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Fran Extremera

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Fran Extremera

Lecciones a base de lágrimas y de estados de ánimo

Rubén Castro lamenta una ocasión perdida ante el Villarreal B Gregorio Marrero

Llora, nene, llora. Suena a lo lejos el soniquete de cualquiera de las atracciones, a las puertas de que Santo Tomé se disponga a enfilar hoy la traca final de sus festejos patronales. Y ha sido una semana muy lacrimógena, sí. Por qué no hablarles de los estados de ánimo en el deporte. De los de este camino que es la vida. De las lágrimas, en términos generales.

Hubo un tiempo en el que llorar era de cobardes. Hubo deportistas que nunca lloraban en público. Hubo etapas en las que los hombres no lloraban. Ni de chicos ni de grandes. Estaba mal. O eso se decía. O se decía que no se debía. Pero derramar lágrimas es un acto vital de primera necesidad. Retenerlas, no dejarlas fluir, en público o en privado, es insano.

Esta semana se nos fueron en un abrir de ojos tanto el mismísimo Federer como el tan cercano y malaguista Pablito Guede. Y hemos llorado con ellos. Con lágrimas de las de verdad. No como las de la mayoría de actores en películas y series (que ni siquiera todas ellas son fingidas, por cierto).

A Guede se le quiere mucho en Málaga. Le hemos gritado o susurrado que había dejado de tener crédito en el banquillo, lo que no quita que su malaguismo sea incuestionable. Lo dio todo de corto y lo ha dado todo pizarra en mano. Pero lo uno no quita lo otro. El fútbol es un estado de ánimo. Y que entre la pelotita. Y si no entra, ya se sabe. No hay manera.

Casi un año lleva La Rosaleda esperando a cantar victoria. Se nos empieza a olvidar lo que era eso de echar la tarde en el templo y bajar Martiricos con la satisfacción de tres nuevos puntos de una tacada. La tacada es la que falta. Porque sin taco no hay fichajes de esos que agudizan el ataque y dan triunfos. Lloraré las penas, sí. Con la esperanza de que este club vuelva a ser lo que fue. Y ahogaremos tanto sufrimiento, pero con lágrimas de emoción, el día en el que resuene bien fuerte un nuevo triunfo en La Bombonera.

Nadal es el otro protagonista que esta semana pasada nos ha hecho llorar. Nos ha dado su enésima lección. Esta vez de nuevo tras una derrota. Porque hay que saber ganar, una y mil veces, pero sobre todo se alecciona (para adentro y para fuera, de cara al público) cuando se pierde. Él ha perdido a un amigo en la pista. Porque Federer ya no volverá a vestir de corto de manera oficial. Y su mejor consuelo ha sido compartir sus lágrimas. Agarrarle la mano. Decirle que nunca caminarás solo. Y sobre todo expresarle que, por encima de clasificaciones, que quedarán por siempre pero irán desapareciendo de nuestras memorias como humanos que somos y nada eternos que son los milenios, quedará por siempre su extraordinaria fraternidad.

Los dos más cercanos rivales en la pista, inmortales en la historia del tenis moderno, han sido y seguirán siendo «hermanos». Porque hay hermanos que no elegimos y otros que no son de sangre que las vida nos va poniendo en el camino. Estas líneas que fluyen con ecos de emociones a flor de piel, de las de verdad, de las no fingidas ante la cámara, no pretenden otra cosa que servir de oda a la amistad.

Guede, Nadal, Federer y tantos otros héroes del deporte contemporáneo, en distintos momentos del año, nos han hecho llorar. De emoción. Porque llorar es sano y nos marca el ritmo de nuestras vidas. No quiero que este artículo que cierra la edición de lunes, que abre una semana y por lo tanto muchas esperanzas e ilusiones, no acabe sin dedicatoria.

En tiempos de Toulalanes y de Joaquines, de sueños de una noche de primavera en suelo alemán, de «robos» que hubo antaño y que han vuelto hace nada, en Tenerife (pobre Pablito, que te costó ese banquillo por el que tanto luchaste), hubo un abuelo que nos hizo llorar. La pasada semana volvió a hacerlo. Tú también eres eterno. DEP.

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