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José María de Loma

Notas de domingo

Jose María de Loma

Osos y fresas

Osos y fresas. L. O.

Lunes. Yo es que no sé la manía de no ir a la playa los lunes. Me llevo ‘Una historia ridícula’, de Luis Landero. Va uno recuperando el vicio por Landero, algo abandonado. Es la segunda novela en poco tiempo que devoro de él. Mientras leo en la orilla pienso si no sería mejor haber traído una silla. El saber si ocupa lugar. Si vengo a la playa cargado de libros y periódicos no tengo manos para traer una silla. Todo el mundo trae sillas a esta hora, que es la última de la tarde, la mar amansada, el sol ahí resistiendo y la sombra que dan los edificios altos imponiéndose. Creo que soy el único sin silla. Unas señoras conversan cerca de mí. Cada una con su silla, claro. «Ya estos días hace frío como para venir a la playa», dice una. Eso sí que es cabalgar contradicciones. Me mojo los pies.

Martes. En la quietud del alba me sorprendo leyendo declaraciones de Yolanda Díaz contra el consumo de fresas todo el año. Cree que esto es forzar a la naturaleza, alentar formas perniciosas de demanda y consumo. Alterno la lectura de editoriales y columnas con la masticación placentera de magdalenas y todo el café me sabe a poco. Me asomo al balcón. A algún sitio hay que asomarse. Veo a un señor paseando a un perro. Al alba, todos los señores son pardos. Cuando al fin se atisban evidencias de vida inteligente en el salón, le pregunto a Amaya por las declaraciones de la ministra. Me dice con laconismo: en Huelva hay fresas todo el año. Ducha. A la hora convenida entro en La Mañana de Canal Sur junto a Quico Chirino, subdirector de Ideal de Granada y Paloma Cervilla, de ABC. El conductor, hoy Manuel Pérez Alcázar, me pregunta por un seísmo que se ha producido en mi ciudad. A veces lo que más se aprecia de un tertuliano es su sincero aplomo: pues no sé; yo no me he enterado, le digo. Pasamos a hablar de impuestos.

Miércoles. En Estados Unidos creo que las llamaban soccer mom, las mamás del fútbol. O algo así. Son esas madres que van con el coche de un lado a otro de la ciudad llevando a sus hijos por la tarde a las actividades. Y vagan haciendo tiempo para recogerlos, esperando a que sus vástagos, incluso hijos, terminen el francés, el kárate, el ballet, el fútbol o lo que quiera que estén haciendo. Una hora y media por delante en el otro extremo de la ciudad. Eso tengo. Un extremo algo desconocido para mí. Siempre me ha fastidiado/fascinado la expresión hacer tiempo. Como si pudiera fabricarse. El tiempo hay que aprovecharlo, comerlo, espantarlo, llenarlo. No sé. Camino. Veo edificios, examino fachadas, pienso argumentos para relatos. Aprieto el paso, veo las nubes. Podría sentarme en una cafetería. Si hubiera. Si fuera hora de café. A mí me quita el sueño nocturno el café a partir de las seis de la tarde. O eso creo, porque cada noche es un mundo. Recojo a mi hijo.

-Papá, qué has hecho todo este rato.

Jueves. El mundo es de los osados. No nos aclaran si osados panda, osados polares, hormigueros o de Alaska.

Viernes. A esta hora tendría que estar en Sevilla. Miro la temperatura de esa ciudad, imagino su cielo y recorro mentalmente el trayecto que suelo hacer desde la estación hasta mi destino. Mi asiento del tren ha viajado vacío. Tal vez triste. A lo mejor con un okupa de posaderas más difíciles de llevar que las mías. Quién me habría tocado al lado. Tal vez un viajante de Nuremberg o una arquitecta de Oviedo. Ese botellín de agua que hubiera comprado en la estación, ¿quién se lo habrá llevado?

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