En esta era tan trepidante de las nuevas tecnologías, los objetos -nosotros - se van haciendo obsoletos de la misma forma y tiempo real en la que se consume una granizada en una tarde sofocante de estío, observando desde la bahía de Málaga como se nos derrite la ilusión por el humano encuentro. Una acometida continua por avanzar hacia un futuro – ya presente - donde el intelecto artificial avanza de manera desorbitada por una red de microcircuitos a través de macro corporaciones con la intención de desplazar, en el nombre del discernimiento y el progreso, a la inteligencia connatural y emocional.

Sin ánimo de ir contra los avances científicos tan convenientes, ni adoptar en este sobrevenir de mi existencia una oportunidad de participación en la comunidad Amish, lo cierto es que estos avances deberían ir, sin ninguna duda avezada, dirigidos al bienestar de todos los que habitan este orbe tan prodigioso como desigual e injusto. Esos individuos que éramos capaces de quedar en un lugar sin conexiones previas; sujetos que concertábamos la reunión sin necesidad de aviso; seres ajenos a la nostalgia por el próximo reencuentro. Cuando todas las fórmulas fallaban, íbamos a una cabina de teléfono y con las monedas reunidas en cooperación asociativa, realizábamos la llamada para preguntar por la tardanza o ausencia del aliado. Aquellos teléfonos públicos y cómplices donde en sus cabinas como soportales dejamos las mejores intenciones de amor y las más tristes palabras de desengaño. Aquellos teléfonos públicos que se hicieron más privados -confesionarios del devenir – en una etapa existencial cuando todo nos parecía inteligentemente natural. La memoria no siempre fue digital. Ellas, las cabinas, igual que la Inteligencia Artificial (IA), nos aplicaron: reconocimiento de voz y fueron un motor de recomendación para nuestras propias conciencias. Larga vida a las añoradas cabinas.