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La Opinión de Málaga

Roberto López

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Roberto López

Paddle Surf

Paddle surf cerca de la cueva del Llop Marí, en l'Hospitalet de l'Infant. Luis Davilla

Todo empezó con una cena, hace unos días, en casa. Alguien dijo: «Un juego…, ¿resumid vuestro verano en dos palabras?». Dos palabras. Entonces uno disparó, «esperando septiembre»; otro espetó, «sin parar»; otra, «ando despechá» y, luego, risas y brindis y lo típico. Yo, cuando me tocó, ni lo pensé y solté, «paddle surf». Sí, si tengo que resumir mi verano en dos palabras se queda así: «paddel surf». Sé que parece una frivolidad pero no lo es. Paddle surf como una religión, una devoción, un veneno, una necesidad, la liturgia de los días, un juego de niños… Algunos pensaréis que el paddle es como un surf de geriátrico, vale, también, puede ser.

Uno, que ya peina canas, piensa que las cosas que me hacen más feliz son aquellas que me gustaban cuando era pequeño. Ya sabéis, lo de Rilke, y eso de que «la infancia es la única patria que nos queda». Montar en bici, hacer programas leyendo el teletexto, nadar en el mar, los veranos, los amigos, la música, los libros, la comedia, el arroz, el chancleteo… Lo que me gustaba de pequeño, me hace muy, muy, feliz de mayor. En mi caso, está comprobado. Una vez escribí que los mayores somos niños perdidos que buscan volver a casa. Pues eso, un juego de niños; algo realmente notable, serio e importante.

Esta cosa tan loca del verano y el paddel, como un notable, serio e importante juego de niños, empezó con los Hermanos Toro. Paco Toro me invitó a conocer a su hermano, Carlos, un jefe de la tabla que tiene su propia escuela en Rincón y que me dio las primeras clases. Ni él, ni yo, sabíamos que el enganche llegaría al tiempo como un veneno del bueno. Probé varias veces y este año pillé mi propia tabla y la gran ola. Las primeras veces con más actitud que otra cosa; después, caí en la cuenta de que había nacido para esto. No exagero. La gente suele sonreír cuando lo digo pero es verdad: «he nacido para el paddle surf». Ok, ahora podéis sonreír. Levemente, por favor.

No es una frivolidad, ni una columna por la cara, aunque lo parezca. Cada uno elige una opción para escapar. Yo, este verano, elegí agua. Decir ‘paddle surf’ es decir, como la canción de Agustín Lara, «el mar, el cielo y tú», o como la de Supersubmarina, «arena y sal», sol, poniente, corrientes y espera, deporte y desconexión, soledad, meditación, saber que desde que pillas la tabla estás activo, sin pantallas, lejos, sin ruidos, solo tú, entendiendo que la salida es hacia dentro, que una ola no explica todo el mar y que hay otros espacios. Para un hombre de tierra, el mar siempre es algo muy exótico.

Gracias al paddle, he visto el mar en todas sus posibilidades, todos los días distinto, todos, como una seda arrugada o tensa, un mar silencioso, manso o enfadado, un mar irreal como un chroma de televisión, cosido al cielo, oscuro, pastel, deslumbrante, melancólico y turbador. Un mar como un jardín o como una sala de espera. Un mar sabio que te enseña que en este universo todo cambia o un mar implacable que siempre te obliga a ser orilla.

Gracias a este juego de verano, esta aparente frivolité, he visto cosas que no creeríais. He visto delfines juguetones, como de PVC, que se acercaban a mi tabla a preguntar «¿qué tal?, ¿quieres algo?», he visto gaviotas, pardelas, alcatraces, aves de paso, medusas de colores como lámparas de noche luminiscentes, eléctricas, prehistóricas, y bancos de peces de metal sobrevolándome bajo los cimientos de Sierra Nevada, barcos del contrabando sobre atardeceres fugaces y atardeceres incendiados por un lado. He visto la línea del horizonte verde desaparecer y fantasías animadas.

Es entonces que llega la magia y te acuerdas de C.S. Lewis cuando escribió aquello de «no tienes un alma, eres un alma, tienes un cuerpo», o aquello de Edgar Allan Poe de «todo lo que vemos es un sueño dentro de un sueño», y algo sublime, verdadero y lírico se desborda y viro la tabla esperando encontrar La Maroma al fondo, el puerto, los acantilados, el incendio, tu silueta en medio del taró… Sí, ya sé que esto es la columna de un flipado pero es que, cada vez más, creo que la vida es de los que se flipan, los motivados, lo hambrientos apasionados… Hay que fliparse más. Como en la canción de Vetusta Morla, a los que vi en el Big Festival, y me volvieron a romper la voz: «todo el mundo necesita un sí/ alguien cerca a quién llamar papá».

En fin, que cada uno tendrá su manera de fliparse y escapar, digamos tirar de pasión y posibilidades, y yo este verano me he quedado con esas dos palabras: ‘paddle surf’. Otros responden, «Real Madrid», «sexo furtivo», «Carlos Alcaraz», «take easy», «La Cala»…, y en cada caso, oye, está bien. Lo dicho: cada uno con lo suyo, con su pasión, con esa parte de la vida lateral que importa, con sus dos palabras del verano, su religión, su veneno, su salida de emergencia, aquel juego de niños que sigue aquí y te hace feliz, la siguiente ola, el siguiente mar, mi mar, la mar.

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