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Rafael Simón Gil

EL OCASO DE LOS DIOSES

Rafael Simón Gil

Abogado

Nos inoculan la ceguera, pero ellos y ellas ven perfectamente

En una sociedad escasa de inteligencia, ayuna de cultura y enemiga del esfuerzo merced a la exaltación que algunos políticos hacen de la mediocridad, confieso mi atávica prevención a echar mano del refranero español para advertirles hasta dónde pueden conducirnos ciertas ideas de las personas con poder. Sin embargo, reconozco que tantos siglos de refranes transmitidos de generación en generación, constituyen un buen bagaje como para valerte de ellos en ciertas ocasiones. Pero, y sobre todo, el refranero sirve para que de un modo sintético, sin alardes cultos ni exceso de erudición, la gente del normal comprenda de qué van las cosas. Como los políticos tienen muy arraigado usar un lenguaje flexible que va del blanco zafio al hortera azabache y que sirve igual para una cosa y su contraria, o para negar lo evidente sin caérseles la cara de vergüenza, no está mal que reciban mediante refranes unas cuantas dosis del ‘jarabe democrático que tanto le gusta recetar al telepredicador Pablo Iglesias antes de visitar al peluquero. Y es ahí donde pienso desplegar los fundamentos de esta antología epistolar.

No siempre es verdad aquello de «no hay peor ciego que el que no quiere ver», refrán dirigido a esos necios y necias que esconden la realidad pensando que así desaparece. En el caso que nos ocupa, la máxima popular cobra el sentido contrario: políticos, intelectuales, periodistas, élites de grupos de presión y otros popes sagrados de la vida cotidiana, no están ciegos, ven muy bien, aunque los creamos invidentes. Y no solo eso, lo que inquieta más de su comportamiento es el ladino hecho de que necesitan transmitirle a la ciudadanía esa ceguera que ni ellos ni ellas padecen. Vean -pese al oxímoron- algunos ejemplos canónicos.

Vivimos en dos mundos contrapuestos, el democrático y el otro. El primero de ellos -al que llamo el bueno- no es perfecto, comete errores y debe mejorar, pero es el mundo de ustedes dos, un mundo razonablemente equilibrado, respetuoso con los derechos humanos. Y hay otros mundos, aunque están en este (Paul Éluard) -al que llamo el malo-, que desprecian la democracia, los derechos humanos y la libertad del individuo. Su pretensión última es exigir no solo que su sistema sea admitido, sino luchar, con mayor o menor sutileza, hasta imponernos su modelo de valores. Es decir, no cambiarán jamás ni aceptarán que las reglas democráticas se instalen en sus sociedades; en realidad, y así lo aplican, no toleran que los principios consagrados como inherentes al ser humano en la Declaración Universal de los Derechos Humanos les obligue a cumplirlos en sus regímenes; y, finalmente, no tienen ni tendrán el más mínimo escrúpulo a la hora de recurrir a la violencia, a la fuerza, para mantener sus sistemas totalitarios y acabar con las democracias o llevarlas a la astenia.

Como resulta que de un tiempo a esta parte todos los planteamientos binarios en los que se basan los principios esenciales de una sociedad civilizada y democrática no están de moda en el lenguaje políticamente correcto, ni en el discreto encanto de nuestra progresía nihilistanaíf, ni en la lúgubre prisión identitaria en la que nos quieren enjaular, esos principios quedan castrados por fascistas, xenófobos, racistas, retrógrados y fóbicos. Por eso no se puede hablar de buenos y malos, de mejor y peor, ni tan siquiera de menos malos y más malos. Está prohibido por los sacerdotes de la multiculturalidad transversal, de la alianza de civilizaciones, del mundo woke, del fanatismo cambioclimático y de la supremacía absoluta de lo identitario. Un apresurado sustituto del comunismo fracasado, de la obsoleta lucha de clases y del caduco discurso que sostenía a una izquierda radical desnortada, ayuna de antropología histórica.

La caída del Muro de Berlín, el colapso del comunismo, la constatación irrefutable de que bajo su yugo se practicaron -y se siguen practicando- las aberraciones más execrables contra los derechos humanos, la libertad del individuo y los principios democráticos más elementales, todo ese palmario fracaso, digo, lleno de rencor y frustraciones (véase Putin), ha hecho dar un mayestático giro ideológico a los ‘otros’ -sobre todo a la extrema izquierda-, que hoy se alzan sobre los fanáticos pilares de la imposición identitaria. Regímenes e ideologías que siempre despreciaron el medio ambiente (Chernóbil, Mar de Aral, polución china), el maltrato animal, la persecución de las minorías, la libertad sexual, y que practican el racismo y la xenofobia de forma escandalosa, abanderan hoy el mundo alternativo en busca de la identidad perdida y de las minorías a las que siempre despreciaron y persiguieron.

Si bajamos al terreno nacional, adviertan la fraticida lucha sobre la ley ‘Trans’ (qué obsesión por el sexo; qué aberración jurídica) que está librando entre sí el feminismo, incluido el del PSOE, y padeciendo la sociedad española. El talibanismo ultrafeminista de la extrema izquierda (obscenamente ajeno a la la lucha de las mujeres musulmanas contra la imposición del velo), del fundamentalismo woke-quer y la dictadura identitaria (el comunismo nunca cambiará en su psicótica obsesión por prohibir, imponer, perseguir y castigar), está preparando la nueva Gran Purga contra cualquier disidencia de la ley ‘Trans’ para condenar al ostracismo y el destierro, al oprobio, a quien discrepe. Los juicios de Moscú en tiempos de Stalin purgaron hasta la náusea (Sartre): 700.000 fusilados y un millón de deportados al Gulag. Como eso ya no es posible, ahora discriminan colocándote una marca cosida al cuerpo con la leyenda ‘tránsfobo’. Pero antes te dejan ciego mientras ellos y ellas ven perfectamente. ¡Heil, Mein Fürer! A más ver.

(Spoiler visual) Frente a los dogmas que nos están imponiendo so pena de ser tachado de alucinado y fóbico, el axioma es que no vale la pena disentir porque es inútil y fascista. Como todo está visto ya por ellos y ellas, el credo impuesto es la verdad. Me recuerda -en sentido figurado- cuando Mahler coincidió con un paseante que se maravillaba contemplando un bello paisaje de montaña. «No vale la pena mirar -le dijo Mahler- todo lo he puesto en mi música».

Abogado

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