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La Opinión de Málaga

Fernando Ull Barbat

EL OJO CRÍTICO

Fernando Ull Barbat

Para Javier Marías, con mi agradecimiento

Javier Marías, en una de sus visitas a la Feria del Libro. EPE

En 1995 me examiné de Derecho Mercantil, una de las últimas asignaturas de la carrera de Derecho, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante. En aquella convocatoria el examen era escrito y constaba de varias preguntas de relativa extensión. El programa constaba de unos cuarenta temas, algunos de los cuales los alumnos habíamos tenido que prepararlos por nuestra cuenta ya que el manual de la asignatura no hacía referencia alguna. Como era habitual en mí acudí al examen con serias dudas. Todas aquellas horas que pasaba leyendo, en la playa o tumbado en mi habitación, pasaban factura. El ambiente universitario me aburría profundamente y cuando salía por la noche no hacía más que tropezarme con paletos. Leer y el cine eran las únicas formas que tenía de evitar pensar en todo eso.

Cuando leí las preguntas constaté que mis posibilidades de aprobar eran escasas. La tónica habitual en la facultad era que para superar cualquier asignatura había que responder de manera correcta y extensa a todas las preguntas. Según cómo se hiciese se podía aspirar a obtener una nota mayor. Así que pensé que ya que iba a suspender lo haría con estilo. Meses antes había leído dos libros de Javier Marías que me habían impactado: Corazón tan blanco (1992) y Mañana en la batalla piensa en mí (1994). Su manera de escribir rompía con los cánones habituales en la literatura española de aquella época. Sus personajes eran gente culta y educada, con profesiones liberales, que uno se imaginaba viviendo en casas luminosas, con sofás de color beige, paredes blancas con láminas enmarcadas de Tápies y Miró y librerías con las obras de Albert Camus y Shakespeare mientras de fondo sonaba un disco de John Coltrane. Lo más opuesto, por tanto, al cutrerío franquista que aún arrastrábamos los españoles y que se hacía notar también en la literatura. La influencia de autores como Cela o Gonzalo Torrente Ballester era muy acentuada a finales de los 80 y principios de los 90.

Sentado en el aula en el que me examinaba decidí responder a las preguntas utilizando el estilo de Javier Marías. Cada frase que escribí lo hice recordando algún párrafo de aquellos dos libros, con sus largas frases subordinadas y los adverbios y verbos colocados como si fuera una traducción del inglés. Así, al explicar la posible nulidad de los acuerdos tomados en los consejos de sociedades mercantiles recordé las primeras frases de Corazón tan blanco, «no he querido saber, pero he sabido...», uno de los mejores comienzos de la literatura en español, escribiendo yo «socios de sociedades mercantiles que han firmado, pero no han querido firmar, un acuerdo que no...». Mientras rellenaba el folio blanco que tenía delante de mí no podía evitar sonreír. Tenía que apretar un poco los labios para que no se me notase. Una de las profesoras que vigilaba a los alumnos se dio cuenta y se quedó mirándome.

Javier Marías, fallecido hace unos días a la edad de 70 años, no sólo creó un estilo único de escritura en el que mezclaba el ensayo, la autobiografía y el estudio del alma humana, sino que nos demostró que los españoles podíamos equipararnos con cualquier país europeo en una calidad literaria alejada de los tópicos. Para muchos europeos ignorantes España seguía siendo, en los años 80, la Granada de Washington Irving en Cuentos de la Alhambra o La Biblia en España de George Borrow. Los personajes de Marías, sin embargo, eran cosmopolitas que viajaban por Europa, que se movían en ambientes culturales, que hablaban de cine y de jazz y que tenían cuentas pendientes con el pasado. Siempre estuvo muy unido a su padre, el filósofo Julián Marías, al que el franquismo vetó en la universidad española, por lo que la familia Marías tuvo que irse al exilio de EEUU.

Tengo la sensación de que la literatura española está entrando en una fase sin referentes claros. No hay sustitutos ni sustitutas para Javier Marías, Almudena Grandes, Juan Marsé, Rafael Chirbes o Javier Reverte. Tampoco lo habrá, al menos por ahora, para un Antonio Muñoz Molina ni para un Manuel Vicent. En el panorama literario español actual predomina la literatura del yo que se empeña en hacernos creer que contar la vida de un chico de barrio en la España de los 80 es parecerse a Dickens o que una treintañera urbanita que cuenta sus vicisitudes al irse a vivir al campo se convierte en una moderna Esquilo.

Fui el primer alumno en entregar mi ejercicio. Dos folios con buena letra y las comas en su sitio. Incluso dejé un espacio después de cada punto y seguido. Días después me acerqué al seminario de Derecho Mercantil y vi la lista con las calificaciones colgada en un tablón de anuncios que había en el pasillo. Había aprobado. Me dije que si algún día me encontraba con Javier Marías le contaría que gracias a él había aprobado aquel examen.

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