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Joaquín Rábago

Los electores se sienten cada vez menos representados

Giorgia Meloni. Reuters

Junto al triunfo de la extrema derecha en Italia, algo que venían pronosticando todas las encuestas, lo más significativo tal vez de las elecciones del domingo sea la enorme abstención registrada.

Mientras que en las primeras elecciones a la Cámara de Diputados de ese país, celebradas en 1948, participó algo más de un 92 por ciento del electorado, ese porcentaje ha ido bajando año tras año hasta situarse ahora en algo menos del 64 por ciento de las personas con derecho a voto.

El crecimiento del abstencionismo es una tendencia que se da en todos los países, incluso en aquéllos, aunque sea en menor medida, donde como es el caso de Australia, el voto es obligatorio y no ejercerlo supone una sanción económica.

Culpar siempre de ello a los electores, como hacen algunos políticos, es demasiado fácil, y supone no querer ver que esa actitud tiene sus causas y que muchas de ellas tienen que ver con la propia política.

Como señala un analista italiano en relación con lo que sucede en su país «el presupuesto mínimo de una democracia es que en los órganos decisivos estén representadas más o menos proporcionalmente las necesidades y las ideas de los ciudadanos».

Y la falta de representatividad que lastra a la democracia se traduce, por ejemplo, en el hecho de que partidos ideológicamente opuestos a juzgar por unos programas que nadie lee, terminan promulgando las mismas o parecidas leyes sin tener en cuenta sus promesas de campaña.

En el abstencionismo, por un lado, pero también en el triunfo de la extrema derecha de Giorgia Meloni y sus compañeros de La Lega y Forza Italia, han tenido mucho que ver lo ocurrido, por ejemplo, tanto durante la epidemia del Covid como, este año, en la guerra de Ucrania.

Así, muchos ciudadanos de ese país se rebelaron contra la obligación para determinados grupos de población de vacunarse o la de exhibir el llamado ‘green pass’ (certificado de vacunación) para acceder a sus puestos de trabajo.

Y en cuanto a la guerra de Ucrania, si los sondeos indicaban que un 69 por ciento de los italianos eran partidarios de negociar con Rusia y un 44 rechazaba el envío de armas a Ucrania, sólo un 6 por ciento de los diputados y todos los senadores excepto los del grupo mixto votaron en ese sentido.

Y mientras la mitad de los italianos era partidaria de suspender las sanciones a Rusia por su invasión ilegal del país vecino y casi un tercio pensaba que nunca debieron aplicarse porque perjudicaban más a la propia Italia que a Rusia, sólo uno de los eurodiputados italianos se opuso al embargo total decidido por el Parlamento europeo.

¿Quién representa a aquellos ciudadanos italianos, pero también alemanes y de otros países, que consideran que es primordial proteger a la industria nacional, de la que dependen tantos puestos de trabajo, e impedir que las familias pasen frío este invierno por culpa del boicot al gas ruso?

¿Qué políticos representan a cuantos se oponen a la actual carrera armamentista o los que consideran que la carestía del gas y de tantos otros productos de la vida diaria, que la inflación que nos asfixia tiene más que ver con especuladores e intermediarios que con la criminal locura de Vladimir Putin?

Si crece en todas partes el abstencionismo, dejemos de atribuirlo sólo a la apatía de los electores; si queremos salvar la democracia e impedir el triunfo de la extrema derecha, tratemos de entender las causas profundas de tal comportamiento.

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