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La Opinión de Málaga

José María de Loma

Viento fresco

Jose María de Loma

Descanso al fin

Hay dolores que se transmiten y dolores que se retransmiten

El rey Carlos III ante el féretro de su madre, Isabel II, en la abadía de Westminster Dominic Lipinski/PA Wire/dpa

Si con Isabel II muere el siglo XX, no veas si nos está costando enterrarlo. A ver si ya descansan en paz, el siglo y la monarca, y nos dejan ídem. Es la primera vez que en las televisiones se habla más de aristócratas que de famosos. Más de reyes que de islas y tentaciones. Si una de las funciones del boato y la pompa y el ceremonial, lo catedralicio e institucional es hacer pequeño al individuo frente al Estado y los poderes de siempre, a fe (anglicana) que lo han conseguido. Pero no solo pequeño, también entumecido y aburrido del tema se siente uno. La muerte no nos iguala; nos hace espectadores. La muerte no es el final, dice el himno de la Legión: sobre todo en el caso de Isabel II, que sigue de fiesta fúnebre pese a que murió hace ya una pila de días. La mitad del reinado de Carlos III se le va a ir en el funeral.

La ceremonia fue un pase de modelos lúgubre. Salvo por Macron, que se dejó ver con un look como de ir a picar unas gambitas a mediodía un sábado. Todas las familias reales presentaron sus respetos a la monarquía inglesa, que lucha por ser respetada tanto como se respetaba a Isabel II. Ha sido un funeral global. Isabel II puede haber sido el ser humano que más gente haya congregado en su entierro. Si contamos los asistentes por televisión. Hay dolores que se transmiten y dolores que se retransmiten. Se nos ha muerto el siglo, dicen, pero muchos de los asistentes al funeral bien podrían ser representantes no ya del veinte, incluso del siglo diecinueve. Hemos tenido Isabel II hasta en el gazpacho e incluso hemos creído ver doble: cuatro reyes de España en Londres. Dos ejercientes y dos eméritos o retirados o cómo se quiera llamar. Juan Carlos no habrá podido evitar un pensamiento: cómo será el mío.

Don Juan Carlos y Doña Sofía. EP

No nos han faltado cronistas del funeral, pero si Tolstoi lo hubiera cubierto tal vez habría escrito que todas las familias reales se parecen, pero cada una es infeliz por los escándalos a su manera. Qué habrá sentido ese trono al notar por primera vez en décadas unas nuevas posaderas. Acostumbrado a ellas tal vez estas nuevas, de hombre anciano jovial, tenga tentaciones de romperse. Romper es a veces la única manera de huir de algo. Descansemos.

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