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La Opinión de Málaga

Manuel Alcaraz Ramos

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz Ramos

Profesor de Derecho Constitucional de la UA

Gorbachov se ha muerto y Fukuyama nos devuelve la historia

El expresidente soviético Mijaíl Gorbachov.

En la época de Breznev estuve en Moscú como miembro de la Ejecutiva de Juventudes Comunistas. Decir que volví horrorizado es poco. En todo caso regresé con el firme convencimiento de que la URSS debía desaparecer como trama político-mafiosa si la izquierda tenía que avanzar. Eso no significaba sentirme imperialista ni ignorar que la URSS había jugado un papel inmenso en la derrota del fascismo y a la hora de presionar indirectamente al capitalismo europeo para que avanzaran los Estados del bienestar. Sencillamente: el comunismo soviético estaba muerto y era un peligro mundial. Por eso cuando comenzó la perestroika me sentí política e íntimamente feliz y mi admiración por el valor e inteligencia de Gorbachov fue inmenso. Aunque no dejaba de apreciar contradicciones. La embajada soviética mandó emisarios a reuniones con el PC para ‘tranquilizar’ a los camaradas. Una ONG trajo a la UA a una joven rusa a hablar del momento, que dijo: «Ya ha avanzado mucho la democracia. Pero es muy imperfecta. Ya se venden pantalones tejanos en muchas tiendas, pero son muy caros, no todos pueden comprarlos». En esa frase, tan ingenua, se sintetizan muchas de las desgracias posteriores y, en definitiva, la manera en que las democracias occidentales tuvieron de entregar al capitalismo desaforado la gestión de un hecho histórico.

Celebré con alegría que se derribara el Muro de Berlín y ese día me consideré más europeo que nunca. Y cuando Gorbachov vino a una entrevista a Canal 9 y me invitaron a conocerle –era vocal del Consejo de Administración de RTVV- me acerqué a él con una emoción que pocas veces he sentido. Más tarde, siendo diputado, formé parte de la Delegación OSCE-UE que acudió a Moscú a monitorizar las elecciones presidenciales que ganó Yeltsin y que, a mi modo de ver, con la tonta complicidad occidental, supuso el declive del rumbo democratizador en Rusia. Gorbachov, si no recuerdo mal, obtuvo menos del 3% de votos. En las reuniones mantenidas con el embajador y otros diplomáticos españoles y europeos preguntamos por esa debacle, que ya se percibía en la campaña –ganó Yeltsin, seguido del PC y de un grupo de ultraderecha-. Nos aclararon que el pueblo ruso desconfiaba de Gorbachov por tres razones: A) Nosotros veíamos que había acabado con un régimen totalitario y muchos rusos coincidían, pero, a la vez, había rematado ‘su’ Imperio, que les daba seguridad y dignidad. B) Consideraban que su esposa, Raisa, culta y de estética occidental, le dominaba. C) No bebía. No minusvaloremos este dato. Cuando al candidato comunista le preguntaron por su ubicación política dijo que bebía mucho menos que Yeltsin, pero mucho más que Gorbachov. Este intento de transformar el centralismo democrático en centrismo etílico concluyó con el éxito del radicalismo de destilería. El escenario estaba preparado para mafiosos y ex KGB. Putin al acecho

Por todo eso me permití mi personal e íntimo minuto de silencio por la muerte de Gorbachov. Y por lo que pudo haber sido y no fue. O por el heroísmo de alguien que, quizá, sabía que no podía ser ese socialismo con transparencia y benevolencia en un Estado como la URSS. Le ayudaron a desmontar: nadie se preocupó de ayudarle a construir.

Unos porque estaban ebrios de victoria –desde el presidente de EEUU al Papa- otros, más ilustrados, porque encontraban en lo ocurrido una conclusión lógica a lo sucedido en las últimas décadas –aparte de la inmensa inmoralidad de la dictadura comunista-. Si hubo alguien que lo plasmó con claridad en una frase –un título- fue Fukuyama, el politólogo norteamericano de origen japonés que alcanzó enorme fama: la Historia se había terminado. No es el lugar para contar los debates teóricos que provocó. Y lo cierto es que merecía algún respeto suplementario: en realidad se enredaba –en el buen sentido- con pensadores hegelianos, Pero también es cierto que la conclusión era que el liberalismo venía a representar para siempre el espíritu del mundo, ofreciendo la coartada intelectual precisa –entonces aún pasaban estas cosas- para que los padrinos e ingenieros de la globalización sin límites tuvieran en el neoliberalismo económico una justificación moral. La Historia no acababa, si se leía a Fukuyama, pero se convertía en variaciones de un mismo tema e intentar alentar cambios en profundidad era tan inútil como perverso.

Y en esas hemos vivido. La culpa de muchos males no es de la globalización sino del paradigma neoliberal que, sencillamente, ha provocado casi tanta destrucción como la guerra fría: un precio ya insostenible en vidas, en destrozo medioambiental, en desigualdad que destruye las bases de las democracias. Ha hecho falta la acumulación de muchos desastres –y la intuición de que hay otros en lista de espera- para que el paradigma se quiebre. Paradójicamente ha hecho falta, sobre todo, que la Rusia postperestroika, se alce contra un sistema que imaginamos seguro en su impredecibilidad de mano invisible. No son justicieros: los que atacan son lo peor, los residuos de lo que no pudo ser. Y la clave es su poder de alianza con otras realidades –China- también contaminadas de neoliberalismo o con enemigos internos de ultraderecha a los que les viene muy bien considerar a sus adversarios locales como comunistas y punto y a algunos comunistas lejanos como patriotas ejemplares.

Nunca mejor dicho: hay mucha justicia histórica en que Fukuyama, ahora, escriba y diga que el neoliberalismo se ha pasado de rosca, que es imposible un mundo detenido sobre sus prejuicios y que la socialdemocracia debe regresar para que sea posible un orden mundial, la paz y esas cosas que se suponía hechas con la globalización de los ricos. No he tenido tiempo de leer al Fukuyama regresado de entre los muertos y no sería justo abundar en la crítica. El libro se llama ‘El liberalismo y sus desencantados’ y un crítico sintetizaba su sentido diciendo que es una defensa del orden liberal-democrático pero sin demonizar al Estado.

Más poéticamente me lo imagino cauto, tranquilo, dirigiéndose a una puerta mítica a la que puso el cerrojo, abriéndola, asomándose y preguntando: «¿Hay alguien hay?». Porque lo malo es que una socialdemocracia como la tantas veces mitificada ya no es posible y la economía digital hace imposibles ciertos regresos. En fin, pues eso, que Gorbachov se ha muerto y Fukuyama nos pide que empujemos. Es una coincidencia. Pero, a falta de otra cosa que hacer, conmueve y da para pensar.

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