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La Opinión de Málaga

Jorge Fauró.

ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Periodista

Humillados

La imagen es tremenda. Casi un centenar de inmigrantes en la frontera que separa Grecia de Turquía abandonados a su suerte. Desnudos, descalzos, sumidos en la vergüenza, humillados, carne de cañón que nadie quiere en su territorio, motivo de una disputa más diplomática que humanitaria entre dos países vecinos y socios de la OTAN. Moneda de cambio. La instantánea apenas ha durado 24 horas en los medios de comunicación y hoy ya son poco más que un suelto a pie de página.

Eran afganos, marroquíes, bangladesíes, pakistaníes e iraníes. O eso creen las autoridades. Si hay algo que iguala a la raza humana es la desnudez. Nos convierte en un conjunto homogéneo sin identidad. En mitad de un terruño fronterizo, huyendo del miedo, sin documentación, la imagen representa un atavismo tan antiguo como doloroso: al paria no solo se le condena a ser pobre, apátrida, desterrado o exiliado; hay que quitarle la dignidad, despojarle de todo cuanto le identifica con una clase social, con un oficio, con una raza, con un pasado, aunque con un futuro incierto; con una ideología, con la religión, lo mismo da solteros que casados que niños, padres de familia, imposible distinguir a unos de otros, el castigo de la humillación, el no ser nadie ni ser nada. Casi un centenar de ‘donnadies’ vagando hacia ninguna parte por un pedregal.

La imagen representa el símbolo de la vergüenza en las relaciones internacionales entre dos estados vecinos que se acusan mutuamente de abandonar a estas personas en la frontera. Ocurre a menudo que para dilucidar conflictos entre países que comparten lindes geográficos, lo que debiera ser un debate humanitario entre Turquía y Grecia en busca de una solución que apacigüe la zona, se ha convertido en un toma y daca del que los protagonistas de la fotografía han desaparecido del nudo del relato. El incidente acabará ante la ONU porque las autoridades griegas han subrayado que los migrantes fueron «víctimas de robo, lesiones corporales y tratos que ofenden a la dignidad humana» por parte de las autoridades turcas.

Según la Agencia de Fronteras de la Unión Europea, Frontex, Turquía les obligó a cruzar a Grecia a través de un río a bordo de botes de plástico, en lo que ha constituido el penúltimo capítulo de la escalada de tensión que desde hace meses mantiene a los dos socios en una especie de guerra fría que ha acabado enrareciendo las relaciones diplomáticas, a veces por las actividades turcas de exploración de hidrocarburos en aguas bajo jurisdicción griega y chipriota; a veces por el control migratorio procedente de países en conflicto, sin perder nunca de vista la posición ambigua del turco Erdogan respecto a Vladimir Putin y la guerra de Ucrania.

En su condición de miembro de la OTAN, Turquía ha acabado por convertirse en el socio incómodo de los países occidentales. Incómodo y necesario, como ese amigo molesto que resulta imprescindible para la cohesión del grupo. Comparte con Grecia el mar Egeo, se halla de Crimea a la misma distancia que separa Madrid de algunas capitales del centro de Europa, a tiro de piedra de Ucrania, Bulgaria y Rumanía, y su enclave estratégico permite a su Armada operar no solo en el Egeo, sino también en el mar Negro y en parte del Mediterráneo, que baña el sur del país. Esta situación geográfica, que históricamente protege a los miembros de la organización militar de las tentaciones rusas de expansión, obliga a Estados Unidos y Europa a ponerse de perfil frente a un régimen presidencialista poco celoso en materia de derechos civiles y que en el conflicto con Ucrania está jugando a dos bandas. Lo mismo facilita drones a Kiev que se opone a las sanciones a Rusia; tan pronto acusa a EEUU y a Europa de «provocar» a Moscú como ejerce de mediador para exportar gas ruso al continente.

Estamos acostumbrados a que estos juegos de tablero de la alta política se lleven por delante la dignidad, cuando no la vida, de quienes ninguna responsabilidad tienen en las decisiones de sus gobernantes. Salieron como parias de sus países para ser tratados como parias en el país de tránsito y como parias serán considerados en el país de acogida. Hoy lo hemos visto en Turquía, pero en su día asistimos al mismo espectáculo bochornoso y degradante en aguas de Malta, de Italia, en Ceuta o Melilla. Esta vez desnudos y humillados, privados del más mínimo decoro, sin honores. Y no parece que haya ningún país de Occidente dispuesto a reprender a Erdogan, siquiera una regañina. Nadie se acordará en el futuro de los 92 inmigrantes de la frontera.

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