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Asencio Mellado

Vuelva usted mañana

José María Asencio Mellado

Catedrático de Derecho Procesal de la UA

Ser católico en tiempos de mediocridad

Ser libre y demócrata significa defender la libertad, sobre todo la ajena, pues hacerlo de la propia es común a cualquier conducta humana. Aquellos que ensalzan sus principios reclamando su respeto, pero a la vez exigen que los contrarios sean desconocidos o combatidos, son otra cosa, aunque en esta sociedad de simplicidad autoritaria y dogmática despótica sean vistos como paladines de un mundo nuevo y aterrador.

La lucha de los progresistas se entiende desde la comprensión de que se hallan instalados en lo anacrónico y lo sectario para hacer valer sus a veces indetectables axiomas indiscutibles. Esa lucha sin cuartel basada en dogmas presuntamente laicos se enfrenta indisimuladamente al fenómeno religioso, especialmente a la Iglesia católica y expresa algo más que una manifestación externa de la sinrazón y el fanatismo que dicen combatir, para convertirse en instrumento de represión y control social. Detrás de los discursos, tantas veces hirientes y despectivos hacia la fe por parte de quienes se mueven también por la fe en líderes de barro y utopías creadas para uniformizar las masas, hay más de objetivos carentes de virtud y de rencores centenarios, que de la debida fraternidad universal que obliga al respeto e, incluso, al acogimiento pleno del disidente, entendiendo por disidente quien no se pliega al pensamiento único que empobrece la convivencia y caracteriza a la mediocridad intelectual.

El progresismo desmemoriado, por memorizar solo fragmentos interesados de la historia que se quiere oficial (eso no es historia, sino propaganda), tiene entre sus objetivos para construir el nuevo mundo atacar el fenómeno religioso, que forma parte de la dignidad humana, intrínsecamente, por ser la religión un conjunto de valores, principios y creencias propias, inseparables de cada ser humano y sus vivencias y sentimientos. Y lo tiene en cuenta para reducirlo, porque así lo dictamina desde su autoritarismo ciego, a mero hecho privado, secreto, a diferencia de otros sentimientos que se quieren por decreto elevar por encima de aquel. Llama la atención que los no creyentes afirmen que Dios no existe y que la religión es una creación humana, sin percatarse de que las ideologías políticas, la democracia y el dinero, por ejemplo, lo son también, tan humanas y creadas como las que ellos consideran, parece, universales y eternas. Quienes creemos no asimilamos tales realidades, pero tampoco exigimos imponer una jerarquía basada en nuestras convicciones y menos aún que las impongan desde la relatividad subjetiva y caprichosa, dictatorial, de quienes carecen de legitimidad para hacerlo.

Son tantas ya las ofensas, los ataques, el menosprecio que se dispensa al catolicismo, normalmente cargados de calificativos con tan escasa base racional y tanta elementalidad desnuda de conocimiento, que se les ha ido de las manos la pasión censuradora. La nueva izquierda, para nuestra vergüenza, calla ante la represión de la Iglesia católica en un país como Nicaragua, con detenciones, prisiones y violencia. O, en general, adopta una total indiferencia, tan dada ella a la lucha interesada por la no discriminación, claro está selectiva, ante el asesinato el año 2021 de casi seis mil cristianos solo por serlo, alcanzando la cifra de trescientos sesenta millones los cristianos perseguidos en el mundo por sus creencias.

No hay manifestaciones de rechazo al régimen nicaragüense, exaltado por los líderes de la libertad arrendada a las colectivizadas sociedades del pensamiento único; la prensa tampoco ve un interés especial en tales crímenes y en ocasiones, solo en ocasiones dedica un breve a la noticia. Qué interés tiene que mueran seis mil cristianos en el mundo. Es más noticia un insulto homófobo, intolerable, que el asesinato de veinte curas o monjas. Son más noticia unos insultos de descerebrados, que la injuria expresa a Dios y a la Virgen, que se acogen con orgullo como demostración de la heroicidad de la bajeza moral que asiste a quienes se ufanan de ello.

El vicepresidente de esta comunidad, un tal Illueca, de UP, presenta un vídeo en el que, con gran boato se «caga en Dios y en su puta madre». Pablo Iglesias se emociona con el discurso del sujeto y dice que es difícil no enamorarse de palabras tan esperanzadoras y repletas de afecto a la humanidad. Repugnante y definitorio de quien así se expresa.

Y ante esta ofensa a los sentimientos de quienes somos creyentes, pocas voces salen a reprochar o pedir un mínimo de respeto, especialmente a quienes con tanta ligereza se ofenden cuando se les tocan tantas estupideces como capaces son de generarlas cotidianamente. Se ha asumido socialmente que atentar contra la fe es muestra de libertad, pero hacerlo a otros valores, de extremismo radical. Una nueva moral oficial basada en el odio o el desprecio que exhiben con el orgullo típico de los dictadores imitados. Tan débiles intelectualmente como siempre. Tan limitados en el lenguaje, fruto del magín no cultivado o mal sembrado.

No seré yo quien les responda del mismo modo y menos de recordar a quienes, animados por sus debilidades o intereses (hipócritas sin atenuantes), ante expresiones similares respecto a políticos provisionales, piden el exilio y la muerte civil de los perseguidos. Ni tampoco quien exija a la fiscalía iniciar investigaciones por delitos de odio.

Todo es circular y se vuelve contra quien intenta componer un mundo oprimido. Y así será más temprano que tarde. La belleza de la concordia siempre se impone frente a los sembradores de la confrontación.

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