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Joaquín Rábago

Te acusan de filoputinismo aunque seas el Papa o Elon Musk

Un soldado de Ucrania en una escuela bombardeada en la localidad de Luch, cerca de la frontera con la provincia de Jersón, ocupada por las fuerzas de Rusia Vincenzo Circosta / Zuma Press / ContactoPhoto

«La primera condición para la paz es la voluntad de lograrla», escribió el filósofo de origen valenciano Luis Vives hace ya cinco siglos, en una época caracterizada por las continuas guerras entre príncipes cristianos.

Vives (1492-1540, nacido en el seno de una familia de judíos conversos y personaje a la altura de Erasmo y Tomás Moro, es autor de una copiosa obra en latín, entre la que destacan sus obras pacifistas (1).

No estaría de más que algunos de quienes gobiernan hoy el mundo se tomaran algún tiempo para leer a aquellos grandes humanistas: otro gallo seguramente cantaría.

Pero ‘paz’, ‘negociación’ y ‘diplomacia’ parecen ser hoy palabras impronunciables, y quienquiera las menciona es tildado inmediatamente de filoputinismo e insultado aunque se trate del papa Francisco o del hombre más rico del mundo, Elon Musk.

Se ha instalado en todas partes una peligrosa mentalidad de guerra fría contra la que es cada vez más difícil luchar, lo que engendra frustración y desánimo en quienes lo intentan.

Se sirven los grandes medios de un lenguaje cada vez más orwelliano según el cual armar a Ucrania es luchar por la paz porque con el diabólico presidente ruso es imposible negociar y ya sólo vale derrotarle en el campo de batalla.

Mientras tanto siguen muriendo militares y civiles en el país invadido aunque sólo veamos a las víctimas de los brutales ataques rusos y se oculte cuidadosamente a las del otro lado. ¿No es acaso significativo?

Pero sucede en realidad que mueren unos y otros, y ya nadie parece llevar la cuenta. Estamos más preocupados por el precio de la energía, fruto más de la salvaje especulación que de la guerra, pero no de los cadáveres de una u otra bandera, que siguen amontonándose en las fértiles tierras ucranianas.

Hablan nuestros medios con admiración del éxito de la contraofensiva ucraniana, que supone una humillación para el líder del Kremlin y sus generales, pero no se habla de lo que esa operación ha costado en humanas a los propios ucranianos.

Con el objetivo manifiesto de derrotar y humillar a Rusia, cueste lo que cueste, y poder llevar un día a su autocrático presidente ante el Tribunal Penal Internacional, se está destruyendo un país y vaciando, entre muertos y huidos, a la sociedad ucraniana.

Puede que lo primero no intereses demasiado a quienes piensan ya en el enorme negocio que supondrá la reconstrucción del país una vez que acabe la guerra y que lo segundo poco importe también a los que ven en ese conflicto sólo la oportunidad de dar a Moscú una lección que nunca olvide.

Vamos todos, a uno y otro lado de este conflicto, camino de una economía de guerra, en la que ya parece haberse instalado la Rusia de Putin, pero que, de prolongarse aquél acabará llegando también a nuestros países.

Por cierto, ¿a alguien se le ha ocurrido calcular el impacto de esta guerra, de cualquier guerra, en el cambio climático, que al parecer antes tanto nos preocupaba?

Los únicos que, junto a las grandes petroleras y gasistas, pueden congratularse de lo que ocurre son los fabricantes de armamento, que hablan abiertamente a sus inversores de las grandes oportunidades que ofrece el conflicto. Se ha adueñado de Occidente una peligrosa retórica belicista, disfrazada muchas veces de los más elevados ideales, a la que no son ajenos tampoco los partidos de izquierda. Y esto es lo que está dando alas en muchos países europeos a la extrema derecha.

¿No hay nadie capaz de parar de una vez esta espantosa carnicería? Ya que no lo hacen los políticos, ¿no podrían reunirse al menos las cabezas de las iglesias para condenar lo que ocurre y llamar a la concordia? Claro que, por desgracia, las iglesias ortodoxas han sucumbido también al nacionalismo.

(1) Entre las varias ediciones figura la titulada ‘Obras políticas y pacifistas’, con estudio introductorio de Francisco Calero, en la Biblioteca de Autores Españoles

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