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Matías Vallés

AL AZAR

Matías Vallés

El voto institucional a Sánchez

Si la derecha cede a la tentación de regresar al hooliganismo en la oposición, puede revertir la hostilidad personalizada contra el presidente del Gobierno

El ejercicio más arduo del periodismo consiste en deslindar la visión personal de un acontecimiento de su impacto general. Verbigracia, jalear los bailes de la finlandesa Sanna Marin sin valorar su pésimo efecto colectivo sobre el electorado burgués. Escribir en primera persona no debería estar tan mal visto en los medios de masas, porque es la única verdad. La renuncia a la voluntad analítica permite observar con mayor nitidez que el voto contra Pedro Sánchez no es una cuestión política, sino personal.

La solución tan azarosa como ingeniosa del PP consistió en contraponer un gerente como Núñez Feijóo a un presidente aureolado de radicalismo, y que había congregado la misma animadversión callejera que sus predecesores en su peor momento. El único problema era el calendario, porque costaría mantener la contención de los sectores más levantiscos de la derecha durante un año largo. En efecto, la era del sosiego conservador ha caducado, y cunde un nerviosismo que no mejora las expectativas de Sánchez, pero le concede la opción de una prórroga.

En el estado actual de la cuestión, si la derecha cede a la tentación de regresar al hooliganismo, puede revertir la hostilidad personalizada hacia el presidente del Gobierno. Como una esfinge, Feijóo iba a aportar el bálsamo sosegado tras una etapa de emociones fuertes. Sin necesidad de petrificarse, tampoco se le recibió para certificar que la histeria ha cambiado de bando. El éxito del político gallego reflejado de inmediato en los sondeos no se basaba en inspirar mayor confianza que Sánchez, sino en generar menor desconfianza que su antagonista.

Los insultos de «hijo de puta» y «cabrón» a Sánchez en el desfile de la Hispanidad suponen el punto de inflexión de la vigente tensión ideológica. Como en Sanna Marin, se superponen la visión personal y social de los epítetos vertidos este mes sobre el presidente del Gobierno. La libertad de expresión se superpone a la sensación de que no se está vituperando con saña a un gobernante pasajero, sino que se pretende un cambio de régimen. Reaparece el miedo entre las clases sociales que contemplan la realidad entre visillos. Ante este riesgo, desaparece el individuo y se advierte la amenaza a la dignidad. El voto institucional a Sánchez emerge como una opción para los ciudadanos de género político fluido. Este sufragio consiste en olvidarse de quién es para votarle por lo que representa.

Solo el PP es capaz de perder las elecciones, con su acreditada tentación al exceso. Feijóo intervino el martes en el Senado como si acabara de llegar de los abucheos en el desfile militar del 12 de octubre. Nadie escarmienta en cabeza ajena, por lo que era inevitable contemplar a las derechas recayendo en los errores nostálgicos que erosionaron al PSOE. En el vecindario de los populares, el delirio de Vox de recuperar el 36 es peor que un crimen, es un error.

El mayor triunfo de la ultraderecha no radicaba en haber incrementado su porcentaje de votantes, sino en haber disminuido la proporción de personas que no les votarían bajo ningún concepto. El fenómeno es mundial, y equivale al apaciguamiento de Marine Le Pen, humanizada como un ser enamorado de los gatos con quienes comparte vivienda. Por no hablar de la reubicación de la fascista Giorgia Meloni como inquilina del centroderecha. Hasta el insobornable Roberto Saviano ha expresado su confianza en que la primera ministra sea más italiana que ultraderechista, más caótica que ideologizada.

De repente, la ultraderecha amable recupera en España su espíritu montaraz, y por tanto minoritario. Confunde el decorado con la función. La izquierda se vio desbordada por el auge ultraderechista, pero todavía produce mayor perplejidad que los propios extremistas ignoren las razones de su pujanza. En contra de los partidarios de asignar el control de la actualidad a los Bill Gates de turno, las corrientes subterráneas siguen definiendo la evolución social.

Frente a un Feijóo lastrado por los fantasmas del pasado aunque consciente de los riesgos de un viraje emocional, Sánchez se presenta en modo kamikaze. No ha encontrado el resorte para invertir su situación agónica, pero tampoco se ha rendido. A falta de determinar si acabará arrastrando el voto institucional de la gente de orden, siempre con permiso de la inflación, su entusiasmo revive cada vez que el CIS presenta una encuesta descabellada. Los sondeos del activista Tezanos tienen el mismo valor que un placebo, pero hasta en Medicina abundan los ejemplos desconcertantes de enfermos que se han curado con pastillas de azúcar. La política española está al límite, no es la peor situación para Sánchez.

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