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La Opinión de Málaga

Rafael Simón Gil

EL OCASO DE LOS DIOSES

Rafael Simón Gil

Abogado

El paraíso de los muertos

Javier Marías no encajaba en ningún sitio, de ahí la vileza negándole el Nobel por no pertenecer a ninguna minoría precolonial, ni ser un perseguido político del tercer mundo que vive en el primer mundo, ni formar parte de las llamadas minorías vulnerables EFE

La fascinación que al mundo razonablemente hortera -insisto en lo de razonable- le produce la monarquía y la familia real británica es sorprendente. Véase, si no, el descomunal despliegue que las televisiones españolas han hecho a raíz de la muerte de Isabel II. Pero también la llamada prensa seria, tan conspicua y transcendente que resulta cuando nos pontifica, por ejemplo, con temas como el de las llamadas “ordenanzas contra la mendicidad” de ciudades no gobernadas por la izquierda y la extrema izquierda, porque en ese caso las llama ordenanzas de Convivencia Cívica, aunque unas y otras multen lo mismo (si la UE insta a buscar una solución a los sintecho -nos dicen- igual urgiría a las demás ciudades gobernadas por la izquierda y la extrema izquierda, lo que no nos dicen). Pero esa afectada disposición de la prensa seria decae cuando el color “pink” tiñe sus hojas de papel “couché”; entonces la sed lectora, el “circus morbidus”, ha de ser saciado por la razonablemente hortera información. Una sociedad, unos políticos, unos medios de comunicación -en general- tan críticos y mordaces contra la monarquía y la familia real española, se entregan hasta la súbdita extenuación para contarnos al detalle la muerte de Isabel II (qué desayunaba, la tienda donde compraba tarta de ruibarbo o el camisón de la jefa de protocolo real). Causa cierto pudor ver a nuestros periodistas, ellos y ellas, con caras solemnes junto a sus colegas de la Commonwealth, jugándose la reputación por entrevistar al peluquero de The Queen. En fin.

Y ahí encaja de nuevo la pérfida Albión; desde Lady Di, con ese angelical rostro quebrado de dolor por la infidelidad del marido, hoy rey Carlos III, con Camilla, que hacía volar al de Gales con las alas “compresivas” en busca de un amor teñido de la noble sangre de tantos antepasados; el príncipe Andrés -amigo de Epstein, un abusador sexual que se suicidó “oportunamente” en la cárcel como mandan los protocolos reales-, antes casado con Sarah Ferguson, filmada por un periodista que se camufló de empresario aceptando 585.000 libras del año 2010 por el acceso a su exmarido; o el nieto Harry, que con 20 curtidos años se disfrazó de nazi en una fiesta en vísperas del 60 aniversario de la liberación de Auschwitz. Y nuestros medios de comunicación hechizados con la “british monarchy”; o la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, declarando tres días de luto oficial por la muerte de su tocaya Isabel II, lo mismo que habría hecho, seguro, el alcalde de Londres o el expremier Boris Johnson referido a España.

Mientras, la España cuya monarquía no paran de fustigar ferozmente esos mismos políticos, periodistas y medios de comunicación, queda enjaulada con la muerte de una reina cuyos sucesivos gobiernos no le han devuelto su soberanía sobre Gibraltar. Ese insufrible placebo informativo impuesto a la población no evitará que ésta siga padeciendo el precio de la sandía, la electricidad, el gas, la gasolina, el colegio de los hijos y la inflación. Pese a la babeante información que se le está dando a los españoles del óbito real británico, no olvidan que la exministra de Vivienda, la socialista María Antonia Trujillo, enamorada de Marruecos y quizá de su régimen político, afirma que Ceuta y Melilla “son vestigios del pasado que interfieren en la independencia económica y política de este país y en las buenas relaciones entre los dos países”. Ella, oriunda de la Extremadura de Cortés, Pizarro, Valdivia o Núñez de Balboa. La pompa y circunstancia del Imperio británico se nos sirve en bandeja de plata junto al desayuno de “baked beans and scrambled eggs”, mientras que la epopeya de los conquistadores españoles se envuelve en el papel “fish and chips” de una leyenda negra que los ingleses inventaron contra España con el concurso acomplejado de los españoles. Como Trujillo con Marruecos.

De ahí que nuestro amado presidente Sánchez, bravucón en casa, dócil fuera, alimente la nueva leyenda negra de que España es el país con más desaparecidos forzosos después de Camboya, o de Birmania, o de donde sea, el caso es lograr que nos incluyan en el Libro Guinness de ese siniestro ranquin. Qué más da los millones de desaparecidos de la URSS, China, Turquía (el genocidio armenio), o los casos del Irak, Vietnam, Congo, Ruanda o la antigua Yugoeslavia. El paraíso de los muertos sigue siendo una obsesión gubernamental a despecho de la propia España, y, además, falso. Por cierto, ¿encontrará la ley de Memoria Histórica los restos de Andrés Nin, líder del trotskista POUM, asesinado (lo desollaron vivo) por sicarios comunistas de la URSS con la complicidad de sus camaradas españoles y el silencio de la II República? ¿O se repetirá lo que contestó Negrín y los comunistas a la pregunta dónde está Nin?: en Salamanca o Berlín.

En este obituario artículo aderezado por los instintos “tricoteuses” de la revolucionaria mediocridad en que vive España, quien se ha muerto es Javier Marías, escritor intenso, distante, iconoclasta con el pastoreo de la cultura donde ceban tantos “abajofirmantes”. Ajeno al poder y los nuevos “lobbies woke”, Marías no encajaba en ningún sitio, de ahí la vileza negándole el Nobel por no pertenecer a ninguna minoría precolonial, ni ser un perseguido político del tercer mundo que vive en el primer mundo, ni formar parte de las llamadas minorías vulnerables, ni haber tenido una infancia y una familia desarraigada. No encajaba porque tengo para mí que Marías resultaba incómodo hasta donde escribía sus artículos dominicales; por ser amigo de Pérez Reverte, Vargas Llosa y Fernando Savater; por atreverse a decir que lo más grave que le puede ocurrir a una sociedad libre y democrática es tener miedo de opinar en voz alta; por criticar el lenguaje políticamente correcto; porque nunca se afilió al club de la “ceja”. Isabel II superó a Marías en 26 años de vida. Quizás un cierto equilibrio funerario habría sido más beneficioso para quienes aman la cultura y la libertad sin estipendios. ¿Reivindicarán ahora los “abajofirmantes” que se rebautice la estación de Atocha con el nombre de Javier Marías? No. A más ver.

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