Comienza la agenda expositiva otoñal con un moderado optimismo en sus expectativas, a pesar de la precariedad del negocio galerístico más los devastadores efectos de la crisis, que parecen no menguar. Esa es la impresión general de sus responsables: una actitud favorable que ha propiciado, incluso, nuevas aperturas, remodelaciones y cambios de sede a puntos estratégicos de Marbella y su comarca; gestores que miran con esperanza la recuperación pospandemia, de ahí el runrún de artistas que se esperan en galerías, museos y centros culturales durante los próximos meses en este rincón de la Costa del Sol. 

Como arranque de la temporada, el Ayuntamiento de Marbella ha organizado una exposición-homenaje al pintor Perdiguero en el Centro Cultural Cortijo Miraflores, antológica que se inauguró el pasado 19 de septiembre. Aunque nacido en Archidona (1933) y tras una estadía en Málaga, se estableció en Marbella en 1969 donde formó parte activa de su vida social y cultural, además de forjar una fecunda carrera artística nacional con un dilatado currículo de exposiciones y premios, hasta su fallecimiento en 2020. Por su vinculación con el paisaje tradicional, en ocasiones su pintura ha sido etiquetada dentro de los parámetros del luminismo malagueño, con cuyos principales representantes compartió concursos, colectivas e incluso proyectos comunes, como el grupo Nueve Pintores (1973-1993) o Pintura, Base 7 (1987).

Pero esta afinidad estética no debe presuponer una similitud estilística, pues entre sus rasgos diferenciadores destacan la asunción de las vanguardias renovadoras y, sobre todo, el tratamiento de la luz, nunca fogosa ni vibrante –tan familiar a otros autores malagueños- sino amortiguada y envolvente. Una luz que compartimenta espacios y define la estructura de la composición, entendida como un ejercicio constructivo basado en el binomio forma/color. 

De resultas, el cromatismo se presenta armónico y compensado, sin luces dramáticas ni contrastadas; una singular conjunción muy evidente en sus cuadros de flores, que se convierten en hermosos planos de color, y, principalmente, en los paisajes (su género preferido), donde una luminosidad indefinida deshace la materia pictórica y transforma pueblos, laderas y collados en espacios casi extraños a la realidad natural. Si Claude Monet se desesperaba ante la imposibilidad de plasmar la luz de un momento fugaz, Perdiguero troca esa fugacidad en una secuencia atemporal, ajena a rutinas y avatares, como si un velo de pureza humano o divino condicionara ese rincón de la naturaleza. Como la consecuencia benéfica de una luz derramada.