunos aspectos siempre fue rarito en cuanto a sus esfuerzos para comprenderse a sí mismo, y, por extensión, para comprender a la manada que me acogía en su seno, en aquellos tiempos luchó y luchó con los clásicos y con sus deducciones a propósito de la libertad del ser humano y la libertad de las tribus.

La (eleutheria) de Platón, en su República, refinada a posteriori por Aristóteles, y la libertad condicionada del ser humano, tratada más in extenso por la psicología que, en síntesis, viene a expresar las condiciones de posibilidad y probabilidad de nuestra libertad en función de nuestra realidad biológica y cultural, fue, durante muchos años, parte de mi ocupación diaria, eso sí, sin dejar de mirar y ver con alegría a las bienvenidas suecas de entonces como punto gatillo de la investigación. Uno siempre fue y sigue siendo así de científico, pero nada fundamentalista... Desde entonces, estoy convencido de que tanto Aristóteles como su maestro, de haber estado allí, entusiásticamente habrían incluido a las suecas en sus razonamientos respecto del condicionamiento positivo que aportaban, en razón de la propia estructura cultural y biológica del sapiens.

La estructura que encorseta al hombre es una refinada herencia que viene a describir la libertad en cada época. Recuerdo, hace años, en la mayor feria turística de Italia, entonces, cómo un amable cubano ya metido en años, músico integrado en la orquesta que animaba el stand de Cuba como destino turístico, con un voluntarioso y envolvente acento me vendía Cuba mediante una perogrullada simplista:

–Sabe, compañedo, en Cuba somoh libre. El joío capitalismo miente. Yo, cuando yo quieda puedo i d’un sitio de la isla a l’otro sin pedí pedmiso a nadie... Ni al Comandante Fidel. ¿Viste, mi amigo, cómo loh cubano somoh libre...?

Después, razones profesionales me llevaron más de una docena de veces a Cuba, que es un vergel infinito, lleno de buena gente, de gente amiga, que en cierta medida empezó a desmejorar con la liberalización del fula. El consumismo, como objetivo, sin el intrínseco control sano de cada cual, nunca fue buen compañero.

Llevo tiempo, en años, meditando sobre el carácter mecánico de la existencia y aún no consigo llegar más allá del propio enunciado de mis ideas, porque de más en más se me fija una: lo menestral, lo mecánico, lo rutinario, lo habitual... forma parte de los anhelos del ser humano, que, por naturaleza y por sus propios miedos y carencias, persigue vivir permanentemente en una contrahecha y particular zona de confort y seguridad manipulables. Si esto fuera así, pudiera ser que «la vida bien vivida» se sustancie a favor de que lo importante es ser simplemente perfecto según el modelo de cada día, y, si es posible, sin requerir ningún esfuerzo añadido a las menestralerías monótonas de cada pequeña vida.

Respecto de lo que antecede, ¿es posible que alguna vida llegue al punto de ser pequeña sin compararla con otra? Por cierto, a propósito de comparar: a mí, recién despañalado, me instruyeron en que comparar no es de buen gusto, ni propio de gente educada.

Vivir es el oficio más especializado de la existencia y es por ello, quizá, que demasiados decidimos ser meros menestrales del cacofónico pom, porropóm que marca el hortador de galera con su tambor:

–Pom, porropón... Pom, porropón...

A mí, el que quiera encontrarme, que no me busque por esos sórdidos andurriales.

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